Thomas Bernhard
El testamento de Bernhard
Se publica. de nuevo, la que fue su última novela, 'Maestros antiguos', la obra de un autor con un ritmo envolvente, obsesivo de la prosa, el ritornello de las frases y de las ideas también obsesivas, en armonía con el escenario de la acción, que a menudo es cerrado, limitado
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Se está comentando mucho, en la prensa cultural de estas últimas semanas, una nueva edición de la última novela que escribió Thomas Bernhard (1931-1989), que sale con motivo o excusa del cuadragésimo aniversario de su primera publicación, en 1985. Hablo de Maestros antiguos. El hecho de que fuese la última novela que escribió le da, claro es, un aire testamentario, como de legado.
Esta nueva edición sale en Cátedra, en la traducción clásica de Miguel Sáenz y con un ensayo introductorio y copioso aparato de notas a cargo del investigador y profesor Javier Aparicio Maydeu –e incluso lleva incorporado un álbum de fotografías del museo y el restaurante donde transcurre la acción--.
Portada de 'Maestros antiguos' de Berhardt
No la he comprado, porque conservo (como oro en paño) la primera edición de Alianza, de 1990 y en cuanto a la vida y literatura de Bernhard ya he leído los cinco libros de sus Relatos autobiográficos (Anagrama), tres o cuatro libros de entrevistas y además la biografía que le dedicó el mismo Sáenz. Me hago una idea. Pero para quien no conozca a Bernhard, desde luego que Maestros antiguos es una buena forma de entrar.
Ahí, en esa especie de involuntario testamento, está decantado del todo su estilo.
Locura y desesperación
Aunque es una novela muy conocida, resumiré en este párrafo la “trama” de Maestros antiguos: Réger, un crítico musical y musicólogo famoso que trabaja para The Times, lleva muchos años pasando varias horas, cada dos días, sentado en un banco frente al cuadro Retrato de un hombre de barba blanca de Tintoretto, en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Allí se reúne con él el narrador, que a lo largo de la novela va dando cuenta de las historias y pensamientos que le cuenta Réger.
Bernhard no es precisamente un maître à penser. Las ideas de sus personajes tienen su interés y su fundamento, claro está, cuando no son disparatadas y poco plausibles en su asomarse al abismo de la locura y la desesperación, pero no son lo que constituye el mayor interés de su escritura –salvo, diría yo, en el caso de El malogrado, a cuya idea central sobre el genio y la creación no he dejado de dar vueltas nunca, aunque sin llegar a ninguna conclusión--, como tampoco la trama, que suele ser mínima, sino el ritmo envolvente, obsesivo de la prosa, el ritornello de las frases y de las ideas también obsesivas, en armonía con el escenario de la acción, que a menudo es cerrado, limitado.
Thomas Bernhard en los años ochenta
Réger va al museo cada dos días, desde hace treinta años, con el objetivo de estar solo con sus pensamientos y de contemplar, sentado en un banco, una obra de arte en concreto, el Retrato de un hombre de barba blanca de Tintoretto. Pero no va admirar esa obra maestra de un maestro antiguo, va a otra cosa. A continuación reproduciré un párrafo que a la vez ilustra su proyecto y el estilo del autor. Están los dos personajes en el museo, ante el mencionado cuadro.
Defectos de la Humanidad
“No hay ningún cuadro perfecto, ni ningún libro perfecto, ni ninguna pieza musical acabada, dijo Réger, esa es la verdad, y esa verdad permite que una cabeza como mi cabeza, que sin embargo no es durante toda la vida más que una cabeza desesperada, siga existiendo. La cabeza tiene que ser una cabeza que busque, una cabeza que busque los defectos, los defectos de la Humanidad, una cabeza que busque los fracasos. La cabeza humana solo es realmente una cabeza humana cuando busca los defectos de la Humanidad. La cabeza humana no es una cabeza humana si no se pone en busca de los defectos de la Humanidad, dijo Réger. Una buena cabeza es una cabeza que busca los defectos de la Humanidad, y una cabeza extraordinaria es una cabeza que encuentra esos defectos de la Humanidad, y una cabeza genial es una cabeza que, después de haberlos encontrado, señala esos defectos encontrados, y, con todos los medios a su disposición, muestra esos defectos.” Etcétera.
De manera que el tipo no va al museo a admirar a los grandes artistas del pasado sino a encontrarles defectos, ya que, en su opinión, encontrarles los defectos es comprenderlos, y precisamente lo necesario no es admirar sino comprender.
¿Qué puedo decir de todo esto? Puedo decir, por ejemplo, que, si admirar ciegamente es propio de tontos, también buscar y encontrar defectos es la actividad preferida no de la “cabeza genial” sino de la más vulgar, su deporte preferido.
Puedo añadir, además, que esa idea, central en la meditación sobre la senectud y el desencanto que es Maestros antiguos, la expone, al fin y al cabo, un personaje, Réger, que a lo largo del libro emite ideas disparatadas y que está lo bastante desequilibrado para pasarse treinta años yendo a la misma sala del mismo museo.
¿Y tú, lector, qué opinas de todo esto? Si quieres contármelo, puedes escribirme a IgnacioVidalFolch@gmail.com