Vargas Llosa durante un acto académico

Vargas Llosa durante un acto académico RAE

Letras

Mario Vargas Llosa, biografía de una obra

El escritor peruano, Premio Nobel y uno de los últimos supervivientes del boom, se ha despedido de la ficción y del articulismo, tras hacer aportaciones fundamentales al género de la novela y a la literatura

5 febrero, 2024 19:00

Hay sucesos adheridos a los personajes célebres que, una vez asentados en la memoria colectiva, son ya imposibles de desgajar del artista, del escritor que hay detrás. En el caso de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) esto es especialmente evidente: para empezar por lo más cercano en el tiempo, su relación con Isabel Preysler y las candilejas de una vida social que, si no beligerantemente rechazada, le era extraña; más atrás, sus posturas políticas, el viraje desde la izquierda a un liberalismo a ultranza, incluida una breve entrada en política que lo llevó a la candidatura de la presidencia del Perú; siguiendo el curso inverso del tiempo, su relación con los otros autores del boom, y el no menos estridente y famoso puñetazo que propinó a Gabriel García Márquez durante una noche mexicana.

Pero los árboles de ese anecdotario, si uno se queda en la corteza, no dejan ver el bosque de una obra esplendente que, con los altibajos que se quiera (y, como suele ser común, más pronunciados y observables en cierto decaimiento narrativo en los últimos tiempos), constituye una de las más relevantes de la escrita en la prosa en  español del siglo XX, con prolongación en la de la actual centuria. Los hitos de esa obra son los que de forma cronológica van a comentarse aquí, no desde la perspectiva del especialista académico, sí desde la del lector que sostenidamente lo ha venido leyendo desde hace dos décadas.

Vargas Llosa en su juventud

Vargas Llosa en su juventud E.E.

Un balance de este tipo se hace más oportuno, si cabe (y como si la excelencia literaria requiriera de excusas para abordarla), a tenor de las últimas noticias propagadas por el propio Vargas Llosa: primero, el discreto anuncio de que abandonaba la escritura de ficción tras la novela aparecida en 2023, Le dedico mi silencio; luego, el publicitado desde El País, periódico en el que colaboraba quincenalmente, de que también abandonaba la escritura en prensa, de la que esa serie, Piedra de toque, fue una brillante y a menudo discutida muestra a lo largo de tres décadas (a la que hay que sumar un ejercicio continuado en diferentes medios de comunicación, y no únicamente escritos). Ya solo le queda, según confesión propia, ultimar un ensayo sobre Jean Paul Sartre, figura de gran importancia en su juventud y en la formación de sus ideas.

Centrémonos en la narrativa, aunque Vargas Llosa ha escrito también (y a veces interpretado) un buen puñado de obras de teatro. Además, ha publicado ensayos tan importantes como La verdad de las mentiras, o las memorias El pez en el agua. Consignar todos esos ríos afluentes será dedicarles un Amazonas de párrafo, para el que no hay aquí tiempo o corriente.

'Los jefes'

'Los jefes' JOSÉ GODARD EDITOR

El estreno del peruano (Arequipa, 1936) se produce a los veintitrés años de edad con Los jefes, una colección de cuentos con la que obtuvo el Premio Leopoldo Alas. De los seis relatos que lo componen, el más característico es el primero, que da título al libro. Ahí ya, un escenario al que volverá en el futuro: un colegio que, si no es, recuerda al Leoncio Prado en el que estudió él mismo. Se presentan aquí las relaciones entre los alumnos, con sus cabecillas y sus agrupaciones o bandas, sus desafíos, los enfrentamientos con los profesores, la rebeldía adolescente y el poder que humilla. 

Jóvenes son también los protagonistas de los otros cuentos, con excepción de los dos últimos, 'El visitante' (la crueldad policial en respuesta a un forajido no menos vesánico) y el extraño y un tanto fantasmagórico 'El abuelo'. Aún es una escritura convencional, aunque muestra desde el principio lo aguzado del autor para captar el habla de los otros y llevarla, sin que nada se pierda, a la página. Hay también aquí un personaje al que recuperará después: el sargento Lituma, que aparece por primera vez en 'El visitante' y reaparecerá, con mayor sustancia, en La Casa Verde. Levemente metamorfoseado, volverá en futuras obras (por ejemplo, el capítulo III de La tía Julia y el escribidor, con algunos flecos más avanzada la obra) y hasta tendrá una para él solo, Lituma en los Andes (1993), como veremos. 

