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José Álvarez Junco: “El régimen franquista nunca fue derribado. Por eso la Transición fue un pacto”

El historiador reflexiona por primera vez de forma sistemática sobre la Guerra Civil, el valor de la memoria (individual y colectiva) y el debate sobre la conveniencia del olvido en su último ensayo

El historiador José Álvarez Junco / GALAXIA GUTENBERG
El historiador José Álvarez Junco / GALAXIA GUTENBERG

Si alguien ha dedicado su vida al estudio pormenorizado de la historia de este país llamado España es José Álvarez Junco, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid hasta 2014, fecha de su jubilación. Desde su tesis doctoral, dirigida por José Antonio Maravall y dedicada al pensamiento anarquista, Álvarez Junco ha prestado particular atención al siglo XIX, analizando los movimientos obreros, los nacionalismos y los debates en torno a la idea de España. Ahora en el ensayo ¿Qué hacer con un pasado sucio? (Galaxia Gutenberg), se detiene por primera vez en la Guerra Civil. No reconstruirla, sino para reflexionar sobre conceptos tan vigentes como la memoria –individual y colectiva–, el valor de los testigos, la reparación y la conveniencia o no del olvido. Un libro iluminador que escapa de los debates partidistas y simplistas sobre nuestro pasado reciente con los que por desgracia convivimos a diario.

–En las primeras páginas confiesa que siempre quiso escribir sobre la Guerra Civil, pero hasta ahora no lo había hecho. ¿Esta es una obra de madurez? ¿Hubiera sido imposible escribirla antes?

–Sí, creo que es una obra de madurez. La Guerra Civil ha dado vueltas por mi cabeza durante muchos años, prácticamente desde que me hice historiador. Pero he investigado otras cosas que estaban en sus alrededores o en sus orígenes. Y ahora creo que me atrevo a sacar conclusiones, utilizando muchos datos de lo que he investigado, y procurado explicar, en otros trabajos anteriores. Es un tipo de trabajo que puede considerarse propio de la etapa final en la carrera de un historiador.

–Sus estudios sobre los anarquistas, su libro sobre Lerroux y su análisis en Mater Dolorosa sobre los nacionalismos, ¿podemos releerlos ahora como introducciones o aproximaciones a este último ensayo? ¿Sirven para comprender la Guerra Civil?

–Yo diría que sí. En definitiva, mi tema global ha sido la cultura política española de los siglos XIX y XX. La de la izquierda, sobre todo. La de la derecha la conozco peor, y seguro que incurro en generalidades injustas y me faltan matizaciones. Pero la cultura política es importante para entender lo que ocurre cuando se desencadena un conflicto.

Álvarez Junco : JUAN MARCH
Álvarez Junco en la fundación Juan March

–Define su libro como el ensayo de un historiador que compara la situación actual con otras anteriores y la historia de su país con la de otros. ¿Qué importancia tiene este ejercicio comparativo a la hora de aproximarnos a nuestro pasado?

–La comparación es crucial para el historiador. Un químico o un biólogo puede experimentar, repetir el fenómeno, añadiendo o quitando los elementos que considera claves. El historiador no puede repetir el fenómeno que estudia. No tiene más método para contrastar sus tesis que comparar lo ocurrido en su caso con lo ocurrido en otros similares. Y referirse a otros casos sirve, además, para tomar distancia, reducir el apasionamiento y comprender que no somos tan raros.

–Muchas veces se ha puesto a Argentina como modelo sobre cómo reflexionar sobre un pasado político trágico. Fue una juez argentina quien abrió diligencias contra algunos altos cargos franquistas.

