Toni Servillo en un instante de 'La Grazia', de Sorrentino

Toni Servillo en un instante de 'La Grazia', de Sorrentino

Cine & Teatro

Paolo Sorrentino y el factor humano

Con Sorrentino te ríes, te emocionas y hasta te conmueves gracias a su mirada fatalista, pero en ningún caso pesimista o amargada. Es esa manera de narrar lo que convierte a nuestro hombre en un humanista al que siempre apetece prestar atención, como muestra de nuevo en 'La Grazia'

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Cada vez cuento con menos cineastas cuya última película me abalance a ver en las salas de cine. Cuando era joven, creo recordar que eran un montón, pero la cifra se ha ido reduciendo a lo largo de los años hasta llegar a la situación actual, en la que casi todo largometraje recién estrenado pienso que ya lo pillaré cuando lo cuelguen en las plataformas de streaming. O que, si no lo pillo, tampoco pasa nada.

La lista se va acortando por culpa de esos cineastas que te deslumbran al principio y luego te acaban resultando cansinos. Es doloroso, se lo aseguro, pues te sientes como si hubiesen traicionado tu confianza. Me pasó con Terrence Malick, al que adoraba hasta que convirtió sus películas en sermones y a sí mismo en una especie de profeta o predicador asaz indigesto.

Me volvió a pasar con Yorgos Lanthimos, cuyas primeras películas me fascinaron, y del que me despedí cuando intuí que se gustaba mucho a sí mismo (un poco lo mismo que me ocurrió con Wes Anderson). Uno de los pocos que jamás me defrauda es Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970), desde que lo descubrí en un festival de Sitges con su cuarta película, Il Divo (2008), descacharrante biopic de Giulio Andreotti (político italiano corrupto, meapilas, mafioso y cínico, responsable de la célebre frase “El poder corrompe, sobre todo al que no lo tiene”) protagonizada por ese actor en permanente estado de gracia que es Toni Servillo.

Tras Il Divo, llegó una de sus películas incomprendidas (Sorrentino, o lo peta o pasa desapercibido: le volvería a ocurrir lo mismo en 2024 con Parthenope, una reflexión sobre la belleza como maldición que no gustó ni a público ni critica), This must be the place, sobre las angustias existenciales de un músico de rock, sosias de Robert Smith, líder de The Cure, interpretado por Sean Penn (gran aparición de David Byrne).

El director de cine Paolo Sorrentino

El director de cine Paolo Sorrentino

A continuación, su gran éxito, La grande bellezza (La gran belleza, 2013), con la que se consagró a nivel internacional y en la que su amigo Toni interpretó el papel de su vida, el de Jep Gambardella, periodista romano desengañado de su oficio, de su país y de sí mismo y enfrentado a una vejez complicada. La influencia de Fellini era evidente, pero no constituía en absoluto un lastre.

Youth (La juventud, 2015), protagonizada por Michael Caine y Harvey Keitel y centrada en la decadencia de dos carcamales, era una reflexión sobre la vejez, como Parthenope lo sería sobre la belleza. Tampoco fue muy del agrado del respetable, pero yo, que ya empezaba a hacerme mayor, la encontré tan enternecedora como inquietante.

Tristeza por la condición humana

La siguiente fue Loro (Silvio y los demás, 2018), biopic de Silvio Berlusconi que no fue lo que esperaba el público de semejante sujeto. Quien confiara en ver una comedia hilarante sobre un mangante de altos vuelos, se quedó con las ganas, ya que el principal sentimiento que evocaba esa película en dos partes era la tristeza. Tristeza por determinadas maneras de ir por el mundo, tristeza por Italia, tristeza por la condición humana y sus sicofantes profesionales, tristeza por la imposibilidad de evitar ser considerado un hombre ridículo…

Fue la mano de Dios (2021) nos mostró al Sorrentino más descaradamente autobiográfico, exhibiéndose como un adolescente con sueños cinematográficos en el Nápoles de Maradona y explicándonos el triste final de sus padres por un escape de gas. Como de costumbre, la mezcla de humor y humanidad, que es la clave de su cine, funcionaba a la perfección, siendo una constante en todas sus películas.

Con Sorrentino te ríes, te emocionas y hasta te conmueves gracias a su mirada fatalista, pero en ningún caso pesimista o amargada. Es esa manera de narrar lo que convierte a nuestro hombre en un humanista al que siempre apetece prestar atención.

Potencia del guion

Por eso me propulsé la otra tarde a los cines Renoir de la madrileña calle de la Princesa para ver la última entrega de su filmografía, La grazia (La gracia o, también, El indulto), una nueva reflexión sobre la vejez centrada en un presidente de la república al que se le acaba el mandato y no sabe muy bien que hacer con su vida a partir de entonces (una vez más, Toni Servillo, imponente).

Como si quisiera aplacar a quienes le critican la belleza de sus películas, que consideran demasiado elaborada, hasta el punto de resultar tramposa (¡discrepo absolutamente!), Sorrentino nos ofrece con La grazia su película menos flamboyant, menos pirotécnica y más hablada. Se ha puesto al servicio de su propio texto y se ha limitado a desarrollarlo sin alharacas visuales, sin planos bellísimos, sin nada más que la potencia del guion y la eficacia de los actores. Y, una vez más, uno ha salido del cine conmovido y echando de menos en otros directores la humanidad que le sobra a éste.

Por eso me pongo a esperar desde ya la próxima película del señor Sorrentino, porque sé que saldré del cine sintiéndome mejor persona de lo que soy y más cercano a mis semejantes (de los que despotrico a menudo).

La carrera de este hombre me parece ejemplar y, en el panorama actual, prácticamente única (exceptuando, claro está, al finlandés Aki Kaurismaki). Lo lamento por quienes lo encuentran cursi o pomposo (de todo tiene que haber en este mundo), pero yo creo que merecería crear escuela: no es fácil encontrar la medida justa en lo que Graham Greene calificó como el factor humano.