Recorte de una noticia del periódico Pueblo sobre Maruja Falena

Recorte de una noticia del periódico Pueblo sobre Maruja Falena

Letras

Del “corazón en honda” a la Cruz Roja: Maruja Falena, enfermera en un país en guerra

Un recorrido detrás de la enigmática identidad de Maruja Falena: la poeta aragonesa que dejó versos escritos sin pistas que condujesen hacia ella

También: El “zarzal espinoso” de Maruja Falena: la poeta olvidada que escribió desde el deseo y la herida

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Pasaron muchos meses. La pesquisa quedó en punto muerto hasta que, de forma inesperada, una tarde descubrí que para acceder a esas partículas contaba con una herramienta valiosísima que encontré de repente: en mayo de 2025, la profesora de la Universidad de Alicante Laura Palomo publicó su estudio Entre el jardín y el mar: la identidad femenina escindida en Rumbo (1935) de Maruja Falena.

Así que alguien, razoné, se había estado haciendo preguntas similares a las mías. Palomo, doctora en Estudios Literarios, es especialista en la literatura escrita por mujeres entre los siglos XIX y XX. Habla de Falena como una artista “dotada de una voz propia, original e interesante”. A su juicio, en Rumbo, “el sujeto lírico se muestra afectado por una crisis existencial que se canaliza a través de la elección de ciertas temáticas (el amor, el deseo sexual, el viaje o la concienciación social), la actualización de símbolos poéticos tradicionales (la falena, el árbol o el pirata) y la disolución de las formas métricas populares”.

Su trabajo, publicado en Castilla. Estudios de Literatura, también recoge que, en el momento en el que se publicó Rumbo, Maruja Falena permanecía soltera “y compartía vivienda con la escultora Dionisia Masdeu, lo que ya la convertía en una mujer poco convencional”.

Con esta amiga, “a la que por cierto le dedica el poema Ansias, que se podría leer en clave de género (...) continuó viviendo hasta 1936, fecha en la que la escultora se casó”. Precisamente hasta 1936.

Efectivamente, en abril de ese año El Noticiero informa del enlace de “la gentil señorita y laureada ceramista” Dionisia Masdeu con “el distinguido joven y conocido aparejador de obras” don José Laforga. Ambos provienen de buenas familias zaragozanas, algo que es posible intuir al contemplar una fotografía del enlace en la que también aparece Falena, a la que identificó Chus Tudelilla. Posa, junto a los novios y otros invitados, en la puerta de la iglesia de Santiago. Sonríe.

María Ferrer Llonch

Solo faltan tres meses para el golpe de Estado. No sé si en las elecciones de febrero del 36 María Ferrer Llonch votó con esperanza o con apatía, si escuchó en la radio informaciones sobre el asesinato de Calvo Sotelo o si habló de su trascendencia con sus colegas de Noreste; si sufrió por algún familiar, por algún amigo significado con la República ni cuál fue la suerte que corrió su perro-lobo.

Sí sé que durante toda la guerra Zaragoza permaneció bajo el control de los sublevados. Y el terror se propagó desde el inicio: según el historiador David Alegre, autor de Verdugos del 36, entre el verano y el otoño de 1936 unos 3.500 civiles fueron asesinados en toda la provincia, sobre todo en la ciudad.

Pistas tras un retrato

Entre los muertos figura Federico Comps Sellés, dibujante zaragozano y también colaborador de Noreste. No parece arriesgado imaginarlo como un amigo de Falena, ya que dibujó un retrato de la poeta para Rumbo. Fue secuestrado por unos “matones falangistas” la noche anterior a su asesinato, según publicó Paco Sanz en eldiario.es. Tenía solo 21 años. Su muerte, escribió trece años después Tomás Seral y Casas, conmovió a unos pocos: a Alfonso Buñuel, a Juan Pérez Páramo y a la propia Ferrer. Quizá conmoverse era un acto demasiado arriesgado.

Pocas semanas después, toda Zaragoza seguía con enorme expectación las noticias “ante la inminente toma de Madrid”. Al menos así lo contó El Noticiero, que falló en su contundente pronóstico, pero cuyo esbozo resulta muy vívido: banderas españolas, tapices nacionales, “signos de nuestra fe y emblemas de la raza española”, decoraban la ciudad aragonesa.

“Guardando para cuando oficialmente el mando dé la grata noticia de la reconquista de la capital de España, lo que ya el noble pueblo zaragozano saboreaba con la íntima satisfacción del inmenso triunfo de las armas españolas sobre las hordas marxistas y sus dirigentes rusos”. Hubo de esperar el noble pueblo muchos meses para paladear la victoria. Para entonces, Zaragoza ya había construido un mito, erigiéndose en bastión religioso: cuando en agosto las bombas republicanas cayeron sobre la Basílica del Pilar, ninguno de los artefactos explotó, lo que algunos interpretaron como un milagro.

