El escritor Juanpe Sánchez López

El escritor Juanpe Sánchez López Quique Arce

Letras

Juanpe Sánchez López: “Si lo que quieres es tener éxito, ser rico y no pagar impuestos, lo más probable es que seas una mierda de persona”

'Gran manual del fracaso': el libro que se pregunta por qué ese empeño en tener éxito y cómo podemos romper el palito recto con el que nos medimos

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Poeta y ensayista, Juanpe Sánchez López reivindica el fracaso en su nuevo trabajo: Gran manual del fracaso (Anagrama), un breve ensayo en el que plantea el fracaso como un gesto de contestación y de transgresión hacia las distintas formas de éxito fomentadas e, incluso, impuestas por esta sociedad del neocapitalismo.

Portada de 'Gran manual del fracaso', el último ensayo de Juanpe Sánchez López

Portada de 'Gran manual del fracaso', el último ensayo de Juanpe Sánchez López Anagrama

Fracasar es para Sánchez López no solo ir a la contra, sino dudar, seguir pensado, huir de toda afirmatividad acrítica. Quien haya leído su obra anterior —el ensayo Superemocional, su libro de diálogo con Berta García Faet, Escribo para que me quieran, o su poemario Desde las gradas—, encontrará en las páginas de Gran manual del fracaso algunos de los temas que han definido la escritura de Sánchez López hasta el momento: el cuerpo, las expectativas, la amistad y el amor.

Me da la impresión de que Gran manual del fracaso es una exploración de un tema, el fracaso, que en cierta medida ya aparecía en sus libros anteriores, como Superemocional o Escribo para que me quieran.

En mi opinión, todos mis libros están muy interconectados entre sí. Y, por lo que se refiere a Superemocional, este texto empieza con una frase que dice precisamente: “Todo está destinado a fracasar”. He de reconocer que el hecho de poner esta frase al inicio me dio más de un quebradero de cabeza porque conllevó que en más de una entrevista se me preguntara sobre el fracaso y yo, por entonces, no tenía un discurso todavía bien articulado sobre la cuestión.

Lo que sí tenía claro es que el concepto de la frustración era un tema que no solo me interesaba, sino que me dolía por cómo me relacionaba con él. De hecho, en el poemario Desde las gradas aparecía el palito recto como metáfora de corrección y de hacer lo que se espera; ahora, en Gran manual del fracaso, retomo esta metáfora. Porque, a fin de cuentas, todos tenemos una serie de obsesiones que nos acompañan. Este formato de ensayo breve me permitía investigar el tema del fracaso a través de la escritura de una manera nueva. No puedo decir que me haya llevado a tener conclusiones claras, pero sí que me ha permitido transitar mejor mi frustración con respecto al tema del fracaso.

Aunque la frustración sea algo que nos acompañe, tras leer su libro una concluye que fracasar es necesario, que todo funciona mejor con asumiendo el fracaso: el amor, la amistad, la escritura, la vida…

Porque es nefasta esta aspiración que se nos impone de que todo debe ser completamente estructurado y previsible, esta idea de que todo debe anticiparse y preverse para que no falle. Sin embargo, la vida es todo lo contrario, la vida es algo bastante incontrolable: es cierto que hay cosas que se pueden controlar, pero la mayor parte de lo que acontece en la vida, de lo que vivimos y de cómo lo vivimos es impredecible.

Me parece terrible este querer copiar o, si se prefiere, este querer trasvasar las lógicas y las estructuras neoliberales del éxito en nuestras vidas y relaciones para que todo vaya en una dirección correcta y con final feliz. Pero así no funcionan las cosas, de ahí la frustración. Además, ¿qué significa que todo debe acabar bien? Pensemos en el amor, ¿es siempre bueno que no se acabe? No, hay momentos que está bien que llegue a un punto final porque de esta manera podemos dirigirnos hacia nuevos lugares, plantearnos otras formas de relación. Todo cierre impuesto es una forma de cárcel que no nos permite transitar por otras opciones.

