El escritor Josep Pla
Sesenta años de 'El quadern gris' de Josep Pla o el arte de observar las ruinas de uno mismo
El dietario del escritor ampurdanés, publicado en 1966 como primer volumen de las Obras Completas editadas por Destino, resultado de la reelaboración en la madurez de sus anotaciones de juventud, crea una máscara literaria para recuperar el tiempo de su vida, condensado en un libro que es alfa y omega de su aventura memorialística
“Uno no escribe bien sino aquello que no ha vivido”, esta frase de Rémy de Gourmont que Josep Pla cita al final de El quadern gris para comentar cómo Proust se había identificado con ella, hasta el punto de considerarla el resumen de su propia novela, ilustra la ambigüedad con la que el propio Pla jugó en ese diario de juventud que quiso convertir en el primer volumen de su Obra completa, publicado por Destino en 1966, hace ahora sesenta años. En el momento de su aparición, Pla era ya un escritor consagrado, un periodista veterano y reconocido, además de un narrador y un memorialista que había renovado de un modo radical la prosa catalana, alejándose de la pesada herencia lírica del noucentisme. Su firme adhesión al realismo, entendido como un proceso de fría instalación en su momento histórico, así como en la descripción de su paisaje natal y en el lúcido análisis de su sociedad, le llevó a formular una crítica a la literatura de imaginación parecida a la que Maquiavelo había realizado en su siglo. El exceso de imaginación, sostenía el italiano, corrompe a una sociedad porque distrae de la verdadera dimensión humana.
Como denunciaría Gabriel Ferrater en los años cincuenta a propósito de la literatura catalana, una auténtica cultura no debe estar basada en la poesía sino en la ciencia, cuyo principal vehículo es la prosa. La poesía puede ser la guinda, pero no la levadura. Es lo mismo que desde principios de siglo venía defendiendo Ortega contra Unamuno, la moral de la ciencia frente a la poética de las ultimidades. De las ideas de Maquiavelo nacieron las de Giordano Bruno y en definitiva las de Galileo, que es como decir la ciencia moderna. En principio, por tanto, Pla se creó una tradición hostil a la literatura de imaginación y partidaria de la observación que contaba en su árbol genealógico a Maquiavelo, Montaigne y los moralistas franceses, una literatura, como decía él mismo, para hombres hechos y derechos, emancipada tanto de la teología como de la metafísica, capaz de crear un individuo serio y restituirlo a su actividad cívica.
El joven reportero Josep Pla en París
Cuando se publicó, Pla presentó El quadern gris como una obra de juventud, un dietario de los años 1918 y 1919 en el que un aspirante a escritor, recién cumplida la mayoría de edad, da cuenta de su tiempo con una maestría ya patente. Desde hace décadas, sabemos que la obra es el resultado de una lenta reelaboración de un cuaderno de juventud de tapas grises que se amplió en otro de cubiertas rojas y finalmente en un manuscrito que el autor fue componiendo a lo largo de los años cuarenta y cincuenta, hasta cerrarlo en 1965. También sabemos que la recepción de la obra decepcionó considerablemente a Pla, que juzgó ridículas todas las lecturas que se hicieron. Según le escribió a su editor Vergés poco después de la publicación: “Casi todo lo que me ha dicho la gente del libro –dicho o escrito– mata de risa. Aún no me he encontrado a nadie que se haya hecho cargo de que el libro es inusual (en este país)”.
Cabe, de todos modos, achacar buena parte del malentendido al propio Pla, que durante tantos años se había esforzado en denostar la literatura de imaginación en favor de una poética de la observación, una distinción demasiado simplista y sospechosa que acabó por distorsionar la recepción de su principal obra. Cuando uno estudia la evolución de Pla enseguida descubre que en su genealogía también hay muchos y muy determinantes escritores de ficción, desde Ruyra en catalán hasta Baroja y Azorín en castellano. Pero quizá sea Proust el novelista que con más insistencia aparece en sus escritos, desde unos tempranos artículos de juventud hasta las referencias dispersas pero significativas en sus diarios de postguerra, justamente cuando trabajaba denodadamente en El quadern gris. Sabemos, por ejemplo, que en la década de 1960, Pla leyó con fruición la gran biografía de George D. Painter, especialmente interesada en cuestiones íntimas.
Retrato de Marcel Proust, realizado por el pintor Jacques-Émile Blanche en 1892.
Recordemos también la polémica de Proust contra Sainte-Beuve y su teoría sobre el fundamento biográfico de toda obra literaria. Proust defendió la autonomía del arte frente a su reducción a la experiencia subjetiva, una idea que pondría en práctica en su propia y torrencial novela, un simulacro de autobiografía que recoge y extenúa toda la gran tradición memorialística francesa, de Saint-Simon y el cardenal de Retz hasta Chateaubriand, para problematizar el enigma de la memoria de un modo inédito. Proust lleva a cabo un proceso de transmutación de su propia experiencia en un orden de realidad que renuncia a toda fidelidad factual con la intención, justamente, de construir un espacio de representación en el que su tiempo y su vida se truequen en metáfora proteica. Como decía Goethe, todo lo efímero no es sino metáfora y la única inmortalidad a la que los seres humanos podemos aspirar es a la serie de inagotables metamorfosis que nos ofrece el arte.