'Lituma en los Andes'

'Lituma en los Andes' AUSTRAL

Pero el libro que lo consagraría fue la novela La ciudad y los perros (1963), ganadora del Premio Biblioteca Breve del año anterior. A la gran difusión que obtuvo contribuyó no solo el galardón, sino que este lo concediera la prestigiosa editorial Seix Barral, pilotada por un editor de primera, Carlos Barral, vigor e inteligencia, en la capital de la literatura hispanoamericana durante bastantes años: Barcelona. Una vez reducido el manuscrito constantemente reelaborado, y esquivado como se pudo el toro cornitonto de la censura, La ciudad y los perros ganó, por añadidura, el Premio de la Crítica el año siguiente.

Vargas llosa volcó aquí sus experiencias durante los dos cursos que estudió en el limeño Colegio Militar Leoncio Prado, y los perros del título alude al apodo de los cadetes de tercer año del citado colegio. Técnicamente, las historias de los protagonistas se entremezclan, recurriendo el autor al viejo recurso de la analepsis, que no es otra cosa que el moderno y cinematográfico flashback. Se ha dicho que los perros y los motes de muchos personajes, que reciben nombres de animales, convierten la novela en una jungla o un zoo. También las caracterizaciones contribuyen a ello, y es lícito recordar en este sentido el precedente de Leopoldo Alas, Clarín, en La Regenta, con toda su pajarería descriptiva. Brilla también Vargas Llosa en dibujar con mucha riqueza y variedad a los protagonistas, que componen juntos un reparto lleno de matices en esta novela de formación colectiva, grupal.

'La ciudad y los perros'

'La ciudad y los perros' RAE

1966 fue el año de publicación de La Casa Verde, novela muy ambiciosa. Ni por extensión ni por intencionalidad estilística, Vargas Llosa había hecho antes nada parecido. Son varias las tramas que se entretejen entre la ciudad siempre luchando con la arena de Piura y la localidad de Santa María de Nieva, entrada a la Amazonía, donde se presenta como escenario primero una misión de monjas (imagen fiel de lo que Vargas, o Varguitas, conoció río Marañón arriba en 1958). Probablemente sea su novela más ambiciosa en lo formal, con una red de argumentos y personajes, a lo largo de muchos años, que arrastran al lector y lo impiden pisar tierra firme (a ello contribuye además un exuberante y difícil, para el foráneo, vocabulario lleno de peruanismos). 

Hay que estar siempre alerta; y si alguien inquiere si merece la pena, la respuesta solamente puede ser afirmativa: es una prueba lectora de la que se sale enriquecido y que acredita a un escritor que, en la plenitud de sus facultades, se impone a sí mismo un tour de force impresionante. Este mérito fue reconocido por el jurado del Premio de la Crítica y en su primera convocatoria el Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que en su segunda edición obtendría García Márquez con Cien años de soledad.

'La casa verde'

'La casa verde' ALFAGUARA

Los cachorros es de 1967, y aquí de nuevo hallamos los protagonistas adolescentes, intercambiables con los de Los jefes y los de La ciudad y los perros, aunque en este caso la acción se desarrolla en un colegio religioso, donde comienza, hasta, en un arco temporal de bastantes años, llegar a los estudios universitarios y la edad adulta. Con menos alardes estilísticos que en La Casa Verde, se produce en estas páginas una excelente fusión del estilo directo e indirecto. En el siguiente fragmento, por ejemplo, intervienen hasta tres voces: “Sentadas a la cabecera de Cuéllar había dos señoras que nos dieron chocolates y se salieron al jardín, corazón, quédate conversando con tus amiguitos, se fumarían un cigarrillo y volverían, la del vestido blanco es mi mamá, la otra una tía.” Las personas del verbo también sufren una vorágine en la que de modo mareante todas parecen coincidir agolpándose en la frase con un continuo cambio de perspectiva (Vargas Llosa asimila a la perfección la lección de Faulkner). El personaje de Cuéllar tiene elementos en común con el de El Esclavo en La ciudad y los perros.

