Fotografía de 'La bola negra'

Fotografía de 'La bola negra' Movistar Plus y Suma Content

Cine & Teatro

'La bola negra', variaciones lorquianas y epopeya queer

Los Javis retoman el legado inacabado de Lorca: un relato poético, erótico y complejo, de apabullante fuerza visual, que da voz a quienes fueron silenciados

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Cuando fue asesinado en agosto de 1936, Federico García Lorca dejó varios manuscritos inéditos —los Sonetos del amor oscuro, la pieza teatral El público…— y proyectos inacabados. Entre estos últimos estaba el esbozo de obra de teatro titulada La bola negra. Se conservan solo cuatro hojas de su puño y letra. En esta obra que no llegó a escribir, el poeta tenía la intención de abordar de manera frontal la homofobia.

El argumento era este: Carlos, un joven de buena familia, se postula para ser admitido en el casino de los señoritos de Granada. La junta vota si admite o no al nuevo socio con un sistema de bolas blancas y negras. Ganan por mayoría las negras, lo cual significa que ha sido rechazado, porque se rumorea que es homosexual.

En 2015 se estrenó con enorme éxito en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero de Madrid La piedra oscura del dramaturgo Alberto Conejero. Es una pieza de cámara para dos actores, a los que se suma una voz en off en los interludios. Los protagonistas son un prisionero republicano, herido en el frente cántabro, al que van a fusilar, y el jovencísimo soldado franquista que lo vigila.

El custodio de Lorca

Conforme avanza la conversación entre ellos, el espectador descubre que el prisionero es Rafael Rodríguez Rapún, futbolista, estudiante de ingeniería y secretario de La Barraca, que fue uno de los grandes amores de Lorca en los años treinta. Conejero imagina en la obra que el poeta le confió a este amante la custodia de sus manuscritos inéditos.

En realidad, a quien se los confió fue al crítico Rafael Martínez Nadal, que fue quien años después sacó a la luz El público. Aunque el propio Martínez Nadal contó en alguna entrevista que le constaba que existían dos versiones de esa pieza, la manuscrita que se le entregó a él y otra pasada a máquina, que nunca se ha encontrado. La persona que la transcribió pudo ser Rodríguez Rapún.

Eso permite a Conejero imaginarlo como el custodio de los inéditos lorquianos. Consciente de que lo van a matar, le pide a Sebastián, el soldado franquista, que recupere esos papeles, entre los que estaría La bola negra —que en la obra se llama La piedra oscura—, supuestamente completa.

No es la única licencia que se toma el dramaturgo: Rafael Rodríguez Rapún fue, en efecto, herido en combate en el frente cántabro; se contaba que mostró una valentía rayana en lo suicida, acaso por la culpabilidad que sentía por no haber retenido a Lorca en Madrid, lo cual le habría salvado la vida. Sin embargo, el amante del poeta no murió fusilado por los nacionales, como se insinúa en el acto final, sino en un hospital, a causa de las heridas.

Llega ahora a los cines La bola negra, dirigida por Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi), en la que Alberto Conejero es coguionista. El punto de partida es su obra de teatro, pero la película va mucho más lejos y entrelaza tres tramas situadas en distintos marcos temporales (a las que se suma una cuarta, muy breve y rodada en blanco y negro para diferenciarla de las otras).

Cartel de la película 'La bola negra'

Cartel de la película 'La bola negra' Movistar Plus y Suma Content

El resultado es un largometraje de una ambición inaudita en el cine español, con una estructura compleja muy bien hilada y con una fuerza visual —poética, esperpéntica, erótica— apabullante.

Tres tramas hiladas

Las tres historias que se van alternando y entrelazando se sitúan en 1932, 1937 y 2017. La central es la que reformula la pieza teatral de Conejero, añadiendo más personajes (entre ellos, un general interpretado con suma eficacia y un acento catalán indisimulable por Albert Pla).

En la pantalla se hace mucho más explícito que sobre el escenario el vínculo homoerótico de los dos protagonistas, Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau) y Sebastián (un debutante y muy notable Guitarricadelafuente). Y se muestra de forma explícita y muy dramática el fusilamiento —que no existió— de Rodríguez Rapún.

