El poeta Joan Margarit, Premio Cervantes

El poeta Joan Margarit, Premio Cervantes

Poesía

Margarit, el cofre de los secretos

La editorial Arpa reúne en ‘Poética’ los ensayos sobre poesía, prólogos, reflexiones y las confesiones (en prosa) de Joan Margarit, donde el Premio Cervantes desnuda su alma

25 septiembre, 2020 00:10

Existe la peregrina idea de que un poeta, ese extraño ser de lejanías que habla con su propio idioma, que parece el nuestro pero es distinto, expresa sus sentimientos a través de sus poemas. Es cierto, pero sólo a medias. Los poetas disfrazan su identidad, modulan, juegan y utilizan una voz poética –que puede ser lírica, elegiaca, dramática o prosaica– para hablar por persona interpuesta, alejando al autor del individuo que canta en verso. Por eso conviene descubrir las claves de esta suplantación mágica (que incluye la identificación como una más de las múltiples formas de la literatura) en sus obras en prosa, preferentemente en los ensayos dedicados a explicar su oficio, donde cuentan el cómo y el porqué de su obra, más allá del juicio que quiera darle el lector, soberano de ese otro ejercicio de creación que es la lectura. 

La editorial Arpa reúne ahora en un volumen –presentado bajo el título de Poética– los escritos, reflexiones, artículos y confesiones que Joan Margarit ha ido escribiendo a lo largo de su itinerario como poeta, laureado con el Premio Cervantes. La colección, prologada por Jordi Gracia, es una ampliación y reelaboración de un libro anterior –Un mal poema ensucia el mundo–, editado por la misma casa y del mismo antólogo, con la notable diferencia de que ahora es Margarit, y no Gracia, quien dota a esta gavilla de reflexiones de una coherencia distinta, imprimiéndoles un murmullo interior que aproxima la obra a lo que es más un libro de confesiones personales que un compendio de arte poética. 

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Nicanor Parra resumió así el secreto de su poesía en una de sus confesiones impertinentes: “Arte poética: 1% de inspiración /2 de transpiración/& el resto suerte”. Margarit lo expresa de otra manera: “La poesía no es una profesión: en ella, los errores ni enseñan, ni enriquecen, ni aportan nada”. Dos aproximaciones divergentes a idéntica materia: ¿cómo y por qué escribimos poesía? En el caso de Margarit, el acercamiento es básicamente autobiográfico, al contrario que sucede con Parra, donde palpita una feliz ironía goliardesca. 

El escritor catalán relata en este libro, lleno de potencia elegiaca, el primer deslumbramiento que le causó un poema, el largo camino que ha tenido que recorrer para ser quien es –un hombre que habla con sus versos–, su metamorfosis personal (que tiene que ver con la elección de la lengua en la cual escribe) y la sensación de comunión (entre extraños) que puede alcanzarse a través de la poesía, que emparenta con la música y la ciencia más que con la narrativa y el resto de lo que consideramos literatura. En este viaje, que es el que indirectamente se describe a través de los artículos, prólogos y minuettos que forman esta Poética, aparecen instantes íntimos, secretos de gabinete, asociaciones asombrosas –es muy notable la analogía que Margarit establece entre su oficio como arquitecto encargado del cálculo de estructuras y la composición poética– y descubrimientos que ayudan a entender cómo el escritor catalán ha ido depurando su expresión hasta lograr poemas exactos, precisos, inmensamente breves, plenos de significado. 

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El valor de esta Poética reside justamente en esto: abrir el cofre de los secretos, trabajados en silencio durante años, para compartirlos con una infinita comunidad de lectores. Se trata de un libro especialmente elegante y escrito con una calidad de página que lo emparenta con grandes ensayos semejantes, como las reflexiones poéticas de Luis CernudaEstudios sobre poesía española contemporánea (Renacimiento)– o los ensayos de Gil de BiedmaEl pie de la letra– o AudenEl arte de leer–, ambos publicados en Lumen al cuidado de Andreu Jaume. En todos ellos la reflexión sobre la poesía parte de la experiencia, más que de la erudición. Idéntico sendero explora Margarit, que relata aquí el descubrimiento, a mediados de los años cincuenta, del inmenso poder de seducción de Pablo Neruda, y la relación, más familiar, con voces de la poesía española –Unamuno, los dos Machados, Lorca, Alberti, Cernuda, Blas de Otero o Celaya–, quizás menos rotundas, más esenciales.

“En casa, en Santa Cruz [de Tenerife], una madrugada del verano de 1956, a los dieciocho años, escribí mi primer poema”, escribe el Premio Cervantes. La fecha de su alumbramiento lírico se revela con una prodigiosa exactitud. Siete años después publica con Vicens-Vives su primer poemario –Cantos para la coral de un hombre solo, 1963– que da comienzo a una trayectoria –únicamente en castellano– que prosiguió con Crónica (1975), pero que terminó con un naufragio personal y el inevitable cuestionamiento integral de la escritura. Margarit, en ese tiempo, ya era un arquitecto que escribía, pero no se sentía el poeta que deseaba ser. 