Por lo que se refiere a las expectativas, el libro empieza con el cuerpo, reflexionando sobre cómo desde muy pequeños las expectativas que se imponen se inscriben en lo físico.

La reflexión sobre el cuerpo está, muy probablemente, profunda y trágicamente atravesada por lo biográfico, si bien creo que hay algo también de experiencia universal: todos empezamos a tomar conciencia de quiénes somos y de quiénes podríamos ser a partir de las etiquetas que los otros nos imponen y que modifican e intervienen en la conciencia que nosotros tenemos sobre nuestro cuerpo, sobre cómo nos percibimos.

El otro día, junto a mi madre, estaba viendo fotos de cuando yo era pequeño. Tenía la certeza de que yo había sido siempre un niño gordo y, sin embargo, viendo las fotos me di cuenta de que, en realidad, fui gordo solo durante cuatro años, de los 8 a los 12 años. Si lo piensas bien, ¿qué son 4 años a lo largo de toda la infancia y adolescencia? Nada, un periodo corto. Y, sin embargo, son esas experiencias con lo corporal, con esos supuestos fracasos de tu cuerpo, los que te definen y los que a mí me llevaron a compensar ese fallo.

Me pasó lo mismo con el tema de la homosexualidad; no era consciente de ello hasta que empezaron a llamarme “marquita” y me di cuenta de que era algo que se veía mal como se veía mal el estar gordo. Esta experiencia es fundante, el hecho que te señalen te marca porque lo que intentas, ante una situación así, es remediar o compensar estos supuestos fallos siendo muy bueno en otra cosa.

Es interesante observar cómo el cuerpo es objeto de escritura sobre todo para las mujeres o para los autores LGTBI, pero no es un tema central en la literatura de los autores heterosexuales.

Es cierto y merecería la pena detenernos a pensar el porqué. El cuerpo es la base de muchas de nuestras opresiones, es la representación de nuestra diferencia. Por esto, para mí es una urgencia partir del cuerpo, escribir desde el cuerpo, porque es muy definitorio de nuestra experiencia como individuo. Lo que sucede es que, retomando lo que comentas, el cuerpo no ha sido tomado en consideración durante mucho tiempo, se ha obviado, no se le ha prestado atención.

Pero esta falta de consideración nos dice algo de por qué los hombres no han escrito desde sus cuerpos, pero sí han descrito y prestado atención a los cuerpos de las mujeres, a otros cuerpos. Esta mirada sobre otros cuerpos ha servido para construir relatos en torno a las distintas identidades y para que nosotros nos relacionemos con nuestra identidad a partir de ahí.

Al final del ensayo, usted habla de la vergüenza, esa vergüenza ser señalado por distinto, por mostrar una identidad (un cuerpo, una forma de ser y de actuar) que no encaja con el relato normativo.

La vergüenza es un sistema de control: es decir, permite controlar quién puede estar en el espacio público sin sentir vergüenza. Es un sistema para determinar quién puede hablar, cómo debe hacer y de qué debe hablar. Se fomenta la vergüenza en todo aquel que se aleje de la norma, en todo aquel que no sea ni actúe según la norma. Por esto, la vergüenza funciona como control, porque permite mantener a la gente en su sitio, controlar lo que dice y hacerla permanecer en silencio.

Estar fuera de la norma se considera un fracaso, de ahí la relación entre el fracaso y la vergüenza; el fracaso es el espacio del no éxito, de lo no prestigioso, de lo que supuestamente no merece atención. Sin embargo, en mi opinión es todo lo contrario: significa que está sucediendo algo importante individual y colectivamente, pero no lo miramos por vergüenza, lo dejamos. Y se trata de hacer todo lo contrario, aunque no sea fácil. No tenemos que dejar de escribir sobre algunas cosas ni tenemos que dejar hablar de ciertas cuestiones por vergüenza.

