La historia cultural de Qatar / FARRUQO

La historia cultural de Qatar / FARRUQO

Democracias

Qatar, geopolítica y derecho divino

El emirato, atracción milenaria del Golfo Pérsico y "cobijo de bandidos", según Henry Kissinger, contiene el misterio de los turbantes y el de las telas que descubrió el poeta Arthur Rimbaud

11 diciembre, 2022 19:30

La potencia militar instalada en el Golfo Pérsico y la crisis energética mundial se conjugan en Qatar, sede del Mundial de Futbol. Más allá de ser el centro de todas las miradas gracias al torneo, los secretos geopolíticos del emirato, silenciados al amparo de un derecho divino, resultan especialmente relevantes para las potencias occidentales. La atracción milenaria de Asia Menor contiene el misterio de los turbantes y el de las telas que descubrió Arthur Rimbaud, el simbolista francés, que antes de viajar se despojó de su propia piel: la poesía. Había cumplido solo la veintena cuando se sumergió en Yemen por la ruta del Golfo para entrar después en el continente negro por el Cuerno de África.

Dejó atrás su mesmerizante lírica y su apasionado idilio con Paul Verlaine. Quiso morir de fiebres en la lejana isla de Java -tal como lo cuenta el ensayista Jamie James en su libro Rimbau en Java-, pero acabó enrolándose en la legión holandesa y desertando. El Golfo, confluencia euro-asiática, es un pasaje digno de las Mil y una noches. Las batallas libradas por las legiones romanas fueron el fondo irisado del despliegue colonial británico en aquella toma de Áqaba, comandada por Lawrence de Arabia y relatada en la película homónima de David Lean.

Hace mucho que el Golfo dejó de ser “el cobijo de miles de bandidos”, en palabras del ex secretario de Estado Henry Kissinger; el cambio se produjo, cuando la lucha por las esmeraldas dio paso al petróleo y al gas natural. Doha, la capital de Qatar, es ahora un centro de captación de ideas y recursos para la transferencia de tecnología y secretos militares. El emir Hamad Al Tani, como lo hizo el emperador Juliano hace más de dos mil años, se resiste a ser vencido por los persas; se sienta entre los Aliados, como jefe de un país en buena vecindad con Irán, el primero en la lista del “eje del mal”.

En los momentos de mayor tirantez con Washington, Qatar ha sido una mano tendida ante los Ayatolas de Teherán; el emirato comparte con Irán el mayor campo de extracción de gas del mundo, North Field en la parte catarí y el South Pars del lado iraní. Para EEUU, esta mediación tiene un precio: mantiene la base aérea más grande de Oriente Próximo, situada en la zona Al Udeid de Qatar, frente al país de mayoría chiita. Se trata de una instalación estratégica que hizo méritos en las guerras de Afganistán, Irak y Siria. Qatar no quiere ser un simple acompañante. Ya participó en la guerra libanesa contra Gadafi con sus propios aviones de combate y más tarde, su material de transporte de armas y tropas resultó de gran utilidad en Siria contra el régimen de Asad.

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Qatar está en un patio de operaciones sobre el que se proyecta la sombra de Washington. “No dejaremos un vacío en Oriente Próximo para que lo ocupen China, Rusia o Irán”, dijo el presidente Biden en la cumbre de seguridad, celebrada en Yeda, el pasado julio. Ahora, en plena crisis energética, el emirato eleva el tono en términos estratégicos, aunque el gendarme de la Región sigue siendo Arabia Saudí, desde que el Rey Faisal y el expresidente norteamericano Roosevelt firmaron la Gran Alianza, petróleo por armas, en un encuentro histórico celebrado en pleno Canal de Suez y sobre la cubierta del USS Quincy. Casi ochenta años después, la alianza perdura pero pierde fuelle tras los abusos de Riad contra los derechos humanos, la guerra del Yemen, la irresponsabilidad inexplicable del 11 de septiembre o el asunto del periodista turco descuartizado en una embajada saudí, y sobre todo, por la menor dependencia del petróleo.

Faisal descubrió que la lucha ente potencias occidentales debilitaba sus imperios y fortalecía la nación árabe, como expuso el brillante Lawrence en Los siete pilares de la sabiduría, con este epílogo matador: “Yo combatí por mi cuenta...la historia que contienen estas páginas no es la del movimiento árabe, sino la mía en él”.

Cuando el crudo pierde valor, Qatar bulle; es el momento del gas natural. En lo económico, el emirato tiene ante sí dos caminos para concretar sus alianzas comerciales: Occidente y China. Desde la imposición de las sanciones contra Putin, Qatar, que es el primer exportador de gas licuado del mundo, ha firmado dos importantes contratos de suministro. El primero consiste en exportar a  Alemania a través del gasoducto de Brunsbüttel, que no abrirá hasta 2026; el segundo es un pacto entre la empresa nacional QatarEnergy y la china Sinopec para exportar 108 millones de toneladas de gas natural a lo largo de 27 años, el contrato más largo y voluminoso de la historia. Alemania sale del atolladero y China soluciona un problema de largo plazo; la preferencia del emirato no puede ser más clara.