Sin renunciar a la complejidad (de hecho, quien la lea no sabe a qué carta atenerse hasta pasadas varias decenas de páginas), Conversación en La Catedral (1969) es la cumbre del narrador Vargas Llosa. A diferencia de lo que hizo Joyce, cuyo Finnegans Wake era un paso (o todo un viaje) más allá de Ulises, el arequipeño atempera la dificultad de su novela anterior La Casa Verde, aunque seguimos estando ante un monumento de la composición y un rigor insólito en lo formal. Como en La ciudad y los perros y en otras novelas que vendrán, la ciudad de Lima, con sus barrios elegantes Miraflores o San Isidro y los más sórdidos y desfavorecidos, es también protagonista de la trama, una historia en la que el padre del narrador mostrará su flanco más insospechado y débil y que no deja de asombrar y, pasado un tiempo, pedir la relectura, en la que gana peso la plasmación de la sociedad y la historia peruanas.

'Conversación en La Catedral'

'Conversación en La Catedral' ALFAGUARA

Pantaléon y las visitadoras (1973) se decanta por el humor (no frecuente en la literatura hispanoamericana hasta entonces, excepción hecha del mexicano Jorge Ibargüengoitia) y, en cierto modo, la sátira social de instituciones –militares, religiosas– en la que arraiga la hipocresía y la doblez. Pero lo bufo que tiene no puede eclipsar su alta calidad literaria y lo cuidado de su composición. El tema principal es la creación de un Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines. La audacia estilística de las narraciones telescópicas o vasos comunicantes, como en La Casa Verde, se entreveran con los memorandos o partes que el capitán Pantoja envía a sus superiores, sus sueños o pesadillas, las cartas que remite su esposa, noticias y comunicados de prensa, las emisiones radiofónicas de un periodista sin escrúpulos y los informes de diferentes oficiales de las Fuerzas Armadas peruanas, incluidos capellanes castrenses (y castrantes). 

Esta novela ha padecido dos adaptaciones cinematográficas, una de ellas infligida por el propio Vargas Llosa, en colaboración con José María Gutiérrez. Y es que, sin entrar en la calidad de esas cintas, es imposible trasladar a la gran pantalla la complejidad estilística de, pongamos por caso, en los capítulos VIII y X, portentosa fusión de diálogos como recortados de diferentes lugares y momentos para los que, si hay algún parecido fílmico, este sería el de un travelling tan vertiginoso como bien montado.

'La tía Julia y el escribidor'

'La tía Julia y el escribidor' ALFAGUARA

Ya de 1977 es La tía Julia y el Escribidor, cruce de memoria personal, de narración semi-autobiográfica, con ficción desternillante, pero también basada en algo que Vargas Llosa conoció, protagonizada por un creador (y actor) de radioteatros, Pedro Camacho, lleno de manías y pletórico de laboriosidad, que a la postre acabará mezclando tramas y personajes, metamorfoseando por descuido o reblandecimiento senil unos y otros, disparatando en algunas de las páginas más divertidas de Vargas Llosa, convertido en narrador de la peripecia radiofónica y de su primer matrimonio cuando apenas contaba dieciocho años. 

Camaleónico, el autor de La tía Julia y el escribidor da el do de pecho en el estilo a ratos ampuloso y cursi (huachafo en el habla peruana), con esas aposiciones y tics característicos de Camacho, cada vez más sumido en sus deslices, de los capítulos pares. Por el contrario, los impares son más sencillos. Unos y otros, por lo demás, derrochan generosas dosis de humor. Camacho, por otra parte, es una especie de Quijote enloquecido no ya por las novelas de caballerías leídas, sino por las radionovelas que escribe de manera industrial.

'La guerra del fin del mundo'

'La guerra del fin del mundo' ALFAGUARA

Un mastodonte de novela es La guerra del fin del mundo (1981), la más extensa de las suyas. Aquí el autor sale del Perú para dejar constancia de una singular campaña militar acaecida en el nordeste del Brasil, la guerra de Canudos, rozando su final el siglo XIX. La extensión no debe asustar: es una narración absorbente. Magnífico fresco histórico y social, épico, en la que los grandes acontecimientos no sepultan, al contrario, la individualidad de unos grandes personajes, sin ir más lejos el Antônio Conselheiro que recuerda, por su fervor religioso herético, al Hermano Francisco de Pantaleón y las visitadoras. Si no tan llamativo, el virtuosismo de la forma no es menos asombroso que en otras obras anteriores. Es la novela que Javier Cercas recomendaría a alguien que se quisiera adentrar en el terreno narrativo del peruano.

