La lectura y el sistema educativo / DANIEL ROSELL

La lectura y el sistema educativo / DANIEL ROSELL

Letras

La lectura en las aulas, instrucciones de uso

El punto crítico entre la lectura y los adolescentes se encuentra en secundaria, cuando éstos dejan de interesarse por los libros y prefieren la cultura digital para relacionarse

3 abril, 2023 19:30

La escuela ha estado unida a la lectura desde su origen. Los pedagogos, esclavos de los nobles griegos, eran analfabetos, pero conducían de la mano a los hijos de sus amos hacia la puerta de entrada a la lectura. La institución escolar parece hacer sido creada para lograr esa conversión. La escuela es el lugar donde la lectura y la escritura se aprenden y se enseñan. La alfabetización ha sido el objetivo básico de los planes de estudio desde hace siglos. La adquisición de la competencia lectora otorga al alumno acceso al mundo literario y, a su vez, a cada una las materias del currículum. La ciencia, el pensamiento y la realidad misma tienen sus mismos cimientos del lenguaje. Dominarlo implica saber leer y hacerlo bien. En el mundo académico rige la ley de que si un alumno es un buen lector –habría que ponerse de acuerdo en qué significa esto–, podrá comprender mejor la vida y el mundo.

Crear el hábito de la lectura es un objetivo esencial de las leyes educativas y está vinculado estrechamente a los derechos a la educación y a la cultura, como recoge el Plan de Fomento de la Lectura, 2021-2024 del Ministerio de Cultura, donde se declara que leer no es un mero pasatiempo o una actividad docente subalterna de otras. Es curioso que la ley haga esta advertencia. De un tiempo a esta parte, se ha instalado en ciertos sectores sociales la sensación de que los jóvenes cada vez leen menos, no lo hacen como las generaciones previas o no leen los libros que deberían leer. Desde muchos ámbitos se cree que los alumnos han perdido el gusto por la literatura de verdad –los clásicos, las obras del canon, los libros serios–para pasarse el día enganchados a las pantallas de sus dispositivos móviles, dedicándose a labores digitales, narcisistas e indolentes. Se suele hacer responsable  a un sistema educativo –leyes, contenidos, profesores– que no sabría hacer frente a esta cuestión.

La lección de lectura, de Bernard Pothast

La lección de lectura, de Bernard Pothast

Los opinadores más pesimistas sostienen que la escuela se dedica a revisar a la baja las expectativas para contentar a alumnos y familias cada vez menos capaces de esforzarse a largo plazo. Los libros de texto de las editoriales rebajarían también su nivel para adaptarse a las circunstancias, sustituyendo los textos por ilustraciones,  aligerando la bibliografía los programas y convirtiendo obras y autores en lo que nunca han sido: ejemplos éticos de lo que políticamente se considera correcto. Por no hablar de los centros que deciden no utilizar libros de texto, dejando en manos de los profesores la labor de seleccionar y preparar las lecturas con fragmentos de textos de dudosa procedencia y que no se suelen pagar derechos de autor.  Los más apocalípticos añaden que el desinterés por la lectura obedece a un plan tramado desde las mesas de los más poderosos –no se sabe quiénes son ni dónde están– para que las clases populares no accedan al famoso ascensor social.

Por otro lado, están los integrados –optimistas, pedagogos de nuevo cuño, defensores de la LOMLOE, profesores jóvenes– que aseguran que el panorama no es tan negro y que el modelo anterior dejaba a muchos alumnos por el camino. Aquellos que asumen una bajada de nivel en aras de una menor tasa de suspensos y recuerdan que toda generación cree que la que le releva no iguala a la suya. ¿Cómo fijar una idea cabal de la cuestión? ¿Realmente los jóvenes leen ahora menos y peor que hace unos años? ¿Se consume menos literatura? ¿Existen diferencias entre los centros? ¿Cuál es la visión de los propios jóvenes, sean o no lectores habituales?

Madre lee con sus hijos (1836-1875), de Arthur Boyd Houghton

Madre lee con sus hijos (1836-1875), de Arthur Boyd Houghton

Lo primero que sorprende es que según los datos del informe Jóvenes y lectura de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez los libros leídos por habitante, el uso de las bibliotecas y la ventas en librerías suben, si bien España continúa por detrás de muchos países europeos o de Estados Unidos. Los buenos números son ciertos, pero tienen un amplio margen de mejora debido al retraso histórico heredado. La lectura fue en los tiempos de la Transición un rasgo de modernidad.

