Portada de ´Elogio de la literatura. Obras paralelas´

Portada de ´Elogio de la literatura. Obras paralelas´ Akal

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Santiago Alba Rico, o la fiesta de la literatura

´Elogio de la literatura. Obras paralelas´, una apuesta por la relectura pausada y placentera de los clásicos para rescatarnos del economicismo actual que nos deshumaniza

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Akal publica Elogio de la literatura. Obras paralelas, de Santiago Alba Rico, un diamante escrito de grandes dimensiones, brillos diversos y de aroma inequívocamente montaignesco. El autor cuenta que ha tardado tres buenos años en redactarlo.

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Ya van siendo muchos los lugares en los que voy diciendo que me parece que nuestra novela avanza algo coja, o directamente retrocede, pero que, en cambio, me parece que nuestro ensayo crece y se reproduce a pasos agigantados, y que esto es una buena noticia para la restauración de la salud pública en general, atenazada por un excesivo estrés político y coacciones inmediatistas.

La propuesta del autor, tras un largo prólogo de Germán Labrador, es original sin dejar de referirse a formas clásicas, concretamente, y de forma explícita, a Plutarco. Santiago Alba Rico presenta parejas de obras unidas a su total antojo, y trenzadas a través de temas que se van convirtiendo en lugares de tránsito frecuente por las abundantes páginas del libro.

Franz Kafka queda hermanado con los inquietantes cuentos de Beatrix Potter; Tintín en el Tíbet de Hergé con Moby Dick, de Melville; El idiota, de Dostoyevski con Las aventuras del buen soldado Svejk, de Hasek; Los papeles del club Pickwick, de Dickens y Don Quijote de la Mancha, de Cervantes; El corazón es un cazador solitario de McCullers y Frankenstein de Mary Shelley; Orgullo y prejuicio de Jane Austen y En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

Los arquetipos dominantes

¿Pero adónde retrocede nuestra narrativa? Más allá del tópico manriqueño, urge que salgamos de la actual fase antiorwelliana y empecemos a olvidarnos de la falsa narrativa neomoralista, y aquí es donde el filósofo Santiago Alba Rico, desde una posición irónica y despreocupada, sin rigideces, nos advierte sobre la falta de autonomía estética actual, de la sumisión de nuestra narrativa al control partidista, que no político.

Este es el verdadero tono del Humanismo, la voz discreta pero incisiva de la tolerancia y el antidogmatismo enfrentándose a los grandes temas de hoy y de siempre: el tiempo, el heroísmo, la mediocridad, la estupidez, el humor, el poder, los monstruos, la aventura y la posibilidad de una vida buena.

De todos esos doce autores extrae abundante jugo filosófico, de un modo desenfadado e incluso a veces desinhibido: “Hay un Proust “fenomenológico”, otro “impresionista”, otro “hermenéutico”, otro “leibniziano”, otro “psicoanalítico” y otro, claro, “bergsoniano”. Todos son legítimos.

Ahora bien, lo que a mí me ha interesado subrayar aquí es el modo estrictamente literario en que Proust, a través de procedimientos inéditos (y de frases imposibles que atraviesan varios continentes y enhebra en sucesivas flexiones y meandros varias razas, climas y países antes de cerrarse de nuevo sobre sí mismas), el modo —digo— en que Proust es capaz de reproducir las lentas ondulaciones de la duración misma, y ello de tal manera que, precisamente por eso, logra sostener más tiempo las cosas en el espacio. Así opera felizmente, rizomáticamente, esta mente alegre que nos acompaña por su propio viaje vital a través de la lectura, a través de su propio yo deambulante.

Alba Rico entre sus autores

Y entre bromas y veras el ensayista va trenzándose también a sí mismo con la biografía de los autores que recupera y en los que se baña: “Así que en 1977 yo era tan ruso contra España que probablemente era mucho más español que hoy. Era, sin saberlo, un nihilista del siglo XIX, y por eso encontraba en la literatura rusa lo que no buscaba en la española; y por eso me podía fascinar allí lo que me repugnaba aquí. Claro que a los diecisiete años, más que el pensamiento de Dostoievski, cuyo linaje no sabía aún identificar, lo que me sacudía era su biografía.”

Cualquier detalle, cualquier personaje o significado oculto puede servir para desarrollar en este libro amplios trayectos filosóficos, como por ejemplo cuando compara la neutralidad anímica de Tintín con el destino griego y oscuro del capitán Ahab:

“Por un lado, la libertad se muestra completamente indiferente, tal y como exige la ley moral kantiana, a la propia felicidad. Lo señalábamos en Tintín, dispuesto a jugarse la vida, sin atender ni a razones ni a tentaciones, con tal de salvar a Tchang. Lo observamos asimismo en Ahab, decidido a renunciar a todo lo que más quiere con tal de matar a la ballena blanca. (…) Ahab puede sentir verdadera nostalgia de su mujer y de su hijo —a los que realmente ama— y de los placeres verdaderos de la vida terrestre –que realmente añora-, pero la regla, la conciencia, el engendro autónomo que lo dominan exigen el sacrificio de su propia felicidad”.

También Kafka era un hombre poseído por una religión externa, un hombre entregado a la pulsión que lo iba a destruir:

“Kafka fue un hombre sin experiencias: un hombre que se resistió siempre a las experiencias porque las juzgaba enemigas, distractivas y, si se quiere, fraudulentas; y que sacó su obra entera de la nada que previamente había construido, como un faquir, en torno a su cuerpo.” Y entre paradojas y parábolas va avanzando este libro oceánico lleno de pequeños hallazgos: “Creo, como Chesterton, que los mundos pequeños son los únicos inabarcables. Creo en lo que se puede traducir. Creo en la traducción entre intraducibles”.

Lecturas rápidas y economizadoras

Lo hace el autor explicando anécdotas de su propia biografía, subrayando el valor humano de las historias que nos mantienen vivos. Nos explica de qué modo el economicismo actual ha conseguido deshumanizarnos, aislándonos los unos de los otros, impidiéndonos el acceso a la sabiduría de las narrativas que nos definen y sostienen en un universo desertizado y áspero.

Y a cambio nos ha entregado un sucedáneo moralista de muy dudosa calidad. En tiempos de cierta mezquindad, con un mercado saturado de pseudolibros-sermón, esta generosidad torrencial, esta apuesta por la relectura pausada y placentera de clásicos resulta una herejía esperanzadora. La secta de lectores posesos no grita mucho en las redes, pero existe y se consolida como una alternativa vital al aceleracionismo autodestructivo. Solo nos queda celebrar este gran libro de Santiago Alba Rico dedicado a grandes libros y a las inquietudes contemporáneas que se propone expulsar o exorcizar. Bravo.