Retrato del filósofo David Hume por Allan Ramsay

Retrato del filósofo David Hume por Allan Ramsay

Filosofía

David Hume: las creencias de un escéptico

David Hume, el filósofo cuyas aportaciones demolieron la confianza en la existencia de Dios, del alma, el yo y en la relación causa-efecto

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La historia del conocimiento está relacionada con la búsqueda de la certeza. En la ciencia, en la moral, en la vida. Durante siglos fue fácil de adquirir: Dios garantizaba la verdad, aseguraba la existencia del bien y del mal, prometía la felicidad, aunque fuera en otro mundo. La modernidad, al prescindir de la divinidad, se sumió en la incertidumbre.

Desde que Galileo apartó al hombre del centro del universo, los pensadores han buscado establecer algunas certezas y arrumbar las ya inútiles verdades. En esa doble labor destaca David Hume, cuyas aportaciones demolieron la confianza en la existencia de Dios, del alma, el yo e incluso en la relación causa-efecto.

Sus enemigos impidieron que lograra una cátedra de Filosofía, en la Universidad de Edimburgo primero, y de Glasgow más tarde. Por impío, escéptico y ateo.

Su Historia de Inglaterra fue un éxito, no así sus obras filosóficas y morales, las que más apreciaba. La primera (Tratado de la naturaleza humana) “salió muerta de la imprenta”. Para difundirla escribió anónimamente el Compendio de un libro recientemente publicado, titulado un Tratado… Ni así.

Portada 'Tratado de la naturaleza humana'

Portada 'Tratado de la naturaleza humana' David Hume

Sin “sacar conclusión alguna allí donde no lo autorice la experiencia”, proponía elaborar una “anatomía de la naturaleza humana”, pues todas las ciencias están comprendidas y son dependientes de ella. Es una constante filosófica empezar por la teoría del conocimiento (qué se puede saber) para llegar a la moral, las normas que garanticen la convivencia y faciliten la felicidad o, al menos, amortigüen la infelicidad.

Así lo hizo Hume y hasta hace pocos días el objetivo parecía posible.

Una vida para las letras

Nacido en Edimburgo (7 de mayo de 1711-25 de agosto de 1776), fue el tercer y último hijo de una familia acomodada. Su padre falleció cuando él tenía tres años. Empezó Derecho, pero lo abandonó por las letras y a ellas dedicó el resto de su vida, asumiendo que la escasa renta de que disponía lo obligaba a vivir con austeridad.

No obstante, hizo algunos intentos de obtener otros ingresos. Primero en Bristol, en el comercio. Desistió para instalarse en Francia, primero en Reims y luego en La Flèche. Permaneció allí tres años en los que redactó el Tratado, antes de volver a Escocia (1739).

En 1744, aceptó ser tutor de un joven noble. Más tarde (1748) viajó a Viena y Turín, acompañando a una legación diplomática y militar. Vuelto a Escocia fue nombrado bibliotecario del Colegio de Abogados. El trabajo no le interesaba, pero le facilitó la documentación que le permitió redactar sus libros de historia.

Antes de aceptar el cargo de secretario de Estado, fue secretario de la embajada en París. Allí se relacionó con Voltaire, Rousseau, Diderot y D’Alambert, entre otros, y conoció a Marie-Charlotte Hyppolyte de Campet de Saujon, Condesa de Boufflers, a cuyo salón acudían los enciclopedistas.

Mujer de gran belleza, poseía una formación que incluía el conocimiento de los textos de Hume, quien, cuando ella enviudó, le propuso matrimonio. Fue rechazado. La condesa esperaba casarse con su otro amante, Luis Francisco de Borbón, príncipe de Conti, primo de Luis XV, que también había enviudado.

Hume volvió a Gran Bretaña acompañado de Jean-Jacques Rousseau, que se sentía perpetuamente asediado y le buscó acomodo para que trabajara tranquilo. Todo acabó con una discusión que supuso la ruptura entre ambos.

En Mi vida, breve texto redactado mirando a la muerte, se describe así: “Soy, o mejor, he sido (pues éste es el estilo que debo emplear de mí mismo para expresar mejor mis sentimientos), un hombre de disposición afable, sociable y de una gran moderación en todas mis pasiones”.

