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Balbín, ‘La Clave’, la Transición detenida

Debates frenéticos, libertad recién estrenada, pero también censuras, las que vivió Balbín en TVE en un momento único para España

José Luis Balbín, por Farruko
José Luis Balbín, por Farruko

Casi al final de sus escarceos analíticos, se metió de lleno en el Proyecto Manhattan, el descubrimiento del Plutonio 239 que se empleó para la fabricación de la bomba atómica con la que Harry Truman respondería al ataque japonés en Pearl Harbor. Acabó con la Guerra Mundial arrasando Hiroshima; y a José Luis Balbín se le ocurrió, medio siglo después, ponerle con este desventurado asunto un histórico colofón a La Clave, el mítico programa de debates de TVE. Se había acostumbrado a debatir sin freno, usando el sentido común. Pero no llegó a su último programa. Fue laminado por los comunicólogos de Felipe González, sepulcros blanqueados, lamentando que la época de Balbín se había terminado, con la misma peripecia burocrática que usó el desalmado Truman para acabar con la Nueva Frontera de los Kennedy.

Todo se iba muy rápido por el desagüe. Adiós al humo del tabaco de pipa mezclando con los celtas largos de Santiago Carrillo, el ronco, y adiós al olfato fino de Garrigues Walker que entonces pintaba el mapa de España de cabeceras metalúrgicas norteamericanas con el éxito indiscutible de Ford en Almusafes (Valencia), donde ahora, tanto tiempo después, la empresa de motores ha levantado su empalizada europea de coches eléctricos, dejando en la estacada a la difunta Nissan japonesa de CZF y la fábrica de Seat en Martorell, racaneadas por un Desgovern lamentable.

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El periodista José Luis Balbín / EFE

La clave fue emitida primero por TVE entre los años 1976 y 1985; y después en Antena 3, entre 1990 y 1993; se metió en los comedores españoles de tresillo y mesa camilla, cuando las televisiones privadas aún no habían llegado a los hogares. Se convirtió en la tertulia de Severo Ochoa, Bernard-Henri Lévy e Ian Gibson; sí, toda una continuación del espíritu florecido mucho antes en la Institución Libre de Enseñanza, gracias a Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate o Nicolás Salmerón. Cuando las cátedras de los expedientados, como José María Valverde a Manuel Sacristán volvían a las aulas, la España librepensadora celebraba el sábado noche en familia con la densidad y la variedad de José Luis Balbín.

La voz de Pumares

Balbín, que llegó a se Jefe de los Servicios Informativos de TVE por un breve lapso, tiraba mientras podía contra todo lo que se movía; llegó un momento en el que con la Iglesia hemos topado y le censuraron un debate sobre el Opus Dei, cuando la obra de Escrivá de Balaguer no era ni una prelatura personal, muchas décadas antes de Sanjosémaria, canonizado por Wojtyła​, el Papa de las iglesias heréticas, temeroso de que la inmersión modélica de su método acabara relegándola. También se le prohibió el debate sobre la OTAN por el miedo que daba entonces el acerbo popular de un país medio metido en la calle. Y sarcasmos de la historia, hoy a las puertas de la reunión de la Asamblea atlántica en Madrid, que marcará la primera mitad del siglo XXI, el secretario general Jens Stoltenberg sería un asiduo especial de Balbín, como la fue en su momento Javier Solana, antes de ser Mister Pec y de encaramarse en el paraguas de la seguridad occidental.

Una de las mejores cosas de La Clave era la película que se pasaba antes sobre el tema, que le daba al conjunto un aire de Cinefórum, uno de los entretenimientos que glosaban entonces el pórtico del fin de semana alegre, antes de pisar los enmoquetados pubs de la época --el Santa Bárbara o el Bocaccio--, donde el rojerío y el mundo liberal saciaban su sed de destilado con fono de madera noble. El crítico Carlos Pumares presentaba la cinta al comienzo del programa --“tengo un libro en las manos y ese libro que tengooo....-- con su clásica voz temblorosa, el timbre de los elegidos y para siempre ungidos.

Balbín murió el pasado miércoles en Madrid y sus restos han sido trasladados a Pravia, su ciudad natal asturiana. Hacía años que recopilaba parte de su trabajo periodístico. En noviembre de 2000,  fundó el semanario de información general La clave, que dirigió hasta su cierre en julio de 2008. En 2015 recibió el Premio Nacional de Televisión, por, según el jurado, haber creado un “ foro imprescindible para el diálogo democrático con un formato muy innovador que abrió una forma distinta de debate en televisión. A través de aquel programa los ciudadanos conocieron a los líderes políticos de la Transición y se debatieron problemas esenciales del ordenamiento constitucional y la convivencia pacífica en España”.

Otros debates, ya diferentes

Hoy hablamos de despedida, pero recordamos con renombrados ausentes, como Marsé, Matutes, Benet y otros, que siempre sobrevive el aliento del espíritu sobre las aguas. Balbín fue un niño adicto al cine y un empollón, digámoslo todo. Se fue de Asturias para recalar en un colegio mayor de Madrid y estudiar Derecho. Hizo prácticas en La Nueva España de Oviedo; le ficharon en Pueblo y le mandaron de corresponsal a París (Francia) y Bonn (Alemania). Para que luego digan de la Prensa del Movimiento; al fin y al cabo, en ella se formaron los grandes --que remedio si no había otra-- como el padre de Juan Luis Cebrián; y de ella sacaron conclusiones mercantiles de provecho editores como los Luca de Tena (ABC), Peris Mencheta (Noticiero Universal), Godó (La Vanguardia) o el mismísimo Martín Ferran que fue jefe de Balbín en la Casa Grande (RTVE) antes de dirigir el Brusi en Barcelona, donde se forjó la generación de Antonio Franco para después trasladarse en bloque al El Periódico de Antonio Asensio y posteriormente a El País, de Zona Franca.

El periodista José Luis Balbín, al frente de 'La Clave', en una imagen difundida por TVE / RTVE
El periodista José Luis Balbín, al frente de 'La Clave', en una imagen difundida por TVE / RTVE

La Transición en Barcelona estuvo muy marcada por el Grupo Mundo de Sebastián Auger (Tele Exprés y Mundo Diario) y por papeles reconvertidos al estilo de El Correo Catalán, el órgano tradicionalista de Roca Caball (el padre de Miquel) que acabó en manos de Pujol y bajo la marca Promoprensa, presidida por Joan Sumarroca, uno de los fundadores de CDC.

Después de aquella Clave llegaron otras. Personalmente, aunque no tuvieran el mismo fondo, me quedo con Apostrophes, de Bernart Pivot, en Atenne 2, marcado por el sello profundo y hasta elocuente de sus participantes, del que hicieron gala Tamames, Oscar Alzaga, Solé-Tura, Tierno Galván, todos. Me acuerdo del intento de Ramon Colom en La Dos, los sábados por la noche, y saludo el mérito del actual Las Claves de Javier Ruíz, un estilista educadísimo y con demasiado vértigo.

Hablar, discutir sin faltar; polemizar con el objetivo de asumir una meditación capaz de acabar con la efímera inconstancia. Alejarnos de las pompas de jabón. Separar el discurso de su melancolía. Buscar un carpe diem estimulado por el tiempo agustiniano. Eso nos mostró Balbín con su cara de buen chico, dispuesto a admitirlo todo y a esgrimir su afilado estilete en los mejores cosos.