–No creo que exista ningún modelo que podamos considerar perfecto. A todas las políticas de justicia transicional se les podrían encontrar defectos, lagunas, parcialidad. Habría quien pondría como modelo el caso alemán, con las condenas de Nuremberg, pero muchos de los responsables de crímenes nazis, a niveles inferiores, quedaron exentos. Otros dirían que Sudáfrica, con la política de la verdad y la reconciliación, fue ese modelo; tuvo sus límites y tampoco satisfizo a todos ni resolvió los problemas. España ha tomado muchas medidas en términos de recompensa material a las víctimas y ha hecho muy poco en el terreno simbólico, de políticas conmemorativas, y nada en el de la justicia penal. No lo ha hecho bien, pero nadie lo ha hecho bien. Por supuesto, las ha habido mejores y peores. En España se logró efectuar la Transición, pero se dejaron muchas cosas sin resolver.

Álvarez Junco

–¿No fue en nombre de la Transición cuando se eligió no juzgar los crímenes cometidos? Las fosas están ahí y muchas víctimas no sienten reparación alguna.

–Por supuesto. Yo he defendido la Transición con reparos, sin triunfalismo. Se hizo lo que se pudo y se logró lo fundamental: pasar de un régimen dictatorial a uno democrático sin que ocurriera otra guerra civil ni un número excesivo de muertos. ¿Se podía haber hecho más? En términos ideales, claro que sí. Pero el régimen estaba en pie, los militares se identificaban con él, la policía política no había sido desmantelada... Quienes piden una Transición más radical olvidan que el régimen franquista nunca fue derribado. Y por eso la Transición fue un pacto. En cualquier pacto se ceden cosas.

–Se lo pregunto porque, en su ensayo, señala que en relación a las medidas reparatorias “los avances en el caso español dejan mucho que desear”. ¿Cómo se entiende tras los gobiernos socialistas de González, Zapatero o Sánchez?

–Lo menos comprensible es lo de Felipe González (que duró 14 años). Estábamos demasiado cerca de la Transición, la democracia no parecía estabilizada. González estaba obsesionado con no cometer errores debidos a medidas simbólicas, que ofendieran a los militares o a la derecha franquista, sino con tomar medidas prácticas, construir el Estado del Bienestar, etc. Se comprende. Los períodos de gobiernos de izquierda, en la historia de este país, habían sido demasiado cortos, habían caído, muchas veces por su radicalismo. Pero creo que, en este terreno, se pasó de prudente.

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–Hace hincapié en la justicia transicional. ¿Qué es exactamente?

–La justicia transicional incluye muchas cosas, cinco al menos: justicia penal, esclarecimiento histórico, reparaciones a las víctimas, reformas institucionales y una política simbólica o conmemorativa. En ningún sitio se han hecho todas estas cosas de manera plena.

–Distingue también entre “fallecidos violentamente durante la Guerra Civil, bajo la dictadura y en la Transición”. ¿Por qué esta distinción y qué importancia tiene  desde un punto de vista histórico y pedagógico?

–Por supuesto, no todos son víctimas en el mismo sentido. Durante la Transición se luchaba por la democracia. No es lo mismo un estudiante al que mataron porque se manifestaba pidiendo libertades democráticas en los años setenta que alguien a quien fusilaron en 1939 por dirigir una checa en el Madrid republicano. No todos son mártires de la democracia en el mismo sentido. Son víctimas, porque murieron sin ningún tipo de juicio justo, que garantizara su culpabilidad, pero merecen un homenaje diferente.

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–Hablando de víctimas, e incluyo a las que vinieron después (ETA, 11M) ¿cree que se las ha utilizado de forma excesivamente partidista?

–No siempre. Quienes reclaman los huesos de su abuelo, fusilado de mala manera y enterrado en una cuneta, no hacen partidismo. Pero en algunos casos por supuesto que sí: quienes defienden causas políticas aprovechan para identificarse con las víctimas y se proclaman sus herederos.

–Usted analiza con detalle la importancia de los testimonios, pero alerta sobre sus límites y los de la memoria colectiva. ¿Es ante estos límites en los que se torna imprescindible el papel del historiador?

–Sí, desde luego. El historiador busca datos, se asegura de que sean fidedignos, monta un esquema explicativo que sea defendible. Quien sólo tiene memoria no necesita tomar estas precauciones. Es bueno que el intelectual ofrezca sus conclusiones para que los ciudadanos entiendan lo que ocurrió. Cumple una función educativa, en ese sentido. No es un mero acumulador de fechas y nombres, sino alguien que reflexiona sobre el pasado y puede desempeñar una importante función como intelectual público.