Cuando en los años cuarenta se sentó a reescribir y dar forma a su diario de juventud, Pla era un exiliado interior, desengañado de su propia apuesta ideológica, un periodista sin libertad de prensa que había sido testigo del fiasco de los grandes sueños políticos de su generación, desde el regeneracionismo hasta la Lliga de Cambó, la Segunda República y el alzamiento de Franco. Escondido en distintos rincones de la Costa Brava, sobre todo en La Escala, donde los bares podían abrir más allá del toque de queda oficial de las once gracias a la actividad pesquera, Pla trocó su antigua vita activa de periodista cosmopolita y partícipe del ágora, en una nueva y melancólica vita contemplativa de autor dispuesto a intentar salvar lo perdido a través de la escritura. A partir de entonces, toda su obra será su particular Recherche, incluidas las guías turísticas, en las que abundan pasajes donde se evoca el desaparecido mundo de su infancia y de su juventud.
Manuscrito de 'El Quadern gris', de Josep Pla
No es raro, por tanto, que Proust sea una sombra persistente en esos años, incluso una influencia ansiosa, por utilizar la expresión de Harold Bloom. El caso de Proust, además, sirve para demostrar hasta qué punto la ilusión de inmediatez entre experiencia y relato es falsa. No tenemos ningún instrumento lo suficientemente preciso para dar cuenta exacta de lo que uno vive. El propio lenguaje no es sino un sistema de símbolos –una técnica, propiamente– que en sí mismo prueba la inevitabilidad de la imaginación en nuestra relación con la realidad. No vemos lo que hay sino tan solo lo que podemos ver gracias a la representación que la literatura y el arte nos han proporcionado de ello. París es una ciudad real gracias sobre todo a su escenificación en la tradición que va de Baudelaire al propio Proust. En 1971, el pueblo de Illiers pasó a llamarse Illiers-Combray, reconocimiento tácito de que sin la invención de Proust la localidad no tendría apenas entidad. Si hoy podemos ver el Empordà es sobre todo merced a la labor artística que llevó a cabo Pla a lo largo de su obra en un difícil y esforzado proceso de encantamiento.
Toda autobiografía, ya sea en forma de memorias, diarios o cartas, supone siempre una autodicea, una justificación y aun una invención de uno mismo. Los antiguos hablaban de prosopopeya, literalmente crear una máscara, como las que llevaban los actores y que en Roma se llamó persona. No hay por tanto expresión autobiográfica sin máscara. Cuando Josep Pla escribió, a lo largo de la posguerra, El quadern gris, inventó al joven Josep Pla del diario, un aspirante a escritor que sin embargo ya escribe con una indudable maestría. El proceso por tanto no fue el de presentar al verdadero joven que él fue en aquellos años de epidemia y desganados estudios universitarios, inmediatamente anteriores a su diáspora como corresponsal europeo, sino el de crear una máscara que fuera capaz de recuperar el tiempo perdido en un libro que funcionara a su vez como el álgebra de toda su obra, alfa y omega de su monumental aventura memorialística.
'El quadern gris'
La minuciosa y calculada labor de ensamblaje que hizo con El quadern gris, disimulando bajo una entrada de diario lo que en realidad era un relato antes publicado en Coses vistes u otro material inédito guardado durante años, delata hasta qué punto Pla estaba en el fondo escribiendo una obra sobre la posguerra, justo además cuando se había hundido su utopía moralista de inocular sensatez a su época, de habérselas con la realidad en términos cívicos y racionales. Testigo implacable del siglo de la megamuerte, para decirlo con Valentí Puig, Pla, a la vez que recreaba el tiempo sagrado de su juventud, hablando de sí mismo y de su familia, de su pequeño país, de sus gentes y de su propio ingreso en la escena social y en la alta cultura, estaba a la vez dando cuenta de la aniquilación de todo ello durante su exilio interior.
Del mismo modo que Proust, al final de su novela, tras asistir al baile último de fantasmas y contemplar la decrepitud de todos los protagonistas de su pasado, decide encerrarse a escribir la novela que acabamos de terminar, Pla, en la última página de El quadern gris, anuncia su partida a París como corresponsal, inicio de la madurez intelectual que le permitirá escribir el libro que justo hemos terminado de leer, una obra de arte hecha con esa especial forma de imaginación que es la observación de las ruinas de uno mismo. Porque como dijo Proust en El tiempo recobrado: “La verdadera vida, la vida al fin descubierta y aclarada, la única vida, por tanto, plenamente vivida, es la literatura”.