Ahora cuesta verla de esa manera. En los países avanzados cada vez resulta es difícil elevar estos indicadores porque ya parten de una situación cultural superior. Lo segundo que destaca es que, según el Estudio sobre Hábitos de Lectura y Compra de Libros publicado por la Federación de Gremios de Editores, son los más jóvenes los que leen más libros y con mayor frecuencia. También son los que consumen más cine, música, deportes y series. ¿En qué quedamos? El problema se detecta sobre todo en los jóvenes de entre los 13 y los 20 años. Ahí es donde la lectura entra en conflicto con otras actividades sociales, culturales o de consumo.

También debe diferenciarse la enseñanza y el dominio de la literatura de la lectura. Aquel alumno que, al ser preguntado si le gusta leer, responde con un rotundo no está mintiendo aunque, no sea consciente. Si atendemos a los datos de los estudios, los jóvenes del siglo XXI leen y escriben más que nunca en la historia de España. Muchas horas de cada día las pasan leyendo los mensajes de sus redes sociales, blogs, webs o cómics. Muchos de ellos –y sobre todo de ellas– leen y escriben en aplicaciones como Watpadd, una red social creada en Canadá que permite publicar y comentar libros. Acaso el problema radique más en qué leen, cómo escriben y qué connotaciones tiene la afición a la lectura.

Libros Wattpad

El sistema educativo parece funcionar bien en los primeros años. La mayor parte de las escuelas de primaria cuentan con un plan lector que combina actividades orales y textuales. Así lo confirma el número de lectores que nos encontramos en estas edades más tempranas. En las programaciones hay actividades de todo tipo: sesiones donde el profesor lee a los alumnos y clases de lectura individual. Suele existir un servicio de biblioteca en el propio centro o mediante acuerdos con las bibliotecas públicas locales. En muchos colegios se suele destinar de 20 a 30 minutos de lectura después del recreo. Es verdad que la utilidad de esta actividad depende tanto de la voluntad como de la iniciativa del docente responsable. El verbo leer no tolera el imperativo, decía Borges. Así que resulta imposible discernir si alguien está adentrándose al lado de Miguel Strogoff a los lomos de un caballo en la estepa rusa o durmiéndose en los laureles.

Parte del círculo virtuoso en favor de la lectura incluye las actividades ordinarias de las bibliotecas públicas dedicadas a familias con hijos en edad escolar –desde cuentacuentos a lecturas teatralizadas o con marionetas– y tienen un indudable éxito de público. Muchas editoriales dedicadas al libro infantil y juvenil son rentables y las librerías dedicadas a este género cada vez son más grandes. Los adolescentes que participan en estas actividades y ven leer a sus padres no desconocen el placer de leer. Sin embargo, cualquier predisposición negativa, la insuficiente adquisición de la competencia lectora u otros factores hace –especialmente a partir de los doce años– que la tendencia se tuerza. La capacidad de corrección de la educación secundaria existe, pero el acento ya no se sitúa en enseñar a leer, sino en usar la lectura para acceder a otras materias. Hay que diferenciar entre lo que propone el currículo, siempre optimista, y lo que después hace el docente, que es mucho menos de lo deseable.

Wattpad.

Así, el gran problema se detecta con el paso de los alumnos a Secundaria, en el tránsito hacia la adolescencia, un territorio fascinante y peligroso. Por regla general, la inmensa mayoría de alumnos tiene a esa edad un dispositivo móvil que le permite comunicarse e identificarse con otros, pero que también implica el abandono o la desvalorización de la lectura. La mayoría de adolescentes no aprecian la complejidad y diversidad de las obras literarias ni los beneficios para la memoria o la imaginación que producen los libros. Buena parte de estos adolescentes ven la lectura como una actividad tranquila, que relaja y aísla. Ahí donde radica el quid de la cuestión. La necesidad de identificación con el grupo a estas edades es intensa. Hay ganas de aventura y de vivir nuevas experiencias. La lectura es una actividad personal, íntima y solitaria.