Mientras tanto, las democracias occidentales comprometidas en el bloqueo económico de Rusia se preparan para un invierno de endurecimiento monetario y altas tasas de inflación. Bruselas quiere hacer compatibles las sanciones a Moscú y el fin de la guerra; trata de conducir a la cúpula del Kremlin ante un tribunal internacional, pero evitando una salida vergonzante para Rusia, como la que tuvo Alemania en el Tratado Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, pero impidió la recuperación de Alemania, tal como lo resumió Keynes en su libro Las consecuencias económicas de la paz.

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El pequeño emirato catarí actúa como una pantalla del derroche futbolístico sobre el colofón de una crisis de suministro de difícil solución. La variabilidad del euro, la fortaleza actual del dólar, la desaparición del rublo ruso bajo el tipo de cambio fijo ordenado por Moscú, y la incógnita del yuan chino han llevado a prestigiosos economistas como, Jerome Powell o Larry Summers a interrogarse sobre la necesidad de modernizar el sistema financiero internacional. Los expertos retroceden en busca de 1944, cuando  representantes de cuarenta y cuatro naciones se reunieron en el complejo hotelero de Bretton Woods (New Hampshire, Estados Unidos) para diseñar un nuevo sistema monetario mundial.

Benn Steil, investigador jefe del Centro de Relaciones Exteriores de EEUU, en su libro La batalla de Bretton Woods, ofrece hoy una visión panorámica  de aquel antecedente. Por su parte, el Nobel de Economía, Paul Krugman, se reafirma en su clásico punto de vista, publicado en La era de las expectativas limitadas, sobre el predominio de los monopolios en “un mercado de competencia imperfecta”. Krugman destaca el peso de los fondos soberanos, los sovereing waelth funds (SWF), implantados en Abu Dabi, Kuwait, Qatar o Arabia Saudí. A través de su fondo, la cúpula empresarial de Qatar ha regado de inversión los mercados europeos, tomando participaciones en compañías como Volkswagen, RWE, Deutsche Bank, Lagardère, Vivendi, Veolia o Total Energies. Solo en España la capitalización del fondo soberano catarí alcanza los 9.000 millones de euros, en empresas tecnológicas y energéticas.

La utilidad de estos vehículos de inversión es meramente financiera, pero las sucesivas crisis -Lehman Brothers, pandemia y guerra de Ucrania- los han reorientado hacia la geopolítica mundial.  En este escenario, las autocracias negacionistas, seleccionando a sus clientes, “favorecen una dinámica que seguirá dependiendo del carbón, mientras el 80% de la energía primaria siga siendo de origen fósil”, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). El Golfo retrasa,  una vez más, su declive.

El Mundial de Qatar mantiene la imagen del país tolerante pese a su constitución coránica y a los manejos con los que la FIFA decidió ubicar allí el torneo. El emirato “logró la misión más imposible en tierras árabes desde que Moisés, con ayuda divina, dividió el mar Rojo. Convenció a 14 de los 22 miembros del comité ejecutivo de la FIFA de votar a su favor”, escribe John Carlin, sin añadir leña al fuego de los conocidos casos de corrupción. Transcurrida más de una década desde la nominación, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, inauguró ante los medios un Mundial marcado por la homofobia, la xenofobia y el machismo del país organizador. Lo hizo con estas palabras: “Hoy me siento catarí, hoy me siento árabe, hoy me siento africano, hoy me siento gay, hoy me siento discapacitado, hoy me siento un trabajador migrante. Tengo sentimientos muy fuertes”. Pero el cherif del futbol se olvidó de que para la opinión pública no basta con ponerse de palabra en el lugar del otro, sin sentir la vejación que siente precisamente este otro.

Una de las percepciones más claras de los oscuros manejos de la burocracia del fútbol se la debemos a Netflix, que ha difundido una miniserie rotundamente crítica sobre los trampantojos de los organizadores del torneo, titulada Los entresijos de la FIFA. La inversión de este Mundial supera los 200.000 millones de dólares, 20 veces más que el último torneo organizado por Rusia, según estimaciones de la consultora estadounidense Front Office Sports y confirmada por Forbes.

La firma de calificación S&P señala que Qatar casi multiplica por 500 los números de la celebración de Corea y Japón, en 2002 y destaca que la actual edición genera más de 7.000 de dólares a la FIFA en derechos audiovisuales, patrocinio y actividades de marketing, así como ventas de entradas. Qatar tiene tres millones de habitantes de los cuales el 80% son trabajadores inmigrantes. The Guardian ha sobrecogido al mundo con cifras escalofriantes de más de 6.500 trabajadores muertos por caídas, infartos o golpes de calor en obras de infraestructuras del Mundial. La mayoría de los trabajadores fallecidos proceden de países africados o de naciones asiáticas como India, Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka. Todos han muerto en accidentes laborables.

