'Síndicos del gremio de orfebres de Ámsterdam’ (1626-1627) de Thomas de Keyser / MUSEO THYSSEN

'Síndicos del gremio de orfebres de Ámsterdam’ (1626-1627) de Thomas de Keyser / MUSEO THYSSEN

Artes

Rembrandt: el retrato como reinvención

A los 350 años de su fallecimiento, el gran pintor neerlandés se revela como un retratista intermitente pero distinto, llegando más lejos que todos sus contemporáneos

24 abril, 2020 00:10

Los autorretratos de Rembrandt (1606-1669) están envueltos en densas capas de inquietud, de vértigo, de daño. Empastes, carnaduras, trazos nerviosos que entran en la carne como un escalpelo. Y no la purifican, sino que la satanizan. Si lo miran fijamente en algunos de los lienzos que cuelgan en museos de Ámsterdam, Berlín, Washington o Nueva York, verán a un tipo en punta con la mirada hecha arpón. Verán la estructura inflamable de un misántropo. Verán a uno de los genios de la pintura consumido probablemente en la lumbre de sus demonios.

Porque, reconozcámoslo, hay en toda su obra algo de convulso. Una extraña danza oscura. El hijo del molinero de Leiden se aupó hasta el centro mismo del Siglo de Oro de la pintura holandesa y, frente a todos aquellos ganapanes del arte, cuajó una voz personal y enérgica. Pero, hasta llegar allí, el artista atravesó accidentes, triunfos, caídas, silencios, ambiciones amortiguadas, pasiones extremas, llanto. Tan sólo un puñado de testimonios deja entrever de qué iba en realidad su búsqueda: “El pintor persigue la línea y el color, pero su fin es la poesía”.

Y, en su caso, se trata de una poesía que cuenta, que narra, que dice mucho más. Incluso de él mismo. Ahí se revela la lumbre de Rembrandt: su intensidad, las manos veloces y firmes, la nueva forma de leer las historias, la sensualidad de los cuerpos, la captación del movimiento, el exceso, la pasión… El pintor fulminó los tópicos de una pintura amable mecido por el poderío abrumador de la forma que dispensa su obra. Pero quizá sea en el retrato (y, sobre todo, en el autorretrato) donde mejor se trasluce el arañazo de una vida. Realizó muchísimos. Y dejó en ellos su autobiografía emocional.

RembrandtThyssen2La lección de anatomía del doctor Jan Deijman (1656) de Rembrandt / MUSEO THYSSEN

Por ahí, precisamente, gana músculo la revisión del genio neerlandés a la vuelta de la conmemoración de los 350 años de su muerte. Justo en ese transitado carril de su producción, como atisbó en el Museo Thyssen en la exposición Rembrandt y el retrato en Ámsterdam, 1590-1670, donde quedaba al descubierto el sutil ejercicio de relaciones con sus contemporáneos. Al entrar en este juego quedan reveladas las tipologías y los formatos más demandados, así como la evolución del gusto artístico a lo largo de las ocho décadas que recorre. 

Porque, al final de Rembrandt, está Ámsterdam. Así, la ciudad era entonces una metrópolis en crecimiento, con una población que pasó en pocas décadas de 60.000 a casi 200.000 habitantes. Y, dentro de esa gran urbe, empezaba a sobresalir una potente clase media que iba amasando su fortuna en la industria o el comercio y que demandaba, como símbolo de su poder, retratos individuales, familiares e, incluso, gremiales, al tiempo que la pintura religiosa caía en picado ante el triunfo del calvinismo

Allí aterrizó el pintor hacia la segunda mitad de 1631, bajo el patrocinio del marchante Hendrick Uylenburgh, quien le introdujo en varios círculos sociales de la ciudad, lo que le facilitó a su vez contactos con otros potenciales mecenas incluyendo a Nicolaes Tulp, el médico que le encargó la célebre lección de anatomía de 1632. Pese a la fama y los beneficios, Rembrandt tenía su interés en la pintura de historias y sólo regresó al  retrato cuando necesitaba dinero, tal como ocurrió entre 1639 y 1642 para comprar su vivienda en la Sint Anthoniesbreestraat, la actual casa museo del genio en Ámsterdam. 

RembrandtThyssen3

El retrato colectivo pintado por Dirck Santvoort de las gobernantas y celadoras de la Spinhuis (1638) / MUSEO THYSSEN 

“Los excepcionales logros de Rembrandt como retratista lo son aún más si tenemos en cuenta que, paradójicamente, su principal desafío pictórico no se hallaba en el campo del retrato. El mayor reto para él era la representación de historias: relatos de la Biblia, la antigüedad clásica y la mitología (…). La aportación más importante de Rembrandt al arte del retrato es, sin lugar a dudas, el hecho de haber aplicado, hasta donde fuera posible, las reglas de la pintura de historia a sus retratos”, ha señalado Norbert Middelkoop, comisario y conservador del Museo de Ámsterdam.    

Como sucede con los grandes creadores, el pintor holandés vino a abolir los tópicos de una pintura amable, vino a saltarse todos los protocolos para establecer en la jurisdicción de su pintura una nueva forma de hablar en arte. De ahí que el sentido cronológico de su devenir se convierta en el mejor espejo de esa vida que tiene de hallazgo plástico lo que tiene de ambulante. Desde el hervor artístico de Ámsterdam previo su llegada a los últimos retratos salidos de sus pinceles, cuando “se fue alejando cada vez más del gusto y la moda imperante”, detectó Middelkoop en su estudio.  

RembrandtThyssen1

Una persona se detiene ante los retratos de Maertgen van Bilderbeeck y Harder Rijcksen, ejecutados por Rembrandt / EFE

Así, Rembrandt va situándose como un artista único al galope de sus competidores: algunos de ellos ya instalados en la ciudad, como Cornelis Ketel, Werner van den Valckert y Cornelis van der Voort –del que destaca un retrato de cuerpo entero de la católica dama Margaretha Vos (hacia 1621)– y otros llegados como él desde lugares diversos, como Bartholomeus van der Helst, procedente de Haarlem; Jacob Backer, desde Frisia, y Joachim von Sandrart y Jürgen Ovens, desde tierras germanas.  

Entre todos ellos, Rembrandt asumió la pintura en dirección contraria; iba en solitario, como Tiziano, Rubens y Velázquez, artistas que trazaron su propia vanguardia. “Él penetra tan lejos que dice cosas que ninguna lengua puede expresar”, confesaría Vincent van Gogh a su hermano Theo en una carta fechada en octubre de 1885. Y es cierto: hay algo secretamente indescifrable en Rembrandt. Intensamente emocional, dramático, como ese último autorretrato de su vida, encarnándose en Zeuxis, en homenaje al pintor griego que murió de risa. Pero, en verdad, es hondo, punzante,  sulfúrico.