Alejandra Costamagna

Alejandra Costamagna LUIS MIGUEL AÑÓN

Letras

Alejandra Costamagna: "Lo interesante de la amistad es que no hay ninguna institución que la regule"

La escritora chilena, Premio Herralde de Novela con con El sistema del tacto (Anagrama), regresa a las librerías con Dónde puedo dejarlo, una novela sobre la ausencia y la amistad femenina

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Alejandra Costamagna es, muy probablemente, una de las máximas exponentes de ese grupo de escritores chilenos a los que se les ha denominado como Generación de los hijos. El rasgo es común es que todos ellos crecieron durante la dictadura. Además, si algo define este grupo de autores es el hecho de que, entre ellos, además de Costamagna, encontramos algunos de los nombres más destacados dentro de la literatura en castellano: Nona Fernández, Lina Meruane o Alejandro Zambra, entre otros. Tras haber quedado finalista del Premio Herralde de novela con El sistema del tacto, Costamagna regresa a las librerías con Dónde puedo dejarlo.

Se trata de una novela sobre la amistad entre dos mujeres, una amistad que perdura a través de la ausencia de una de ellas. Son los años noventa, Chile está en plena transición democrática, pero la democracia que se está formando, heredera directa de la dictadura, no es ni de lejos la que muchos desean. Militante, Mara desaparece en 1989, se convierte en alguien buscado por el poder y que debe vivir escondiéndose. Manu, su amiga, sabe la razón de su desaparición, pero desde que se fue apenas ha sabido nada de ella. El silencio, tema central en la narrativa de Costamagna, envuelve esta amistad y, a la vez, se vuelve en su motor, es lo que permite pensar en lo que es y en lo que pudo haber sido desde la imaginación, desde la pura especulación.

Quería empezar poniendo en diálogo Dónde puedo dejarlo con En voz baja, su primera novela.

Sí, diría incluso que hay una relación entre esa primera novela, En voz baja, y los otros libros que vinieron después, pero no es algo que yo me propusiera. Todos ellos, de una manera u otra, intentan observar los vaivenes entre la intimidad y la historia colectiva, porque los quiebres sociales y políticos tienen siempre un correlato puertas adentro, en la intimidad y en los afectos. Mis novelas abordan lo político desde lo afectivo, buscan observar lo micro, lo que está bajo la superficie, detrás de los grandes hechos y de los grandes relatos. Como me dijo en una ocasión una editora a la que quiero mucho, yo escribo de las mierditas del día a día.

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De hecho, Dónde puedo dejarlo es, ante todo, una novela sobre la amistad y sobre la perduración de una amistad a pesar de la ausencia de una de las dos amigas.

Porque, en realidad, la ausencia de una de las dos amigas puede ser extrapolada a otros contextos. Evidentemente, en la novela su ausencia obedece a un contexto concreto, pero lo que a mí me interesaba observar era cómo ese vínculo de amistad perdura en el tiempo y perdura en gran parte gracias a la especulación, a la conjetura y a la imaginación de qué es lo sucede, de qué hubiera sido, si las cosas hubieran sido diferentes…

Tanto en A voz baja como aquí, está el tema de la imposibilidad de hablar de ciertas cosas, de la imposibilidad de contar.

El silencio tiene muchas capas. Porque, por una parte, puede ser una pulsión desde afuera, una interrupción del discurso que se impone y que obliga a callarse. Por otra parte, el silencio es también una herramienta, es aquello que permite que perdure la amistad, en el sentido en que es el secreto que une a las dos amigas. Es un secreto con un trasfondo, ciertamente, político, pero este silencio el que permite que la amistad sobreviva. La novela intenta darle un espacio a la ausencia y, por tanto, también un espacio al silencio para, a partir de ahí, indagar en la fuerza que puede tener la ausencia a la hora de crear un mundo posible, otra realidad posible.

La ausencia se vuelve una especie de presencia. Y, en cierta manera, es lo que sucede en países como Argentina o Chile, que conviven con la figura del desaparecido y, por tanto, del que ya no está y del que no se sabe nada.

Yo buscaba darle agencia a la ausencia, una agencia que tienen los desaparecidos por la dictadura. Los militantes políticos, los represaliados… hablamos de sociedades, como es la chilena, que viven desde hace décadas con la presencia constante del ausente. Por esto, mi novela tiene un tono algo fantasmal, porque en Chile convivimos con la constante carga de los desaparecidos, personas de las que no se sabe nada, de las que no ha quedado nada. No hay ni tan siquiera un cuerpo al que podemos ofrecer una ofrenda. Están en una especie de limbo.

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Alejandra Costamagna LUIS MIGUEL AÑÓN

Y, pensando en Agustín, personaje de El sistema del tacto, ¿la palabra es la herramienta para colmar la ausencia?

Tanto en El sistema del tacto como aquí, los personajes sufren del desarraigo. En el sistema del tacto, hay un desarraigo geográfico, mientras que en Dónde puedo dejarlo los personajes no se encuentran, no sienten una verdadera pertenencia. Por esto, Mara y Manu se proyectan la una en la otra, es una forma de encontrarse, aunque ambas hayan tomado caminos completamente distintos. Siguiendo, en parte, lo que comenta Maria Sonia Cristoff, me interesaba pensar la amistad desde el lugar de la conspiración y no de lo inocente o de lo romantizado.