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Entonces es cuando cambia de lengua, regresando al catalán, su idioma materno. El tránsito de una lengua a otra instaura un método poético distinto. “Es el misterio de la palabra poética. Se puede tener una o varias lenguas de cultura, pero puede que ninguna sirva para entrar en el lugar donde está el poema. Como en los cuentos, se trata de entrar en algún lugar y hay que conocer la palabra que lo abra”, escribe con Margarit, que compara el poder de la expresión natural, propia, con la cripta de una catedral, “un humilde agujero excavado en el suelo” sin el cual todos los arcos, rosetones, naves y bóvedas del templo parecen ser gestos gratuitos, puros excesos. La confesión de Margarit, que estructura a través de imágenes, no proclama ninguna supremacía lingüística, como suele hacer el nacionalismo cerril; simplemente expresa los motivos personales que le llevaron a convertirse en otro, volver a la lengua primigenia de sus mayores y descubrir su alma a través de un código distinto. 

Tras la elección del idioma, Margarit desvela cómo es el proceso poético propiamente dicho, que en su caso consiste en amplificar una idea o una sensación, para, sin piedad, someterla después a un intenso proceso de despojamiento o limpieza. “El sistema” –explica Margarit– “conlleva empezar desde un núcleo intuitivo, generalmente lingüístico, y hacer muchas versiones, con retoques y revisiones. Puedo llevar durante meses un poema en el bolsillo, siempre a punto de ser rehecho o cambiado”. El poema es visto aquí como un organismo en constante mutación, desde su primera manifestación –necesariamente en catalán– hasta su forma final, felizmente bilingüe. Y después están los lectores, desconocidos destinatarios del poema, a los que Margarit dedica páginas muy hermosas, sencillas y profanas. 

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Margarit camina por una playa en la portada de No era lluny ni difícil / PROA 

En un momento dado, los lectores y las lectoras de mi poesía forman una, digamos, sombra (porque ni sé ni sabré nunca quiénes son, ni ellos y ellas quién soy yo) próxima y cordial. Hay cosas que ellos y ellas saben de mi intimidad que personas cercanas a mí, pero que no leen mis poemas, ignoran. Y que, viceversa, yo tengo conocimiento de alguna vaga intimidad de ellos y ellas que alguien más cercano y ajeno a mi poesía ni supone. Es un hecho que una persona a quien estoy mirando o escuchando como a una extraña, en cuanto surge una señal que establece un vínculo a través de mis poemas, dejo de sentirla así y una maquinaria sentimental importante se pone en marcha, al margen del desconocimiento y la distancia”.

No hay grandilocuencia en el acto de la creación, siendo sublime; tampoco una regla de interpretación única para enfrentarse a los versos. El poeta catalán, niño de posguerra, busca “los imprescindibles universales” necesarios para escribir un buen poema, pero su hallazgo (a veces imposible) en el fondo no garantizan nada; hay que ser capaz condensarlos y traducirlos en palabras para lograr la magia: “que el lector desconocido se sorprenda reconociéndose a sí mismo, en una sorpresa sentimental que, misteriosamente, consuela”. 

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La trascendencia de la poesía no deviene del lenguaje en el que se canta un poema –“un buen poema nunca ha necesitado de un esfuerzo especial para ser comprendido”– sino de otro hecho extraordinario, el que supone que un desconocido comparta contigo unas vivencias vitales, humanas, profundamente terrestres. La poesía es eso: la forma que tienen los extraños de reconocerse. Josep Pla escribió que las biografías se debían escribir utilizando la poesía. Margarit lo hace en este libro a través de la prosa. Y nos regala un manual de sensibilidad, sin impostación, colmado de experiencias prácticas, sentimientos humildes y enseñanzas valiosas, como que un poema debe contener la verdad del poeta para poder ser tal. Podemos sentirlo en los versos que dedicó en el poemario Joana a su hija muerta, o en la meditación de “Querrán que te mueras”, donde el poeta se enfrenta a la evidencia del crepúsculo, una vejez que es el preámbulo de la propia muerte: 

Oyes el mar tranquilo del crepúsculo, / que es mitad violoncelo y mitad órgano. / Oscurece./ Como todos los viejos, / es tu propio final el que vigilas. / Mientras tanto, a lo largo de la playa, / el mar es una pieza de seda desplegándose. / Oyes las olas mientras van diciéndote / que querrán, los que te aman, que te mueras. / Y, si los amas, desearás morirte. / La lógica implacable del amor. / La lógica implacable de la muerte. / Alivio de saber que están tan juntos”.