De eso huyen muchos alumnos, que sitúan su principal interés en el ámbito del consumo digital. En sus conversaciones habituales desaparecen los libros y aparecen los deportes, las redes sociales o las series, actividades que les permiten sentirse integrados en un grupo. De ahí el éxito de las sagas o los best-sellers, que sí pueden recomendar o comentar, al contrario de lo que sucede con las lecturas prescritas para el curso escolar. En la asignatura de lengua se prescinde del acercamiento histórico a libros y escritores. A la hora de leer, esta opción tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Tan cierto es que la mera acumulación de datos biográficos sin lectura de nada sirven como que el contexto, la historia o las circunstancias de un libro puede ayudar a los alumnos a descubrir su contenido. La fragmentación de la experiencia lectora impide por tanto la existencia de un acervo literario o cultural común. Existe el riesgo de que los jóvenes perciban la lectura como una actividad difícil y solitaria. Aburrida, en definitiva.

LOGO CL 2022 Borde Blanco 2000 2000

La competencia de otras ofertas de ocio, más accesibles y rápidas, es tan poderoso que apenas si queda el tiempo necesario para leer. Muchos jóvenes lectores, sin embargo, todavía transitan por los libros con pasión y sin excesivos prejuicios, combinando los libros en formato clásico con los digitales y las redes sociales, donde suben fotos de las portadas de sus títulos favoritos, que leen de verdad y a fondo. Con frecuencia combinan géneros considerados ligeroschik-lit, fan-fiction– con clásicos sin excesivo cargo de conciencia. Tanto vale J.K Rowling como Charlotte Brönte. Ellos son la resistencia. ¿Cuál es entonces la solución?

Algunos docentes creen que lo mejor es no hacer nada. Ni campañas, ni planes, ni seducir a los jóvenes: los que tengan que leer ya leerán y los que no, nunca lo harán. El problema es que quedarse parado ya supone perder. O no librar la batalla de la lectura. Las soluciones distan de ser sencillas. Requieren esfuerzo, dinero e imaginación. Y superar el habitual debate educativo entre aquellos que  opinan que hay que volver a los manuales de antaño, con fechas y nombres, y quienes se inclinan por abandonar toda esperanza y explicar literatura con vídeos y documentales. Una de las tácticas más sencillas para incentivar a los alumnos a la lectura puede ser incluir tebeos, cómics y novelas gráficas –si es que no son lo mismo– en los planes de Secundaria sin menospreciar estos géneros, que no son una introducción a la literatura, sino obras que han obtenido premios tan importantes como el Pulitzer o el Bookers. 

Pueden prescribirse al alumnado no sólo en las clases de lengua, sino en matemáticas o en biología. Las redes sociales también pueden ser un aliado del docente si se incluyen en las aulas no como fin, sino como lo que son: herramientas capaces de diluir la percepción de la lectura entre los adolescentes como una actividad pesada y solitaria. Las lecturas de clase pueden compartirse a través de ellas. Los personajes de las novelas pueden aparecer en las biografías de Instagram, en videos de Youtube o en las historias de Tik Tok que crean los propios alumnos. Después están los booktubers, lectores como David Pérez Vega, que congrega a decenas de miles de espectadores en su Bienvenido, Bob. Puede hablarse de literatura, como dice Vila-Matas, como se habla de fútbol. Con pasión y sin miedo a equivocarse.

Lectura Aula

Si queremos que los jóvenes amen la lectura –no solo obligarlos a leer– los profesores debemos transmitir experiencias y trabajar con la lógica de las comunidades digitales. La lectura es una actividad que tiene que ver con lo intelectual pero que no es ajena al humor ni al espíritu del juego. Para eso también pueden ayudar la bibliotecas, que más que como aulas de apoyo o un lugar donde hacer deberes, pueden convertirse –ocurre en los países anglosajones– en el epicentro de la actividad docente y un espacio desde donde impulsar –si es posible on-lineencuentros de lectores.

El fenómeno de aplicaciones como Wattpad –muchas editoriales venden sus títulos con gran éxito– es una muestra de cómo una plataforma social puede funcionar como un escaparate de textos escritos por jóvenes, que pueden empezar así a percibir la importancia de la  ortografía o los rasgos de calidad de un texto al tiempo que se comunican tanto con amigos cercanos como con otros lectores desconocidos. No hay que abandonar la lectura de los clásicos ni presentar la lectura como una actividad hedonista o frívola. Lo deseable es combinar las lecturas más cercanas a los gustos y creencias de los alumnos –que pueden leer por su cuenta– con una selección de valores literarios seguros, acompañándolos paso a paso en el proceso de lectura. Dedicando horas de clase a leerlos con ellos. Explicando su humor, los juegos de palabras y su contexto. Tratando de traer a los autores universales al presente. La lectura puede ser una llamada irresistible a la aventura de lo desconocido.