Ilustración de 'Siete perfiles de una Centroeuropa'

Ilustración de 'Siete perfiles de una Centroeuropa' DANIEL ROSELL

Letras

El espectro de Centroeuropa

Adan Kovacsics reúne en un breviario siete luminosos ensayos que explican cómo la literatura ha ido configurado el contradictorio mito de nuestro continente

También: Monsieur Voltaire y su alteza Federico II: cartas cruzadas

Leer en Castellano
Publicada

Los imperios más duraderos de la historia no tienen un soberano. No se construyeron con el sudor de sus súbditos ni tampoco fueron conquistados derramando la sangre de los mejores guerreros y soldados. No son el botín obtenido en una guerra. Ni siquiera tienen fronteras terrestres, aéreas o marinas. No requieren de un rey que los administre.

Los reinos más sólidos de la historia son aquellos que nunca fueron, salvo en ese territorio fértil que ocupan la imaginación y los anhelos sentimentales de los hombres. Siempre están, aunque nunca hayan existido o un día cualquiera dejaran de ser y estar. Y perduran, aunque el tiempo haya convertido su nombre, sus símbolos y sus atributos en recuerdos vagos y difusos.

Sobre esta paradoja, aplicada en este caso a la idea de Centroeuropa, ha escrito un libro excelente Adan Kovacsics (Santiago de Chile, 1953), escritor y traductor de origen sudamericano, ascendente cultural alemán y sólida formación continental.

Adan Kovacsics

Adan Kovacsics Simón Sánchez Serrano

Siete perfiles de una Centroeuropa, editado por H&O Editores, un sello barcelonés que cuenta con un catálogo lleno de gemas literarias, entre ellas la soberbia traducción de Kovacsics de Los últimos días de la humanidad, la irrepresentable y gigantesca obra teatral de Karl Kraus que documenta la Gran Guerra de 1914 a partir de la perversión del lenguaje periodístico y la degeneración del habla cotidiana, es un compendium de piezas dispersas.

Portada del libro 'Siete perfiles de una Centroeuropa'

Portada del libro 'Siete perfiles de una Centroeuropa' H&O Editorial

Una, dedicada a Kafka, fue publicada en Revista de Occidente. Otras parten de los estudios realizados por Kovacsics para preparar conferencias pronunciadas en foros culturales y universitarios. También hay un inédito: el ensayo que el escritor chileno, afincado desde hace lustros en Barcelona, dedica a glosar la figura de Kraus, editor de la revista satírica Die Fackel (La Antorcha), publicada en Viena durante las tres primeras tres décadas de la pasada centuria.

Un libro, varios autores

Se trata, por tanto, de un libro compuesto con materiales de acarreo pensados para cubrir otras necesidades editoriales. Nada de esto se nota en la edición de H&O, donde funcionan como si formasen parte de una misma progresión melódica. Los tres acordes de una misma nota.

La tesis de Kovacsics es nítida: la idea de Centrouropa, sinónimo de la concordia y convivencia entre los pueblos, las religiones y las diferentes naciones surgidas en el corazón del continente, que en un momento dado fueron una parte sustancial del primitivo imperio austro-húngaro.

Y después, hicieron su camino por separado tras la perniciosa influencia de los nacionalismos, no aparece en ningún mapa porque es un territorio creado por la literatura, en lugar de por la geografía o los avatares de la política.

De ahí que Kovacsics dedique cada una de estas miniaturas, llenas de sugerencias y sabiduría, a escritores y poetas, los verdaderos demiurgos de esta región espectral que resurge en los momentos más críticos de la historia europea, desde la Guerra del 14 a la caída del muro de Berlín, sin olvidar el ascenso de los totalitarismos y el horror en los años treinta.

Los autores elegidos como ejemplos de esta identidad cultural son Hugo von Hofmannsthal, poeta y dramaturgo del modernismo vienés; Kraus, Rainer Maria Rilke, el poeta alemán más importante de su tiempo; Stefan Zweig, excelente y descomunal biógrafo, además de ensayista y narrador; Franz Kafka, Ingeborg Bachmann, filósofa austríaca (la única mujer) y Thomas Bernhard, el último gran impertinente austriaco.

Mapa literario de Europa

A partir de sus libros, Kovacsics compone el mapa cultural de una Europa central escindida entre la altura artística e intelectual de sus mejores hijos y la catástrofe política acontecida en un espacio compartido entre hombres diferentes —el famoso mundo de ayer evocado por Zweig—, donde se hablaba sobre todo alemán, pero también húngaro o yiddish.

Cada uno representa un perfil disonante de la misma utopía: Hofmannsthal es la nostalgia de aquella Europa imperial de trenes de lujo que, sin tener que detenerse en ningún frontera, viajaban desde Berlín a París o desde Praga en dirección a Budapest.

Kraus, en cambio, encarna el ruido de la calle, hecho con las palabras que anteceden a las bombas, y la prosa inmoral de los periódicos, que disecciona igual que un teólogo escruta los evangelios.

Rilke es la antítesis del periodista austriaco: un poeta nómada que viaja sin descanso, oye en su interior la voz de los ángeles y es capaz de descubrir lo invisible, y cuya trayectoria condensa la dramática historia de los europeos que nacieron en una patria y murieron sin ninguna, sumidos en un desarraigo perpetuo.

Zweig, el suicida de Petrópolis, es una más de las víctimas del nazismo, que destruyó un mundo cultural demasiado idealizado, armónico y, sin embargo, asombroso en su extrema pluralidad.

Quedan para el final los artículos que Kovacsics, que ha traducido a todos estos autores sobre los que escribe, dedica a Kafka, Bachmann y a Bernhard, escritores mayúsculos, en cuyas obras se vislumbra el absurdo de una existencia donde la figura humana es un simple instrumento en manos de fuerzas violentas y terribles.

Se anticipan el horror absoluto y los quebrantos de la posguerra y se muestra la contradicción de un continente soberbio que, sin embargo, se extermina sin remedio, ciego ante su propia brutalidad.

Kovacsics dice y cuenta muchísimo con las palabras justas. Ni una más. Ni una menos. Su ensayo es un monumento a la condensación y lo mejor que hemos leído acerca de esa Centroeuropa que, como dijo Shakespeare de los hombres, está hecha con el mismo material con el que se cincelan los sueños que nunca se van a cumplir.