El yo de Hume

Parece una paradoja que escribiera sobre sí quien negaba la existencia del yo. “Si alguna de nuestras impresiones nos da la idea del yo, dicha impresión ha de permanecer invariable a través de toda nuestra vida, ya que de esta forma es como se supone que existe el ser propio. Pero no existen impresiones constantes e invariables y, en consecuencia, no existe tal idea”.

A la idea del “yo” se llega por introspección pero si “miro más atentamente dentro de mí mismo, todo lo que puedo encontrar es una secuencia más o menos caótica de percepciones particulares, impresiones e ideas de sensación y reflexión, sentimientos y pensamientos”.

El elemento aglutinador es la memoria, pero ésta “no constituye la identidad personal”. Tampoco el alma ya que si es inmaterial, “¿por qué no podría tal sustancia componerse de diferentes mentes, de la misma forma en que la materia forma parte de la composición de diferentes cuerpos?”.

La mente trabaja con las impresiones que percibe y las ideas, copias pálidas de esas impresiones. Fuera de eso no hay conocimiento posible.

Tan convencido está que así termina su Investigación sobre el conocimiento humano: “Si cogemos cualquier volumen de teología o metafísica escolástica, preguntemos; ¿Contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad y el número? No ¿Contiene algún razonamiento experimental acerca de cuestiones de hecho o existencia? No. Tírese entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión”.

Nada sabemos que no proceda de la experiencia, origen de las asociaciones con que opera la mente, basándose en tres factores: contigüidad, semejanza y la relación causa-efecto. Las relaciones no son propiedad de las cosas. Las establece la mente. Ésa es precisamente la afirmación que despertó a Kant de su “sueño dogmático”, el papel central del sujeto del conocimiento.

Negar el objeto

La distinción entre impresión y objeto no garantiza la existencia del segundo. El sujeto percibe impresiones, pero que existan los objetos es una de las creencias que el hombre asume, aunque es indemostrable. Esta creencia se basa en la experiencia y la costumbre. Y está asociada a otra: la existencia de un mundo exterior cuyo comportamiento es regular.

La experiencia de hechos pasados no proporciona certeza sobre el futuro. El sol ha salido cada día, pero mañana podría no hacerlo. Nada lo garantiza, aunque sea una creencia arraigada en los hombres.

“El sol saldrá mañana” describe un hecho y las proposiciones de hecho pueden ser negadas sin mayores consecuencias. No ocurre lo mismo con las proposiciones de la lógica, la matemática o la geometría. De un triángulo no puede decirse sin contradicción que sus lados no suman 180 grados.

Las nociones de causa y efecto responden a la observación de una constante: a causas similares les siguen efectos similares. Cuando una bola de billar golpea a otra, ésta se mueve. Pero ningún análisis de las bolas permite captar la noción de causa ni la de efecto. La relación la establece la mente.

Nada en la causa prefigura el efecto ni en el efecto remite a la causa.

¿Una cuestión metodológica? Sí, pero con consecuencias teológicas, ya que la idea de Dios parte de los efectos (un mundo creado y regular). Un salto injustificado.

Ya en tiempos de Hume algunos creyentes propugnaban la idea del “diseño inteligente”. Esto presenta un doble problema: va del efecto a la causa y, además, es un argumento antropomórfico. Se atribuye a Dios el grado sumo de las perfecciones de los hombres. Nada demuestra que un supuesto creador sea un ser único y perfecto. Podría haber muchos dioses y el hacedor ser uno de ellos, tal vez bastante chapucero.

O Dios o voluntad

La idea de la providencia elimina la libertad y la responsabilidad moral, ya que la causa última del mal que hicieran los hombres sería atribuible a Dios.

El error que lleva a negar el libre albedrío, sostiene Hume, es terminológico. Se confunde “necesidad” con “coerción”. “Causalidad” no implica conexión necesaria. La libertad es ausencia de coerción, lo que no significa que no haya una causa para las actuaciones humanas: la voluntad. De no ser así, estarían regidas por el azar.