Fotografía de 'La bola negra'

Fotografía de 'La bola negra' Movistar Plus y Suma Content

La trama de 1932 es la del joven Carlos (Milo Quifes) al que rechazan en el casino con las bolas negras. Esta historia —que deriva al final hacia una desbordante poética surrealista— imagina la obra que Lorca no llegó a escribir. Y lo que conecta ambos segmentos es el tercero, protagonizado por un obeso historiador gay (Carlos González).

Este personaje recibe la noticia de que su abuelo —al que no ha conocido, porque abandonó a su madre— ha fallecido y le ha dejado en herencia un sobre, que debe ir a buscar a un diminuto pueblo cántabro. Y ese sobre contiene, claro, el elemento que liga todas las historias.

Fotografía de 'La bola negra'

Fotografía de 'La bola negra' Movistar Plus y Suma Content

Por último, en las breves escenas en blanco y negro, aparece el propio Federico García Lorca (Alberto Cortés) en los momentos previos a abandonar Madrid, dos días antes del estallido de la guerra civil, con destino a Granada, donde le esperaba un destino aciago.

Manifiesto queer

La película se puede leer como una suerte de manifiesto queer que, a través de tres historias en tiempos diferentes, habla del recorrido que lleva de la represión a la tolerancia, del tabú a la libertad. Aunque en algunos momentos asoma la tendencia al didactismo y el subrayado de Los Javis, la propuesta está a años luz de esos panfletillos de brocha gorda que tanto abundan en el cine español.

Y si bien a algunos espectadores les podrá parecer excesivo el despliegue de imaginería homoerótica —la enorme escultura del San Sebastián asaetado, unos marineros que parecen sacados de un anuncio de colonia de Jean-Paul Gaultier, unos soldados desnudos en una playa…—, creo que está plenamente justificada en este largometraje.

Fotografía de 'La bola negra'

Fotografía de 'La bola negra' Movistar Plus y Suma Content

¿Qué no es muy realista la desinhibida camaradería homoerótica entre las tropas franquistas e italianas en el contexto de la España ultracatólica del bando nacional? Pues no, pero es que la pretensión no es hacer una crónica verista de la guerra civil, sino reivindicar el deseo homoerótico. Y el cinéfilo de pro reconocerá en esas escenas un homenaje a Beau Travail, la muy libre adaptación que hizo Claire Denis de Billy Budd de Melville, en la que la mirada de la cineasta proyecta su deseo sobre el cuerpo masculino.

Los Javis son estandartes del nuevo cine queer español apadrinado por Pedro Almodóvar, del que también forma parte el insufrible narcisista y pretencioso provocateur Eduardo Casanova.

Los Javis debutaron con tono de comedia con la serie Paquita Salas y el muy almodovariano largometraje La llamada, divertida tontería que mezclaba sin complejos el misticismo católico y el petardeo. Se pasaron al drama trans con toneladas de didactismo en la serie La veneno y demostraron ambición y tendencia al exceso barroco con otra serie, La mesías.

El petardeo de sus inicios desaparece por completo en La bola negra, y el barroquismo está debidamente apaciguado. Aunque asoma en el tono de esperpento valleinclanesco de algunas escenas de la guerra (ese cura sin piernas que ofrece las últimas confesiones a los condenados) y en las imágenes finales del episodio granadino, con la poética aparición de la nieve.

En esta película tan masculina hay cuatro presencias femeninas episódicas muy potentes. Penélope Cruz aparece en una escena como una cupletista que canta canciones picantes para entretener a las tropas franquistas y menciona a Edmond de Bries, figura histórica del transformismo que triunfó en el Madrid republicano.

Fotografía de 'La bola negra'

Fotografía de 'La bola negra' Movistar Plus y Suma Content

Glenn Close —chapurreando español— interpreta a una hispanista estadounidense experta en Lorca, en un papel trufado de bochornosos topicazos. Lola Dueñas hace de la desquiciada madre del historiador gay. Y por último, está la hermana de Carlos (Natalia de Molina), que en la trama granadina sirve para retratar la situación de la mujer en la España de la época, por mucha república que hubiera.

Tomando la figura de Federico García Lorca como icono gay y partiendo de la obra teatral de Conejero, Los Javis han armado una epopeya queer, un alegato contra la homofobia, que da voz a quienes fueron silenciados. En la escena final de la pieza de Conejero, Rafael Rodríguez Rapún dice: “Tuve tanto miedo, Sebastián, tanto miedo. Pero te encontré. Ahora alguien sabe quién fui. No voy a desaparecer. No del todo, ¿verdad?”