¿Qué pensamientos invadieron entonces la mente de María Ferrer? Si es que en algún momento sonaron las alarmas, ¿se refugió en algún lugar donde apretó con fuerza alguna mano? ¿Escribió algún texto que después rompió en pedazos? ¿Rezó? Lo cierto (y no hay demasiadas certezas cristalinas que permitan reconstruir sus pasos) es que en este escenario de violencia, frente al ardor imperante en la ciudad, sede de la V División Orgánica y por tanto una de las más importantes entre las que permanecieron en manos de los sublevados durante los primeros compases de la guerra, María Ferrer Llonch eligió la vía de los cuidados.

Sé, porque lo cuenta Hoja de Lunes, que recibió formación como enfermera de la Cruz Roja. De hecho, me resultó impactante descubrir que se le impuso el brazalete en diciembre de 1936.

Imagino que ese día hacía un frío helador, pero es solo una especulación. Lo que es seguro es que el día 20 del último mes de aquel año sangriento, en la rotonda central del edificio de Cruz Roja, docenas de “damas” escucharon a las autoridades referirse a la enfermera como “la mujer cristiana y española que forma el ejército del bien sin ir en vistosa formación”. Se les pidió que prodigaran “las ternuras de su corazón, piedad, abnegación, sacrificio y caridad para con los combatientes y heridos”.

El último en tomar la palabra en tan solemne acto fue Fernando Suárez de Tangil y Angulo, conde de Vallellano y presidente de Cruz Roja Española, quien aludió a la importancia que tendría Zaragoza cuando se “reconquistase” Cataluña. Este prohombre terminó su discurso enviando un abrazo y un beso, “como si lo hiciera a sus hijos, a todos los combatientes y heridos”. Se despidió con vivas al general Franco y a la Virgen del Pilar e inmediatamente después, entre los acordes del himno nacional, se impuso el brazalete a decenas de enfermeras, entre las que figuraba María Ferrer Llonch.

En versos crudos

Vuelvo ahora al texto de Palomo, y el contraste resulta atronador. La profesora de la UA escribe que Falena se muestra “transgresora” en sus versos, en los que el sujeto lírico femenino “se identifica con animales desprovistos de belleza o de salud (la falena) o con hombres de dudosa reputación (como marineros o piratas)”. Quizá lo que más sorprende de su brillante análisis es cómo Falena, “en vez de mostrarse dócil o pasiva, expresa de forma vehemente y clara su anhelo de viajar y su deseo sexual”:

Apaga las luces, que vengo

con un tatuaje de estrellas en el alma.

No me conoces, no.

Apaga las luces,

que quiero arrancar con mi boca

tus ojos.

Así, entonces, hombre

entrarás en mí.

La sombra persigue a la sombra

en esta casa deshabitada.

El espejo, cómplice de mi desnudez,

calla.

El reloj sonámbulo

que midió nuestras horas

es una araña de doce patas, muerta.

Nada.

¿Quién sabe si esta casa es un barco

donde los muertos son grumetes?

Debió ver muchos muertos. En un espacio de tiempo muy breve, su rico mundo de imágenes poéticas quedó anegado por la crudeza de las heridas que se dedicó a curar. Gracias a la encomiable labor de la archivera del Archivo Cruz Roja Española, he podido saber que María Ferrer Llonch prestó servicio en el Hospital de Sangre desde su inauguración, el 10 de agosto de 1936. Trabajó en el Servicio de Cirugía, que fue sobre el que recayó el peso de la actividad en el Hospital, puesto que la mayoría de los asistidos y hospitalizados fueron heridos de guerra. Su “corazón en honda” se disponía ahora de un modo muy distinto.

En el segundo curso de su formación, entre el 21 de octubre de 1937 y el 25 de junio de 1938 (coincidiendo con la cercana ofensiva de Teruel, en la que decenas de miles de combatientes murieron), Ferrer obtuvo una puntuación de 9, por lo que le fue otorgada una Medalla de Plata de la Campaña con distintivo de Retaguardia. En total, según una memoria oficial, el número de heridos asistidos por el servicio de Cruz Roja ascendió a 4.639, con 1.524 intervenciones quirúrgicas.

Además de las enfermeras, en el equipo de Ferrer había médicos ayudantes y anestesistas, estudiantes de medicina, practicantes y un cirujano jefe. Al escudriñar el documento, me impacta dar con un nombre cuyas letras parecen refulgir: María Luisa Seral y Casas, la hermana de Tomás. Me pregunto si ambas intercambiaron confidencias, si rieron en pasillos asépticos por los que entraba una luz mortecina o si soñaron con la victoria de los soldados a los que sanaban.