Nada despreciable, aunque la crítica literaria la haya mayormente soslayado por su raíz histórica y política, Historia de Mayta, es de 1984, año muy importante en el imaginario de ese trotskista que fue George Orwell. El peruano Alejandro Mayta fue también seguidor de Trotski, y su figura hubiera quedado seguramente en el olvido sin las pesquisas que ese libro despliega. Tiene una excelente reputación, sobre el asesino del disidente de Stalin al que admiraron Orwell y Mayta, la novela El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Padura. Esta de Vargas Llosa, montada como una investigación, no le va lo más mínimo a la zaga.

'Historia de Mayta'

'Historia de Mayta' ALFAGUARA

Entre los muchos premios que Vargas llosa ha recibido, ya sean lo que llegan sin mover un dedo (bueno, tenazmente los de escribir), ya aquellos a los que se presenta uno, se cuenta el de La Sonrisa Vertical. Lo obtuvo con Elogio de la madrastra (1988), donde la fantasía erótica se alza al precio de que la ambición artística descienda (todo relativamente, claro, porque Vargas Llosa es mucho Vargas Llosa). Los mismos personajes  vuelven a aparecer en Los cuadernos de don Rigoberto (1997), donde se hace alusión a los sucesos de Elogio de la madrastra y tiene también protagonismo el mundo del arte, el correlato de la pintura y lo que en ella acaece con los seres de carne y hueso, tridimensionales.

En La Fiesta del Chivo (2000) convergen dos tiempos: el actual (de entonces, finales del siglo XX) y el año 1961. Urania Cabral regresa a Santo Domingo (Ciudad Trujillo, como se llamaba cuando era ella apenas una muchacha). Dos personajes históricos son los protagonistas, el propio general Trujillo y Joaquín Balaguer, presidente de la República Dominicana, ambos sumidos en una red de intrigas que funcionan trepidantemente en la novela. Para muchos entre los que me encuentro La Fiesta del Chivo se trata de la mejor novela de la segunda época, ya de madurez personal (que la literaria siempre la tuvo), de Vargas Llosa. No solo por la cercanía geográfica, uno le encuentra similitudes con Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene, pero con más conspiraciones y vesanias

'La fiesta del Chivo'

'La fiesta del Chivo' ALFAGUARA

El paraíso en la otra esquina (2003) hace comparecer a Flora Tristán y a Paul Gauguin en los muy stevensonianos escenarios de los Mares del Sur, y su tema puede decir que es, como en otras obras suyas en mayor o menor medida, la utopía. Travesuras de la niña mala (2006), por su parte, es un baile en el que danzan, muy apretados, humor y amor, en una trama que comienza en 1950 y Lima, aunque también son otros más los escenarios, incluido el París al que el protagonista siempre soñó en irse a vivir.

Si en un principio la narrativa de nuestro autor limitó sus escenarios a Perú (ya fuera Lima, ya los muy diferentes territorios que van de lo desértico a lo selvático, El sueño del celta (2010) abunda en esa tendencia posterior de abrir sus novelas a otros ambientes. Vemos a su protagonista, Roger Casement, futuro héroe independentista irlandés vía el suministro de armas, en el Congo belga y luego en la Amazonía peruana, defendiendo a los indígenas frente a la explotación y los atropellos de unos y de otros. Esa tendencia a la libertad lo llevará al compromiso con la tierra de san Patricio y a una cárcel inglesa, antesala de su ejecución. El nacionalismo del protagonista (tendencia que Vargas Llosa nunca ha favorecido) queda salvado aquí por lo que pueda tener de deseo de liberación.

'El sueño del celta'

'El sueño del celta' ALFAGUARA

Y llegamos al libro en el que autor manifiesta su adiós al género. En Le dedico mi silencio (2023) se pliega de nuevo al terruño, a su Perú natal al que no ha dejado de volver en todos estos años (de hecho, ha pasado tiempo allí preparando esta novela). Su tema no es nuevo en él, pues la música criolla asoma con poderío en La Casa Verde o La tía Julia y el escribidor (a título de ejemplo, pues sería imposible no encontrarla en ambientaciones peruanas). Aquí constituye el eje de la narración, junto con el retrato del biógrafo de un guitarrista genial, sobre el que se establece una búsqueda literaria, una quête. Es una digna despedida, dulcificada la audaz tendencia experimental primera. No podemos someter a Vargas Llosa a la esclavitud de seguir escribiendo, pero hay algo más fácil, y justo, que podemos hacer: leer las invenciones suyas que aún no hayamos leído. O releer las cinco o seis obras maestras, que pacientemente esperan un segundo o tercer encuentro, allá en sus baldas.