Ilustración sobre 'La cultura del olivo'

Ilustración sobre 'La cultura del olivo' DANIEL ROSELL

Letras

Arte, historias, prodigios y maravillas del ‘Mare Oleum’

Emilio Lara traza una historia cultural del aceite de oliva en ‘Un mar de oro verde’ (Ariel), un ensayo divulgativo sobre el cultivo del olivo y el Mediterráneo

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Del aceite de oliva cabe decir lo mismo que el poeta León Felipe escribió en un poema sobre la estrecha relación que los hombres mantenemos con las mentiras de la ficción: “(...) la cuna del hombre la mecen con aceite, / los gritos de angustia del hombre los ahogan con aceite, / el llanto del hombre lo taponan con aceite, / los huesos del hombre los entierran con aceite”. El legado cultural del oleum, como lo llamaban los romanos – ἔλαιον (élaion), para los griegos– es persistente, asombroso y duradero.

La cultura occidental, síntesis de la filosofía y el pensamiento de la antigua Hélade y el cristianismo surgido del judaísmo, molturado por el derecho y la mentalidad utilitaria de Roma, sigue el rastro de las rutas marítimas del aceite a lo largo de las dos orillas del Mediterráneo, separadas por la religión y distantes por la geografía, pero unidas, igual que hermanos siameses, por hábitos, costumbres y convenciones que perduran pese a todos los milenios que suma el tiempo, ese dios terrible.

Todas las caras del aceite

Los atletas olímpicos recibían como premio tras sus gestas deportivas una corona hecha con hojas de olivo. Los ataúdes de los difuntos de las clases altas del mundo antiguo se construían con la madera de los olivos y los acebuches. El aceite servía de alimento. Daba lumbre. Fue el ingrediente básico de la perfumería ancestral. Alumbraba a los poetas y a los filósofos cuando se sentaban a escribir versos o diálogos después de ponerse sol y alimentaba las hogueras de los sacrificios hechos a los dioses. Servía igual para ungir a los profetas que para celebrar a los reyes.

Sagrado y profano al mismo tiempo, el árbol de las aceitunas, que es el hermoso nombre (infiel) que los musulmanes daban a su fruto, un término que permanece en el español del Sur como una huella venerable de un pretérito que todavía es presente, es —junto al trigo y a la vid— uno de los tres elementos ancestrales que identifican a las culturas del Mediterráneo.

Al historiador Emilio Lara (Jaén,1968) le gusta llamar a este mar de los antiguos, el lugar donde nació la mitología, la épica, la ética y la estética, la democracia y la autocracia, el derecho, el alfabeto y la mejor gastronomía, con otro nombre: Mare Oleum. Y para explicarlo ha escrito un ensayo de divulgación —Un mar de oro verde (Ariel)— donde traza una historia cultural del aceite de oliva y sus prodigios y maravillas.

Portada del libro 'Un mar de oro verde'

Portada del libro 'Un mar de oro verde' Ariel

Lara cuenta en este libro un viaje en el tiempo y en el espacio por el corazón de las sucesivas culturas del Mediterráneo a través del alimento que sustentó –junto a la compra y venta de esclavos– el comercio y la economía de Grecia y Roma, cuyas ánforas cargadas del oro verde de la tierra llegaban a Egipto y discurrían desde la Bética, la región agraria más próspera de la antigua Hispania, hasta las urbes fenicias de Tiro y Sidón e incluso tocó las orillas del Mar Negro.

El aceite, un producto nacido en el Próximo Oriente, acabaría siendo uno de los epítomes de la cultura occidental. Una señal de distinción entre los hombres civilizados, que bebían vino, comían pan y usaban el aceite para todo, y los bárbaros, que consumían las grasas animales –cerdo y vaca– y bebían cerveza.

Detalle de una mujer romana vertiendo aceite

Detalle de una mujer romana vertiendo aceite

El historiador jiennense documenta con solvencia todas estas épocas en las que el aceite funcionó como el petróleo vegetal de la antigüedad. Logra desplegar un completa panorámica sobre su herencia cultural. El único reparo que cabe ponerle a su narración —sencilla y amena— es que, de forma quizás recurrente, introduce demasiadas anécdotas biográficas personales y a veces abusa de determinados trucos —como las constantes referencias a películas, que no siempre están justificadas— para enganchar al lector.

