Ilustración de Guillermo Cabrera Infante

Ilustración de Guillermo Cabrera Infante FARRUQO

Letras

Cabrera Infante: Caín en la Habana hermética

Guillermo Cabrera Infante, dueño de ´La Habana para un infante difunto´, el escritor cinéfilo que encontró la libertad en ficciones desbordadas y lejos de su hogar

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I never write letters. Nunca escribo cartas; sobre este aserto de Hemingway, José Lezama Lima expresó que lo necesario no es que te entiendan los demás, sino que seas capaz de edificar asociaciones arbitrarias, herméticas y fantásticas.

El poderío telúrico de Cuba, su impasividad geológica da cuenta de la estática sucesión de estampas congeladas en el tiempo del mito; algo así dijo Guillermo Cabrera Infante en los cimientos de su Vista del amanecer en el Trópico, la laberíntica obra que le sirvió de base para escribir Tres Tristes Tigres (TTT, como la llamó el autor). Y le llevó más lejos, hacia La Habana para un infante difunto, el argumento existencial de un escritor soberbio.

Portada de ´La Habana para un infante difunto´

Portada de ´La Habana para un infante difunto´ Alfaguara

Cabrera utiliza el título de GoyaSi amanece nos vamos— la representación de un último conciliábulo de brujos y brujas, antes de las primeras luces del alba. De su letra brotan el espíritu del indio y del cimarrón; explora la Cuba de Fulgencio Batista en la que todos los ciclos estaban tolerados, todos los tráficos eran posibles como refleja Nuestro hombre en la Habana de Graham Greene.

La gente entra y sale del Cha Cha Cha, del Wonder y del bar del Hotel Sevilla-Baltimore donde se baila la conga mozambiqueña o la salsa epidérmica y sanguínea; y la noche de la Rampa se ilumina con neones multicolores. Es el paraíso del Buick, del Chevrolet o del Mercury. Todo se apaga con el marxismo antillano y casi todo se ofusca con el turismo de masas que hoy periclita para siempre mientras cierran las cadenas hoteleras. Ahora, ante la amenaza por mar y aire de Trump, no hay luz, ni música ni plástico para amenizar calores.

Caín y el cine

Cabrera dirigió la publicación Lunes de revolución, pero acabó convirtiéndose en crítico implacable del castrismo; decidió esconder su identidad con el seudónimo de Caín —una contracción de sus dos apellidos—, pero no pudo evitar la represión política y fue calificado de traidor. Acababa de publicar el libro de relatos Así en la paz como en la guerra. Abrazó el cine, su pasión narrativa; vivió un tiempo en Hollywood, donde rodó con John Huston, la película Bajo el volcán, basada en la novela de Malcolm Lowry.

La cinefilia es una de las facetas que ha contribuido en mayor medida a la fama internacional del escritor cubano. Su dependencia del celuloide se remonta hasta su más tierna infancia, relatada en Orígenes (Cronología a la manera de Lawrence Sternee), cuando su madre lo llevó a ver Los cuatro jinetes del Apocalipsis.

En el 62, antes de su sonada rebeldía anticastrista da una serie de conferencias en Bellas Artes de la Habana sobre los cinco directores de cine más conocidos de entonces: Orson Welles, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, John Huston y Vincente Minnelli. El Cabrera cineasta está totalmente cubierto en el libro del autor Cine o sardina, un incunable para los amantes de la narrativa y la pantalla.

Tras salir de Cuba trata infructuosamente de quedarse en España en los años de la Dictadura y acaba instalándose en Londres donde tiene que esperar hasta 1979 para recibir la nacionalidad británica.

El universo de Cabrera Infante

Sus novelas no tienen principio ni fin; son espasmódicas; en ellas la vida se sobrepone en un sentido que no podemos percibir aunque se revele como un paralelo de la realidad. En Cabrera, la ficción desborda toda cotidianidad, con el ejemplo de los tres amigos protagonistas de TTT; en sus páginas nacen y mueren las palabras que encapsulan lo real.

