René Magritte, 'El hijo del hombre' (1964)

René Magritte, 'El hijo del hombre' (1964)

Ideas

Sujeto y predicado

El mundo diseñado y pensado a partir de un sujeto: el hombre, heterosexual, blanco, clase media y cristiano

También: Todos somos mujeres

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Hace unas semanas salió la noticia de que la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición había publicado un informe sobre la menopausia en que, por error, se usaban datos nutricionales de hombres. Sobrecogedor pero no sorprendente.

René Magritte, 'El hijo del hombre' (1964)

René Magritte, 'El hijo del hombre' (1964)

Existe una tendencia en ciertas aproximaciones de género de partir, para cualquier análisis, de sujetos masculinos y sujetos femeninos. Una manera rebuscada, un tanto retórica, de decir “hombres” y “mujeres”. Si así se percibe el mundo, bien está si bien acaba.

Pero si se trata de definir nuestras sociedades, un pensamiento, un hecho, es quedarse atrapado en un limitadísimo radio de alcance en el que cualquier predicado que se derive de estos sujetos se verá condenado a la redundancia, reproducirá esquemas conservadores dando por nuevo lo viejo, y, de ahí, es fácil validar la falsificación.

Un poco como ocurre cuando se habla de ideología, así en general, como la panacea que resume los problemas del mundo. Se omite de qué ideología se habla. ¿Anarquismo (puro o sindicalista)? ¿socialismo? ¿liberalismo? ¿marxismo? ¿fascismo? ¿neoliberalismo? ¿neofascismo? Qué libros, en qué consisten esas metodologías, que problemáticas han identificado y qué soluciones ponen sobre la mesa.

Sujeto invisible

En resumidas cuentas, cuál es el sujeto. ¿el sujeto agente transformador de la historia como en el marxismo? ¿el sujeto liberal clásico, libre y racional, nacido con derechos naturales? ¿o un sujeto sin identidad propia que se integra en valores trascendentes como la nación o la raza según el fascismo?

Tal vez sea esa vocación por el mito de la transparencia que lo ha vuelto invisible, pero el caso es que, de la misma manera que el sujeto desaparece cuando se menta la ideología —aunque en este caso tal vez quieran decir que el problema es la identidad—, aludir a sujetos masculinos y sujetos femeninos se parece en que, en ambos casos, es predicar. Y de estos predicados, que disfrazan el sujeto, es de donde salen los espejismos.

René Magritte, 'La reproducción prohibida' (1937)

René Magritte, 'La reproducción prohibida' (1937)

En cuanto al género (cuyo pensamiento se orienta hacia el análisis crítico del sujeto), hablar de sujeto masculino y sujeto femenino es como pretender tocar dos melodías distintas a la vez, una con cada mano, sobre un mismo teclado. El resultado, si algo sale —porque será inevitable que una de las dos se haga con la voz cantante— no será más que una molesta, absurda e incordiante olla de grillos sin orden ni concierto.

El sujeto no son las manos que tocan, ni tan solo la partitura, sino el conjunto de leyes, improvisaciones, variables y objetivos que imperaban en la cabeza de quien la compuso.

El mundo para el hombre

Solo hay que mirar alrededor. Si estás en un metro, fíjate en el diseño de las butacas, o si en el autobús, mira la altura de las barras sujetas al techo, para agarrarte. En casa, observa hasta dónde alcanzan las librerías, el peso de ciertos objetos, o, en la calle, echa una ojeada a los menús de los restaurantes.

No encajan. Un ejemplo más claro ¿Alguna vez te has fijado en que, en ciertos baños públicos –o incluso en algunos apartamentos de alquiler o habitaciones de hotel—, el papel higiénico suele estar pegado a la pared, junto a la taza? No es porque no quedaba otra. Simplemente está pensado para alguien que atiende sus aguas menores cara a la pared.

Lo más curioso es que tal diseño se encuentra incluso en aseos exclusivos para señoras, y pondrá a prueba o tu capacidad de previsión o tus habilidades como contorsionista.

Marcel Duchamp, 'La fontana' (1917)

Marcel Duchamp, 'La fontana' (1917)

Que el mundo está hecho a la medida del hombre ya lo dijo la Beauvoir con otros ejemplos. Y ahí seguimos, desde luego, se ha avanzado y es cierto que se ha creado espacio para la adaptación. El problema es que ese sujeto, desde el que se predica y que se insiste en invisibilizar, es el mismo que determina los objetos inmateriales, los textos.

Leyes y constituciones, normativas, regulaciones y, efectivamente, protocolos de todo tipo, como puede pasar en la investigación médica, se diseñan a partir de ese sujeto. Y ese sujeto sigue concretándose en hombre, heterosexual, blanco, clase media y cristiano —con espacio para variables, mal llamadas y conocidas como “minorías”—.

Y dentro de cada una de esas características se ramifican otras tantas, cada una ahondando en la exclusión. Las etiquetas siempre han sido cosa de la exclusividad.

En la actualidad, por ejemplo, solo Francia ha reconocido el aborto como un derecho constitucional. Y si seguimos con la sexualidad —muchas mujeres en el mundo ya elevan la voz—, ni hablemos de las revisiones ginecológicas. En la era de la Inteligencia Artificial, los drones, las pantallas, los instrumentos que se utilizan para estos casos siguen siendo tan dolorosos e invasivos como hace un siglo.

Pero no nos quedemos en lo de siempre. En la idea arcaica de que una mujer es un útero flotante, apenas el medio del que los hombres carecen para garantizar su progenie, aunque parece que sea todavía la que prevalece (el sujeto no ha variado).

Es algo que se constata cuando, en la inmensa mayoría de farmacias, muchos medicamentos específicos para condiciones propias del cuerpo femenino (incluida la menopausia), es decir, los que no se vinculan directamente a la procreación (menstruación, fertilidad, gestación), no se encuentran disponibles: hay que encargarlos.

La distinción predicativa de sujeto masculino y sujeto femenino concibe la mujer (o el sujeto femenino) como una trascendencia uterina. Sin estómago, intestinos, páncreas, corazón. Que un estudio sobre la salud de la sexualidad femenina parta de hombres, es inquietante pero no sorprende y hace temer sobre cuántas veces los protocolos se aplican sin contemplaciones.

Modificar el sujeto incontestable

El sujeto es una abstracción desde donde arranca la exclusión. El trabajo es modificarlo para que, algún día, no sea así. Y es ahí donde empieza la reflexión política, que debe orientarse hacia un mundo más justo, más seguro, más digno, más responsable.

La historia no ha terminado. Esconderlo —no digamos manipularlo—, ignorarlo dándolo por lo natural, lo incontestable, por dogma y verdad última es convertirlo en una bomba de relojería que acaba estallando.

No digo que sea fácil. Claro que hay personas que esto ya lo saben, otras se aprendieron lo de hombre, heterosexual, blanco, etc. de memoria sin saber muy bien qué hacer con él, como si la realidad fuese por otro camino cuando la realidad es esa: un estudio sobre la menopausia realizado sobre sujetos hombres.