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–¿Cómo ve la politización de la historiografía y la politización de los historiadores?

–La historiografía no debe politizarse. Como explicó Juan Luis Vives hace ya medio milenio, el papel de un historiador no debe confundirse con el de un abogado. El historiador no debe defender una tesis partidista y acumular datos en favor de su tesis, ocultando o descartando los que la rebaten. La función del historiador es conocer lo que ocurrió y explicarlo. Lo cual no quiere decir que sea aséptico, que se limite a concluir con generalidades como decir que todos cometieron violencias, que se niegue a atribuir culpabilidades a quienes les correspondan. Pero sin adoptar una posición partidista como principio ni mucho menos manipular los datos para favorecer su punto de partida.

–Sus obras prestan atención a los nacionalismos. En esta subraya que el nacionalcatolicismo surgió a finales del XIX y principios del XX pero volvió a replantearse durante el franquismo. ¿Hasta qué punto debemos retrotraernos a este nacionalismo para comprender la Guerra Civil?

–Sin duda, una de las causas de la Guerra Civil fueron las visiones esencialistas, enfrentadas, de la historia de España; una en términos de libertad y progreso, y otra identificada con el catolicismo de la era imperial. Pero no fue la única, claro. La Guerra Civil fue muy compleja. En el libro intento explicarla, aunque en forma sintética.

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Álvarez Junco en un acto académico / UCM

–“No fue la historia, ni académica ni divulgatoria, el terreno cultural que expresó con más fuerza la conexión del régimen surgido de la Guerra Civil con una identidad nacional entendida en términos metafísicos”, escribe. ¿Hasta qué punto pervive la conexión de la derecha española con la identidad nacional esencialista?

–Es quizás la mayor fuerza de la derecha española. La izquierda se asocia con los nacionalismos periféricos y separatistas, y la unidad de España (no ya el catolicismo) es una baza de la derecha. No hay en España una izquierda jacobina, centralista, como en Francia.

–La asociación Francisco Franco, las fosas sin abrir, la ley de secretos oficiales…. ¿Es exagerado decir que, de cierta manera, el franquismo todavía sigue aquí?

–Demuestra que quedan restos y residuos del franquismo. El régimen fue desmontado institucionalmente al cien por cien. El ejército y la policía se transformaron, hoy cumplen objetivos distintos a los de servir a la dictadura. Mencionar algunos residuos, relativamente menores, no justifica que digamos que el franquismo sigue en pie.

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–Se lo pregunto por la dificultad de llevarse el cuerpo de Franco del Valle de los Caídos o los debates en torno a qué hacer con este monumento dedicado a la dictadura ¿España no tiene la madurez de condenar sin paliativos la dictadura?

–Cierto. No se logra un distanciamiento formal, solemne, de la actual monarquía parlamentaria respecto de aquel régimen, del que procede sin ruptura legal alguna. Lo cual no significa que no se hayan hecho muchas cosas o que no se hayan tomado medidas materiales de reparación a las víctimas de muchísimo calado. Pero desde un punto de vista formal, en el terreno de lo simbólico, no se ha logrado un acuerdo para efectuar una ruptura radical y emitir una condena pública de aquel régimen.

–¿Llegará el día que las políticas conmemorativas no se conviertan en parte de la lucha política para apropiarse del pasado y poder reescribirlo?

–Creo que eso no ocurrirá nunca. Las políticas conmemorativas nunca tienen que ver con un auténtico homenaje al pasado, sino con el presente, con lo que queremos (o quieren los gobernantes) exaltar y colocar como ideal para la sociedad actual y futura. La política conmemorativa no tiene que ver con la historia. Es otro terreno. Hay incluso estatuas recordando a personajes que no existieron y monumentos y ceremonias en honor a hechos que es dudoso que sucedieran.