Creo que en la amistad entre mujeres ha habido algo de conspiración como forma de hacer escuchar su voz cuando esta estaba silenciada en el discurso público. Pensemos, por ejemplo, en los abanicos y en el lenguaje que escondías. Quería abordar el vínculo de la amistad desde aquí, un vinculo que es también de amor, es decir, de complicidad y de afecto. Y señalo esto porque se mencionan los afectos oficiales suele dejarse fuera la amistad o considerarla un afecto secundario. Y no es así. Además, lo más interesante de la amistad es que no hay ninguna institución que la regule y la sustente; por esto, la amistad es una relación llena de libertad y fuerza.

Mara ha optado por la militancia, ha optado por no acomodarse a una democracia que viene directamente de la dictadura y que no es lo que se esperaba.

Cierto y esto me permitía observar lo erróneo que es romantizar las amistades, porque, muchas veces, las amistades existen, a pesar de que cada persona tome un camino distinto. De ahí que Mara y Manu se reflejan la una en la otra, pero el espejo que son la una para la otra es un espejo roto, quebrado. Cada quiebre representa las diferencias que hay entre ellas, los caminos posibles por los cuales cada una de ella decidido transitar.

Y son también los caminos que se han dejado de tomar: de ahí las fisuras que ve Mara en la fachada de La moneda: lo que puedo ser y no fue.

Totalmente. Manu habita en el inmediato presente, mientras que Mara, desde su ausencia, se ha sustraído del tiempo, ha dejado de vivir en el presente de su amiga. De ahí las conjeturas de la que hablábamos antes: Mara habita, al menos para Manu, en el tiempo del condicional, en el tiempo del podría ser, del podría haber sido y del podrá ser en el futuro. El de Mara es un tiempo quebrado que me imaginaba encarnado en esa cascada en Oaxaca que está petrificada. Tú que acercas al torrente, ves el torrente, pero este está petrificado y, por tanto, detenido en el tiempo.

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Mara y Manu representan a una generación que empezó a ser adulta con la democracia y con las decepciones por ese nuevo Chile que no era el que se esperaba.

Ellas representan esos personajes secundarios a los que se ha prestado poca atención. Ellas son esa generación que fue niña durante la dictadura y, por lo tanto, crecieron con una cicatriz, pero sin herida, porque la herida y el protagonismo se lo llevó la generación anterior, sus padres, que vivieron la llegada de la dictadura y vivieron la dictadura con la consciencia de un adulto. Pero es ya el momento de que estos personajes secundarios comiencen a adquirir protagonismo dentro del relato y a convertirse en personajes principales de la historia. Además, hay que decir que los años noventa se han narrado poco, en cuando se ha considerado como un tiempo clausurado, el tiempo de nuestra transición democrática. Sin embargo, esos primeros años noventa son importantes porque es el momento en que la institucionalidad heredada de la dictadura se renombra para dar lugar, en la medida de lo posible, a la democracia y lo hace a través de mucho silenciamiento.

Decir “en la medida de lo posible” es muy significativo.

Porque fue así. De hecho, se decía incluso que se haría justicia solo “en la medida de lo posible”. Pero era un oxímoron, porque o hay justicia o no la hay. Si bien es algo de este presente y que está teniendo lugar en muchos lugares, creo que todas esas cuestiones que, en términos de impunidad, no quedaron resueltas en Chile son las que han allanado el camino a la ultraderecha pinochetista.

En este sentido, la reivindicación de la imaginación que usted hace en la novela tiene un importante componente político.

Porque la imaginación implica el poder y la capacidad para construir algo nuevo. La imaginación implica poder pensar en un futuro posible y distinto. Y esto es lo más revolucionario que hay en este momento. Por esto, la imaginación siempre ha sido considerada por el poder como algo peligroso.

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A través de una serie de definiciones, usted aborda, además del silencio, una cuestión clave desde el siglo XX: la insuficiencia de la palabra a la hora de nombrar.

Ante la insuficiencia de la palabra, como autora exploro la posibilidad de encontrar una jerga para nombrar la ausencia, de encontrar una lengua para transmitir lo que no se puede transmitir. Las palabras son insuficientes, pero, al mismo tiempo, tiene mucha fuera a la hora de poder acallar o acoger significados. La pregunta que me planteo es cómo convertir las palabras en un espacio de acogida. Sin duda, es necesario sacarlas del diccionario, que se puede volver una especie de insectario, y moldearlas y resignificarlas. Solo así es posible pensar en una subversión del orden del discurso, solo así permitimos que las palabras construyan su propio relato.

Usted, como otros autores, pienso en Nona Fernández, por ejemplo, ha sido incluida en la llamada “generación de los hijos”.

Sí, somos una especie de comunidad que habitamos el mismo tiempo y que empezamos a escribir y a publicar más o menos en los mismos años. Cada cual tiene su registro y su universo propio, pero compartimos una conciencia común, una marca o, como decíamos antes, una misma cicatriz.

¿Ya se puede hablar de una generación de los nietos?

Es algo incipiente. Creo que la pulsión por desprenderse de la carga de ser hijo o nieto, de la carga de la genealogía ha hecho que resulte difícil hablar de una generación asentada de nietos. También es cierto que creo que los nietos escriben desde otra perspectiva, cuestionando la estructura económica del país y denunciando las consecuencias que ha tenido mantener un modelo neoliberal exacerbado. Pienso, por ejemplo, en Gabriela Alburquenque, en cuya novela, Aviso de demolición observamos precisamente esta precarización que no es sino herencia de la dictadura, convertida en laboratorio del modelo económico que tenemos ahora.