Imagen de la portada de 'Lejos de Kakania', Carlos Pardo / PERIFÉRICA

Imagen de la portada de 'Lejos de Kakania', Carlos Pardo / PERIFÉRICA

Letras

Poetas lejos de Kakania

La tercera novela de Carlos Pardo, 'Lejos de Kakania', editada por Periférica, retrata a una generación de poetas que no sólo no se reconoce como tal sino que se detesta

29 enero, 2020 00:00

La vida es así: desordenada, rutinaria, azarosa. Se supone, o al menos es un lugar común, que la literatura la ordena. Pero eso no siempre sucede en Lejos de Kakania (Periférica) porque, como cuenta su protagonista (el autor, Carlos Pardo, o el que fue el autor durante el tiempo contado) “una cosa es la poesía y otra la sociología”. Hay en esta novela un intensa poiesis (poética) como fuente de una narración que funciona igual que la vida: a impulsos, que salta de la lentitud del instante a las elipsis sin que el ritmo narrativo lo sufra y, aún menos, el carácter de la historia.  

¿Conocen esos jerséis caros, de angorina, que no pesan nada? Casi olvidas que los llevas puestos, de tan ligeros que son, pero cuando te los quitas queda flotando en el ambiente, en tu piel, y hasta en la orilla de la nariz, una fina pelusa que se ha quedado adherida y que tardarás días en descubrir. Pues eso es lo que ocurre con Lejos de Kakania, una historia que se te queda prendida y andas kakaniando días después de haber llegado a su final. Carlos, el personaje que habita en este libro-viaje, se parece al lector, a veces, y en otras ocasiones a alguien que el lector ha tratado o conocido. Tanto, que llega a enervarse y a gritar: ¡Espabila! Será porque, en este caso, quien lo lee tiene más años que el narrador y sabe que el tiempo, más que fugit, corre que se las pela. 

Vayamos a la historia: Carlos es un poeta (hay seis capítulos/cantos de poemas que por sí solos justifican el libro, magníficos, hondos, inteligentes) que vive con su madre después de una vida de estudiante que le ha llevado a Granada y Córdoba. O quizás deberíamos decir que vive contra su madre y su hermano, especímenes ambos de aquellos raros a los que, a pesar de todo, no se logra odiar y se aman de esa manera extraña, como amamos a la familia. Será la fuerza de la sangre o la maldición que tan exactamente definió Engels. Y no citamos al filósofo revolucionario en vano porque Carlos fue, o ha sido, o anda siendo, marxista entre sus muchas identidades de joven desconcertado, amante fijo-discontinuo y pertinaz amigo de sus amigos, sobre todo de su antagonista, Virgilio, del que tiene que alejarse de cuando en vez para poder añorarlo.

El escritor Carlos Pardo

El escritor Carlos Pardo

La amistad entre ambos recorre el libro como el viejo fantasma marxista recorría la Europa del XIX, igual que el viaje a Kakania que los dos emprendieron un día (ya desde entonces serán Raktar y Takar, nombres húngaros no exentos de retranca). El imperio fabulado de Robert Musil es la ruta de ese otro viaje inevitable que es crecer, mudar de ciudad, cambiar de amores, de casas y de piel. Somos quienes queremos ser a los ojos del otro, de los otros y, cumpliendo esta máxima, el autor lleva al personaje a la tarea de construirse con sus novias, sus amigos y una controversia interior que le hace deambular sobre sí mismo para reconocerse en el espejo de la poesía. Carlos es poeta (autor y personaje lo son) y, calendarios aparte –al final del poema estaré yo– versifica, que es el ejercicio más difícil y más honesto que puede hacerse en literatura.

Las generaciones literarias no se reconocen mientras existen, incluso se detestan porque carecen de la perspectiva que adorna a los muertos y a los supervivientes. El grupo de amigos, compañeros de piso o de aula que acompañan al protagonista forma una generación que cumple tal rito: no se reconoce más que en sus fobias y en alguna tibia filia. Ante el lector desfilan algunos de los más notables escritores de nuestro presente: Luis Antonio Villena o el adalid de la otra sentimentalidad Luis García Montero, seres reales pero también referenciales, asideros de una identidad a la que marcan más las palabras que los hechos y que vive en y para los libros porque saberse fuera del halo protector de la literatura es similar a la precariedad laboral y la pobreza que los rodea. Svevo y Musil conviviendo con la comida rápida, el tomate Apis, el hachís, las setas alucinógenas, las camas sin hacer (y sin sábanas limpias) y las musculadas piernas del ya no tan joven poeta Pablo García Casado.
 
Si las familias felices se parecen, al decir de Tolstói, las familias desestructuradas (hijos de la ley del divorcio, los segundos matrimonios y los hermanos a medias) guardan también una similitud aunque los aludidos crean que su desgracia es única. La novela es una crónica de los años del pelotazo, la burbuja inmobiliaria, el euro-optimismo y aquello de la arruga es bella, pero contada por los vástagos de esa generación, con una mezcla letal de aburrimiento y escepticismo. ¿En que creemos cuando nos falta la fe? Carlos y Virgilio, en la poesía; Paz, Olaya o MJ, en la pareja (el amor, esa cosa de chicas); y el mundo en general en el Sálvese quien pueda, sin más horizonte que el de mañana por la mañana, y eso los menos pesimistas.    

Es curioso que, abundante en autores y en versos propios, no aparezca en las casi medio millar de páginas de este libro un poema y un poeta al que el lector, imbuido por la atmósfera de esta novela tan sincera, no puede evitar evocar. Cernuda:Con hombres como tú el comercio sería/Cosa leve y tan pura que, sin sudor ni sangre/De ninguno comprada, dejaría a la tierra/Intactos sus veneros”. Carlos Pardo, que, como su trasunto literario, debutó muy joven y con éxito como poeta, cierra con esta novela una trilogía autobiográfica (tras Vida de Pablo y El viaje a pie de Johann Sebastian) que trasciende la propia experiencia vivida y transita por la creación, la filosofía y hasta por la publicidad que –creemos– forma parte de nuestra vida. Lejos de Kakania quedan la certeza de las trampas de los relojes biológicos, los afectos heredados y hasta escogidos, la soledad de una familia numerosa, la inteligencia como carga y salvavidas al mismo tiempo. Y sobre todo queda la maldición de los poetas: “Llegar tarde. Escribir como si todo el mundo, incluido uno mismo, hubiera muerto”.