Solo cinco meses después del fin de la guerra, en septiembre de 1939, Luisa Seral y Casas se casó con José Luis Arantegui Mochales. La celebración se desarrolló “de acuerdo con la austeridad de los nuevos modos dentro de la intimidad de la familia”. Uno de los testigos fue don Manuel Íñigo Nogués, que había sido el director del hospital de la Cruz Roja. Parece probable, por tanto, que también asistiera María Ferrer.

Poco más tarde, el 6 de noviembre, la Asamblea Provincial de Zaragoza elevó a la Asamblea Suprema de Cruz Roja Española la concesión de la Medalla de Campaña a ella y a otras decenas de Damas Enfermeras. Según consta en un documento firmado en mayo de 1940 que hace las veces de diploma, en el desempeño “de su elevada y patriótica labor”, Ferrer puso “un interés, cariño y entusiasmo dignos de los mayores elogios”. Atrás quedaban, por tanto, los versos dedicados al nuevo arco-iris del triunfo y a la iluminación de la fragua del proletariado.

Su situación familiar era por entonces muy delicada. El 22 de abril de 1940 falleció su padre, Nicolás Ferrer. En su esquela, publicada en Heraldo de Aragón, María aparece citada entre sus “apenados hijos” junto a don Ángel, don Nicolás y don José.

Ángel, el primogénito, está “ausente”. Intuyo que Ferrer duda, tantea qué camino tomar o cómo salir adelante. En octubre de 1940, la poeta solicitó su ingreso como asociada de número en la Cruz Roja, pero solo dos meses después, el último día de 1940, pidió la baja de la Cruz Roja. El motivo alegado fue un traslado de residencia. Dónde fue o quiso ir, como tantas otras cosas, lo ignoro. Algún periodista ha publicado que se exilió a México, pero no tengo manera de demostrarlo.

En 1941, el Juez Instructor Provincial de Responsabilidades Políticas instruye un expediente a Nicolás Ferrer Llonch. Por fortuna, no encontraron nada grave: “Aunque de ideas con tendencia izquierdista, no se comprueba su significación intensa ni eficaz en tal sentido, no apareciendo suficientemente probado, por existir contradicción entre los distintos informes su pertenencia a partidos del Frente Popular”, dice el informe.

Además, el documento recoge que el inculpado no contaba “con más bienes ni ingresos que su sueldo como Ingeniero de Caminos, de 9.600 pesetas anuales y 4.000 de gratificación, teniendo a su cargo una hermana soltera”. Esta hermana solo puede ser María. Por tanto, si cruzó el Atlántico, fue después de 1941.

Misericordiosa Ferrer

Si Falena fue incandescente en su obra, Ferrer fue misericorde en su vida. Sus versos son lacerantes, a veces arrebatados y tormentosos. Su trabajo, salvar vidas, no pudo ser más noble. Pienso en su creatividad, en el espeso cúmulo de muertes que logró evitar y las que provocaron sus asistidos, y evoco unas líneas que W.H. Auden escribió en Valencia en 1937, desde la otra orilla de la contienda, que tal vez le habrían gustado en aquellos días:

En los últimos seis meses, este pueblo ha aprendido lo que es heredar su propio país, y una vez que un hombre ha probado la libertad, no renunciará a ella fácilmente... Por eso, a tan solo ocho horas de distancia, a las puertas de Madrid —donde este deseo de vivir no tiene otra expresión alternativa posible que el poder de matar—, el general Franco ya ha perdido dos ejércitos profesionales y está en vías de perder un tercero.

Chus Tudelilla escribió que, en “una fecha indeterminada”, Ferrer “se estableció en Madrid, donde trabajó en un hotel. Nunca perdió la amistad con Seral, a quien acompañó en su lecho de muerte”. He sabido que ese hotel fue el Hotel Fénix. A pesar de ser muy tenue, casi una tontería, la reminiscencia tiene gracia: de la sutil falena a la majestuosidad del fénix, el tránsito de lo poético hacia el poderoso emblema de la resurrección, aunque sea petrificado, enmarcado en un trabajo que nada tuvo que ver con lo creativo.

No sé quién fue L. de A ni si llegó a encontrar a Falena. Tampoco sé si Ferrer quiso que la encontraran ni si creyó en algún momento que Madrid era una ciudad bella. Puede que, alguna vez, pensara en la capital como una ciudad viva, y recordarse entonces lo que escribió décadas atrás, en Rumbo:

Vamos, vamos todos camaradas…

Dejemos estas ciudades muertas

que crucifican lo bello…

Dejemos estos hombres taciturnos

con sus pasos de acero.

Pero llevemos a los niños,

los niños que harán un aro

con guirnaldas de estrellas.

No midamos distancias,

midamos pasiones…

No digamos palabras,

contemos amores…

Corred, vamos

por el túnel de la noche…

…allí donde los gallos cantan

y sus aletazos, como golpes de remo,

hacen brillar el sol.