¿Tenemos que ser “desvergonzados”?

La escritura, sin duda, lo debe ser. La escritura debe servir para tirar por tierra las cosas tal y como las vemos normativamente y repensarlas. No se trata tanto de erradicar la vergüenza, cuanto de localizar su razón de ser. Puede que no sea fácil, puede que duela o que produzca más vergüenza, pero indagar en ello nos permite ser mejores conocedores de la realidad, nos permite penetrar con más complejidad en ella. Por esto, una escritura desvergonzada es una escritura generosa con uno mismo y con el mundo.

¿Y la ficción debe también ser desvergonzada? Es decir, ¿la ficción es una herramienta para mirar y pensar de otra manera?

Sí, teniendo claro que la ficción está intrínsecamente ligada a la realidad. Lo real está conjugado con la ficción. Desde siempre, hemos creado ficciones perfectamente operativas dentro de nuestra realidad para que lo social funcione de una determinada manera. Dicho esto, creo también que la ficción sirve y debe servir para pensar en alternativas, en otras posibilidades de vivir y de ser y no limitarse a lo que ya es, a lo que ya hay.

En este sentido, me repatea mucho esta idea tan repetida de que hemos agotado nuestras capacidades imaginativas, de que ya no podemos imaginamos futuros. Ante todo, diría que mirar el presente, mirar los problemas de nuestro presente es imaginar futuros, porque es imaginar soluciones o alternativas. Por tanto, no se trata de crear futuros porque sí, sino de pensar el futuro a partir del presente. Y esto me lleva a otra cuestión: la ficción debe ser un espacio de pensamiento y, más concretamente, un espacio para pensar el presente, para enfrentar los conflictos del presente.

Sin embargo, hay mucha narrativa, sobre todo la más comercial, que no es otra cosa que una confirmación de lo que hay y de lo que debe ser.

Sí, es una ficción autoafirmativa. Lo paradójico es que lo bueno de la ficción es que nos permite pensar en alternativas, en otras formas de actuar ante determinadas situaciones, en otras formas de relación. La narrativa autoafirmativa lo único que hace es encerrar el pensamiento en lo afirmativo y, por tanto, se vuelve redundante. Además, la afirmatividad es lo contrario al pensamiento político y también a la acción o militancia política, en cuanto implica no realizar ningún cuestionamiento sobre nada. Y no se trata de hallar respuestas, lo importante es formular las preguntas, incluso contra uno mismo.

¿Y estás preguntas las formula mejor a través del género del ensayo o de la conversación? Pienso, por ejemplo, en su libro de diálogo con Berta García Faet.

Diría que sí. La conversación con Berta la grabamos cuando yo ya tenía redactado el manuscrito de Gran manual del fracaso, por esto, a lo largo de la conversación, fueron apareciendo muchos de los temas y de las ideas del ensayo. Lo que pasa es que florecieron de manera distinta gracias al diálogo con alguien tan inteligente como es Berta, que, por ejemplo, no teme en decir en un momento dado de la conversación, sabiendo que quedará escrito en un libro, que no tiene una respuesta clara para una determinada cuestión, que le interesa lo que le planteo, pero necesita seguir pensando.

En cierta manera, no tener respuesta es reivindicar el fracaso entendido como una forma de no tener ni buscar certezas.

Efectivamente. Y por esto recuerdo ese momento de la conversación de manera especial, porque hace que Berta no cierre ni agote el tema, la reflexión. Y el ensayo como género debería hacer lo mismo, puesto que para mí el ensayo no es la búsqueda de pruebas que sustenten una tesis, sino un viaje errático.

Las conversaciones, las buenas conversaciones con las amigas, son esto, viajes erráticos que nunca se acaban. Son la antítesis de la afirmatividad, son una afirmación de nuestra ignorancia, de nuestro no saberlo todo; son la posibilidad de seguir agrandando el diálogo. Lo que pasa es que no está bien visto no dar respuestas rotundas, mostrar dudas…

La afirmatividad tiene que ver también con la búsqueda constante de identificación con algo, con un grupo, con una opinión… ¿tenemos miedo a dudar y a no encajar?