La voluntad no responde a un acto de razón. El hombre se mueve estimulado por los sentimientos, busca el placer y trata de evitar el dolor. Las pasiones, no la racionalidad, son la base de la moral.

La pretensión de que haya actos buenos o malos topa con la dificultad de percibir en ellos la maldad o la bondad. Piénsese en un acto que la mayoría condena: el asesinato. Nada hay en él que sea bueno o malo. La moral la establece el sujeto que juzga, no radica en el hecho.

“Los deberes morales”, sostiene, “pueden dividirse en dos clases: aquéllos a los que los hombres se ven impelidos por instinto natural” y los que se observan “por un sentido de obligación, al considerar las necesidades de la sociedad humana”. Entre éstos está la justicia.

Se llama justo a aquello que resulta beneficioso para los demás, en función del sentimiento de simpatía (hoy se diría “empatía”) y del interés. La idea de justicia se ve afianzada por la educación y garantizada por el gobierno.

La autoridad que necesita la libertad

Hume rechazó tanto la teoría del origen divino del poder como la contractualista. La idea de una sociedad nacida de un contrato carece de base histórica. Si los hombres hubieran vivido en un estado paradisíaco, como decía Locke, nada les hubiera impulsado a aceptar la vida social con un difícil equilibrio entre autoridad y libertad.

“En todos los gobiernos se da una perpetua lucha intestina, abierta o secreta, entre autoridad y libertad, y en esta competencia, ninguna de las dos puede prevalecer de modo absoluto (…) Debe admitirse que la libertad es la perfección de la sociedad civil; pero la autoridad ha de ser tenida por esencial para su existencia”, escribe.

Además ¿por qué un contrato del pasado obligaría a los hombres del presente que no habrían participado en él?

La justicia se basa en el interés de la sociedad, que exige el mutuo respeto a la propiedad, a fin de conservar la paz. Aunque reconoce el derecho a la rebelión, se muestra poco partidario de su ejercicio: “Me inclinaré por quienes mantienen firmemente el lazo de la obediencia y consideran su infracción como el último recurso para casos desesperados”.

La costumbre avala el ejercicio del poder: el derecho consuetudinario otorga legitimidad a una monarquía hereditaria, aunque “no hay propiedad duradera, como la tierra, las casas, que, si se examina cuidadosamente su paso de una mano otra, no haya tenido en algún momento su origen en el fraude y la injusticia”, afirmación que alcanza “en materia de sucesión y derecho a los príncipes”.

La herencia de Hume

Los textos filosóficos de Hume no tuvieron amplia acogida mientras vivía, pero el pensamiento posterior muestra su huella evidente. El positivismo lógico y la filosofía analítica son claras herederas de su obra.

Einstein lo cita en varias cartas. En 1915 describe a Moritz Schlick, miembro del Círculo de Viena, la influencia de “David Hume, cuyo Tratado… estudié con entusiasmo y admiración poco antes de descubrir la teoría de la relatividad” y en 1948 cuenta a Michele Besso: “La influencia inmediata de David Hume sobre mí fue muy grande”.

Tras su muerte, su amigo Adam Smith escribió una sentida necrológica a la que replicó “Uno que pertenece a los que son llamados cristianos”, en realidad, George Horne, presidente del Magdalen College de Oxford y luego obispo. Calificaba a Hume como un “propagador del mal” que pretendía “borrar de la faz del mundo toda idea verdadera que haga referencia a la paz de ánimo, a la salvación e inmortalidad del alma, a la providencia, incluso a dios”.

Quizás estuviera molesto, no por los ataques a la religión, sino a ciertas prácticas que Hume consideraba hijas de la superstición:

“El celibato, el ayuno, la penitencia, la mortificación, la humildad, el silencio, la soledad y todas las virtudes monásticas, ¿por qué razón son rechazadas por los hombres sensatos, si no es porque no sirven para nada?".

"No aumentan la fortuna de los hombres, no los hacen un miembro más valioso de la sociedad; no los califican para el solaz de la compañía, ni aumentan su capacidad de autogoce. Por el contrario, frustran la realización de todos esos fines deseables, embotan el entendimiento y endurecen el corazón, oscurecen la fantasía y agrían el temperamento. Por eso, las colocamos en el catálogo de los vicios”.