El relato atraviesa un presente continuo sin pasado ni futuro. Sus noches habaneras son como las no horas de Samuel Beckett, una fusión temporal donde todo coexiste acercándose al Mississippi de Faulkner; es un laberinto de contrastes, a través de un idioma inventado por Lezama y callejeado por el propio Cabrera, y sin embargo es la lengua que realmente se habla en las calles de Cuba.

La memoria cree antes de que el conocimiento recuerde; ofrece perspectivas nuevas de lugares de siempre: El Jarama de Ferlosio, el Berlín de Döblin, el Rouen de Flaubert, la Región de Benet o el Balbec de Proust. Por su parte, Cabrera reinventa el Caimán del Caribe, su isla, y al no poder ser profeta en su tierra —que hoy sí lo es, a criterio de los mejores—, recolecta premios en el exterior, como el Cervantes de 1997, el Biblioteca Breve, una década antes, o el galardón de los críticos de cine por Un oficio del siglo XX.

Portada de ´Un oficio del siglo XX´

Portada de ´Un oficio del siglo XX´ Debolsillo

Sabe que “las cosas no son como las vemos sino como las recordamos” (Valle-Inclán). En sus ficciones, el exceso no es jamás la excepción; siempre es la regla. Se enfrasca en la ambigüedad de la memoria, con el ejemplo del mexicano Carlos Fuentes que recuerda haberse perdido en Morelos junto al dramaturgo Jack Gelber y le pregunta a un anciano en qué lugar se encuentran. “Depende —contesta el viejo— el pueblo se llama Santa María en tiempos de paz. Se llama Zapata en tiempos de guerra”.

Escritor en el exilio

En Vista del amanecer en el trópico, Cabrera cuenta las andanzas de un poeta cubano metido a revolucionario, detenido después de varios naufragios. A Juan Clemente Zenea lo encierran en la bartolina de una fortaleza sin saber qué es el romántico cubano del ochocientos: “No busques volando inquieta/mi tumba oscura y secreta/ golondrina ¿no lo ves?/ en la tumba del poeta/ no hay un sauce ni un ciprés”.

Portada de ´Vista del amanecer en el trópico´

Portada de ´Vista del amanecer en el trópico´ Debolsillo

La memoria de Cabrera atraviesa de puntillas el modernismo, música demasiado dulce para su oído. Y finalmente el escritor habanero, nacido en Oriente (Gibara), lo corta por lo sano: A Zenea lo fusilaron en el Foso de los Laureles”. La verdad no soporta el estilo.

Cabrera y la libertad

Existe una conexión inextinguible entre Cabrera y la libertad. Le faltó una causa común cubana como la que disfrutaron las vanguardias francesas en el caso Dreyfus. Emile Zola nunca estuvo solo en su réplica contra la injusticia cometida con el oficial judío, que levantó a los intelectuales, desde Clemenceau hasta Camus.

En aquel momento, la derecha extrema y la extrema derecha, junto al comunismo y el izquierdismo, es la pinza que ataca a los intelectuales acusados de ser una casta privilegiada al margen de sus respectivas tribus. Para sobrepasar este principio, Francis Bacon escribió que los sabios se extrañaban de sí mismos y Montesquieu, en sus Ensayos, certificó los ataques de melancolía que suceden al esfuerzo mental. La letra sufrida se reivindica.

Cabrera es realista, es un hombre libre, la única virtud del exiliado; siente que en Cuba la aurora se oscurece por las amenazadoras sombras que se ciernen sobre el horizonte de la utopía caribeña. Solo puede valerse de su pluma que, a los ojos de muchos, es su mejor espada. Escribe para sus lectores y para su familia, pero nunca escribe cartas oficiales para deshacerse de sus perseguidores o para conseguir prebendas. En su ley no existe el pacto. I never write letters.