“Qatar es el país en el que las relaciones homosexuales se pagan con hasta 7 años de prisión, las mujeres necesitan el permiso de un tutor para casarse o viajar al extranjero, y los trabajadores son mano de obra casi esclava”, escribe el periodista Fonsi Loaiza en su libro Qatar: sangre, dinero y futbol. Las mujeres catarís viven en un emirato donde el 70% son hombres y en el que la religión es la Ley; están tuteladas por sus padres o maridos bajo la severidad de la sharía.

Las letras han actuado como un frágil refugio para escritoras catarís, como Kaltham Jaber o la pionera Shua Khalifa, autoras de cuentos cortos que han tratado de transmitir el deseo de que se reestructurasen las normas sociales respecto a las mujeres . El testimonio de autores extranjeros en el Golfo cuenta con piezas de enorme carga crítica. Una de ellas, Una dacha en el Golfo de Emilio Sánchez Mediavila, está centrada en la vecina Bahréin; es un relato inopinado pero implicado y cargado de dramática comicidad con espacios que recuerdan al Nigel Barley de El antropólogo inocente. El Mundial frente a la antigua Persia ha sabido integrar la repulsa blanda de la selección de Irán contra su propio régimen. Eutbol abre puertas y reduce las diferencias, pero la dureza punitiva de las autoridades sobre la vida cotidiana de los ciudadanos catarís va mucho más allá del salto cultural entre las sociedades musulmanes y las occidentales.

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La energía fósil sigue moviendo el mundo en plena era del calentamiento global. Europa no solo no se libra de la economía del carbón sino que sigue estando muy concernida por los conflictos entre los estados del Golfo, su principal proveedor. La historia reciente cuenta que, en cada nueva crisis energética, Europa sufre, mientras el Golfo Pérsico se fortalece. Ocurrió en la crisis de la OPEP, en los setenta, cuando el jeque Ali-Jalifa Al Sabab, entonces ministro de energía de Arabia Saudí, decretó el embargo del petróleo a los países que habían apoyado a Israel en la guerra del Yom kippur. La subida del precio del barril provocó un enfriamiento grave de la economía mundial; y algo parecido ocurre ahora, cuando Rusia bloquea la salida de gas siberiano y Qatar aprovecha el hueco de la oferta para fortalecer sus lazos comerciales. Además, al emir Al Tani los idus le son favorables porque la bonanza que le ofrece el dividendo económico de la guerra coincide con la imagen de modernidad y apertura proporcionada por el Mundial de futbol.

El único problema de emirato para seguir siendo un operador eficiente de energía primaria reside en las perturbaciones logísticas de sus vecinos. Sus barcos metaneros pueden cruzar el estrecho de Ormuz, siempre que  Arabia y Emiratos no se lo impiden a base de sanciones. En cualquier caso, cuando el gas licuado atraviesa Ormuz, el conglomerado QatarEnergy pone una marcha una subasta offshore y se asegura miles de millones del mejor postor, en los puertos de Japón, Corea del Sur, India y China. La travesía de los cargueros en alta mar sirve de lenitivo para las heridas producidas en la pegajosa vecindad de los canales del Golfo. Solo tras unas cuantas millas marinas y bajo la brisa del Índico, Arabia, Emiratos o Qatar se comportan como socios fiables delante de las autoridades asiáticas con las que comparten enormes vínculos comerciales.

Las teocracias islámicas llevan muchas décadas disputándose la hegemonía en la región; el penúltimo aldabonazo lo dio Kuwait, en los noventa, cuando el país fue invadido por el Irak de Sadam Hussein, provocando la Tormenta del Desierto de las tropas americanas, inicio de la última Guerra del Golfo. Frederick Forsyth aportó en aquel episodio el valor ético de la novela de guerra a la fría crónica de los combates. En su novela El puño de Dios, interpretó en clave de relato-autoficción la vida de a un agente infiltrado en Bagdad para desmantelar el supuesto peligro que se cernía sobre Occidente. La historia gira en torno al arma secreta que finalmente no existió, pero por su trazo narrativo desvela la cultura guerrillera de la llamada Nación Árabe, una causa en la que incidieron Nasser en Egipto, la república dinástica del partido Bas en Siria, Kamal Jumlat en Líbano o Muamar El Gadafi en Libia, los líderes de antaño o sus descendientes, sepultados por la Primavera Árabe de 2010.

Tras la guerra que narró literariamente Forsyth, los emiratos tratan de evitar que sus desiertos sigan siendo un campo de Marte. Bajo esta perspectiva, la influencia de Qatar ha ido a más, no ha dejado de crecer. Pero las arenas del Golfo son movedizas. El aislamiento que ha sufrido Qatar por parte de sus socios en el Consejo de Seguridad de la OPEP revela la volatilidad de las alianzas entre los grandes productores de crudo y gas. Y nadie da por sentado que las turbulencias no puedan volver.