En parte sí. En mi caso, durante muchos años me ha producido malestar el hecho de no adherirme perfectamente al estereotipo de chico gay o de chico proveniente de clase obrera. Y este malestar se debía en gran medida al hecho que yo intentaba adherirme, encajar en esas identidades cerradas, pero que no terminaban de reflejar lo que yo era, lo que yo soy.

Para escribir el ensayo, releí los textos fundamentales de los estudios queer de los 90 y ahí encontré esa idea de que, a veces, es importante batallar en contra de la identificación y que la plena identificación puede llevar a provocar daño porque uno sabe que no encaja. Es, en este sentido, liberador romper con este deseo de identificación y pensar la identidad como una cosa múltiple y continuamente en movimiento.

Lo interesante es que este cierre sobre una identidad concreta, este terminar atrapado dentro de un estereotipo, también se produce en las llamadas identidades disidentes.

Por supuesto, porque hay una necesidad política de afirmar la identidad como una experiencia concreta y así poder localizar las violencias y combatirlas. Sin embargo, esto tiene como contrapartida el estancamiento de las identidades.

Al final del libro, usted reflexiona sobre el amor y la amistad. Se ha entendido la amistad como una relación libre en cuanto no sujeta a ningún marco legal o estructura social, pero ¿se corre el riesgo también de encerrarla, de cosificarla?

Exacto y, por esto, cuando escribía Superemocional no quería que la escritura terminara por encerrar y clausurar un tema tan misterioso e intelectualmente abrumador como es el amor. Esto es algo que vemos muy habitualmente en los discursos terapéuticos o de autoayuda: se tiende a cerrar y a universalizar la experiencia del amor y de la amistad. El amor es algo complejo, es mucho más que el amor romántico. No podemos explicarlo o abarcarlo epistémicamente del todo de la misma manera que no podemos controlar el amor, controlar quién nos quiere, cómo nos quiere y por qué nos quieren.

Su diálogo con Berta García Faet lleva por título: Escribo para que me quieran. ¿Hasta qué punto el deseo de ser querido nos lleva a adaptarnos al otro, incluso a adaptar la escritura para agradar?

Todos queremos que nos quieran, todos queremos ser vistos y todos queremos escribir para alguien. Por esto, ciertos comentarios sobre mi escritura me duelen profundamente. Me gustaría que no me importase, pero me importa profundamente, porque me importa lo que los demás digan sobre mí, aunque sea solo durante un tiempo. Porque, al final, como decía, todos escribimos para alguien y todos escribimos con el deseo de que a alguien le interese lo que has escrito.

Para terminar, retomemos el concepto de fracaso desde una perspectiva política: ¿el fracaso es una forma de disidencia?

Por supuesto. Porque reivindicar el fracaso es rechazar las ideas de éxito que se nos imponen, es decir “esto yo no lo quiero”. La imposición de una idea de éxito es el rapto de la agencia, es obligarnos a soñar con lo que desean otros, lo que desea el sistema. El fracaso es político en cuanto te lleva a cuestionarte qué es lo que realmente quieres, a ser consciente de los sacrificios y daños que puede conllevar el alcanzar determinados éxitos y a preguntarte si estás dispuesto a asumirlos.

Porque para que algunos tengan éxito, otros deben perder. Y, por tanto, hacernos soñar con el éxito, hacernos creer que lo importante es alcanzar el éxito implica robarnos también ya no solo la empatía, sino lo humano. ¿De verdad quiero conseguir algo que implique que la vida y las condiciones de los demás empeoren? Hay mucha gente que sueña con ser rica y están estos influencers que quieren ser ricos y no pagar impuesto. Si esto es lo que quieres, lo más probable es que seas una mierda de persona.