Da la impresión de que el historiador, que conoce de primera mano la materia sobre la que escribe, o acaso su editor, o ambos, han querido sumarse a esta moda —derivada del éxito editorial de El infinito en un junco (Siruela), el libro de Irene Vallejo sobre la historia de la escritura y el libro antiguo— de transformar en una narración funcional lo que, planteado como ensayo, sin caer en las convenciones académicas, hubiera permitido al lector interesado en la materia no perder el tiempo con distracciones.

El aceite como cultura

Al margen de este defecto —que otros considerarán una virtud—, el libro cumple con el que parece ser su objetivo: reunir en un único volumen, a modo de compendio o ejercicio de síntesis, parte de la tradición cultural del oleum, que demuestra que, aunque muchos todavía lo ignoren, el lejano pretérito de los antiguos (todavía) es nuestro presente.

Sobre todo en Jaén —que produce el 20% del aceite de oliva del mundo— o en las provincias de la Baja Andalucía, que exportaba emperadores —Trajano y Adriano, ambos hijos de patricios nacidos en Itálica (Sevilla)— igual que enviaba ánforas llenas de oro verde a los mercados de Roma y a la colina del Palatino.

La civilización clásica –escribió Tucídides– empieza cuando los pueblos del Mare Nostrum aprenden a cultivar el olivo y la vid. Comienza en el Paleolítico, prosigue en Mesopotamia y llega hasta Grecia. Atenas fue la ciudad protegida por Atenea, la diosa del humilde árbol que se extiende a ambas orillas del Mediterráneo. Roma convirtió el cultivo de la aceituna en la primera industrial global de la historia. Su imperio está hecho de olivares. Los judíos de Canaán adoraban al aceite tanto como a su Dios.

El cristianismo introdujo el zumo de su fruto para perfumar sus rituales sagrados. Jesucristo entró en Jerusalén un Domingo de Ramos —antes de sudar sangre en el Monte de los Olivos— saludado con palmas y ramas de acebuche. El imperio español extendió el mapa del oro líquido —así denominó Homero al aceite– hasta la América de ultramar, donde no terminó de enraizar, a excepción de en California. El aceite de oliva es, junto a nuestro idioma, el mejor producto que España, que atesora el 40% de la producción mundial de olivares, puede vender al mundo.

Una rama de olivo con aceitunas en un mural romano

Una rama de olivo con aceitunas en un mural romano

La religión del oro líquido

Que haya tardado tanto en hacerlo —en beneficio de Italia, tradicional comprador de la producción de aceite procedente de la España meridional— es tan inexplicable como que, desde el mundo de la empresa o en el ámbito de la ciencia y la investigación se use el inglés —en vez del español— como lengua de prestigio.

Moisés bañó el Arca de la Alianza, que contenía las tablas de la ley de Yahveh, con aceite. El nombre del lugar donde el Cristo sería prendido –Getsemaní– significa lagar de aceite. Mahoma incluyó el olivo en su recuento de los sublimes árboles del paraíso. El código persa de Hammurabi –el primer corpus legal conservado de la historia– regula el comercio del oleum. Hacía falta. Los fenicios llevaron en barcos esquejes del aceite oriental hasta Gades, la urbe más antigua de Occidente.

Toda la romanización de Europa es hija del aceite. Los mendigos medievales rogaban a sus piadosos benefactores que derramasen algunas lágrimas de aceite para ablandar los pedregosos mendrugos de pan. La emperatriz Nefertiti se maquillaba el rostro con oleum. El método para embalsamar las momias en Egipto consistía en cubrir al difunto con una mezcla de lino y zumo amargo de olivas. El caldo virgen de la aceituna servía indistintamente como lubricante sexual y combustible espiritual.

Molino de aceite, Egipto (1798)

Molino de aceite, Egipto (1798)

Ayudaba a encender una hoguera, fue usado como arma ardiente para repeler a los invasores que escalaban la murallas de los castillos y las fortalezas y era la luz artificial que iluminaba la sombra de los palacios. No existe en el mundo manjar más sabroso que un simple puñado de kalamatas, las aceitunas negras que crecen en Creta y en el Peloponeso. Y todos los niños del Sur, tengan la edad que tengan, saben que el pan blanco con aceite es su magdalena de Proust. El aceite de oliva es alta cultura y un tesoro popular. La sustancia más perfecta que los antiguos dioses pudieron otorgar a los hombres.