El fotógrafo Alejandro Garcia Alcántara

El fotógrafo Alejandro Garcia Alcántara Alta Marea

Artes

Alejandro García Alcántara: “Se cuida mucho lo antiguo, pero no se da valor a lo moderno”

El fotógrafo Alejandro Gracía Alcántara publica ´España brutal´, un mapeo de los edificios y construcciones brutalistas de toda la penínusula

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Hay proyectos que empiezan por casualidad y España Brutal es uno de ellos. Todo empezó con una serie de fotos que su autor, Alejandro García Alcántara, empezó haciendo de algunos edificios brutalistas de Madrid. Con su móvil, retrataba esta arquitectura tan característica de los años sesenta y setenta; sin una intención previa, empezó a rastrear edificios que, en su momento tachados de vanguardia, parecían haber caído en el olvido. De ese involuntario mapeo, surgió una cuenta de Instagram dedicada exclusivamente al brutalismo de Madrid y, posteriormente, un libro.

Fue poco después cuando la editorial Altamarea le propuso rastrear los edificios y construcciones brutalistas de toda la península, de norte a sur, de este a oeste. Así nació España brutal, un libro en el que, reconoce García Alcántara, han quedado muchas obras fuera, obras que espera incorporar en un próximo volumen, a la vez que, prosigue el autor, tras años dedicado al brutalismo está ahora dirigiendo su atención hacia la arquitectura racionalista.

Portada del libro ´España brutal´

Portada del libro ´España brutal´ Altamarea

¿Cómo nace este proyecto de mapear el brutalismo en todo el país?

Durante los meses de pandemia, trabajé repartiendo paellas a domicilio en Madrid y esto me llevó a conocer barrios que yo desconocía por completo. En los trayectos, iba haciendo fotos con mi móvil y las subía a mi cuenta personal de Instagram. Me interesaba especialmente la arquitectura brutalista y fue entonces, al ir subiendo mis fotografías, que me di cuenta de que no había ninguna cuenta en Instagram que reuniera todo este tipo de arquitectura que hay en Madrid. Las había, pero se centraban en el brutalismo arquitectónico de la Unión Soviética, de Londres, pero dedicada a Madrid no había ninguna. Así que decidí abrir @madrid_brutalism. Le pedí, entonces, a mi padre que me prestara su cámara para hacer las fotos y así esta cuenta de Instagram fue creciendo y se convirtió en el origen del primer libro que hice, dedicado exclusivamente al brutalismo de Madrid.

Imagen de ´España brutal´

Imagen de ´España brutal´

Y luego llegó el volumen dedicado a toda la Península.

Sí, después de publicar el libro dedicado a Madrid, me contactó Altamarea y me propuso ampliar el proyecto y recopilar la arquitectura brutalista de toda España. En un primer momento, me pareció un proyecto muy ambicioso para llevarlo a cabo por mi cuenta, pero gracias a la editorial se pudo realizar. Y así empecé a realizar una serie de viajes por todo el territorio y debo decir que ejemplos de brutalismo los encontramos y numerosos por todas las comunidades.

Pero ¿ha sido valorada este tipo de arquitectura?

Depende. Hay muchos edificios brutalistas que no se valoran como quizás merecerían, en parte porque por su forma y por su morfología resultan duros, difíciles de ser apreciados por ojos de “principiantes”. En cambio, hay otras construcciones, más amables, que sí han sido valoradas y cuyo prestigio arquitectónico perdura. Por esto, es importante el estudio y la divulgación, para dotar de valor a esta arquitectura.

El contexto político español en el que se desarrolló dicha arquitectura, ¿ha influido en su recepción en el presente?

El brutalismo, en su momento, era vanguardia, pero es cierto que aquí, en España, se desarrolló en el tardofranquismo, es decir, entre los sesenta y setenta, en pleno periodo desarrollista. El contexto español tenía muy poco que ver con el contexto francés o el británico, en el sentido en que en Francia y en Inglaterra, el brutalismo surge en pleno proceso de reconstrucción de las ciudades después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en Italia o en los países de la antigua Unión Soviética, el brutalismo se inscribe, como en España, en contextos dictatoriales.

Y hay que decir que, en un primer momento, a Franco no le terminaba de convencer esta vanguardia arquitectónica, pero, en la medida en que España se fue abriendo, sobre todo a partir de los tratados con Estados Unidos, y en que los jóvenes arquitectos de aquí viajaban al extranjero, el brutalismo fue siendo aceptado.

¿Cómo definiría el brutalismo?

Esta es una pregunta sencilla, pero con una respuesta compleja, porque cuanto más lo estudio más me doy cuenta de que no hay un único brutalismo, sino que en España nos encontramos con expresiones distintas de brutalismo. Más allá de los grandes edificios de hormigón con formas geométricas muy duras y carentes de ornamentación que encontramos en todas las expresiones arquitectónicas del brutalismo, todas estas expresiones tienen sus rasgos particulares dependiendo del contexto geográfico. Es decir, el brutalismo del norte de España no es el mismo que el de la costa del Mediterráneo ni tampoco el de Madrid. Depende evidentemente del arquitecto, pero también del contexto geográfico, puesto que en España se tendía a utilizar materiales locales.

¿En qué sentido?

Los arquitectos reivindicaron el empleo de materiales propios de cada zona, de ahí que en Cataluña se utilizara el ladrillo visto o a la cerámica, evidentemente, junto al hormigón, que era el elemento fundamental y lo que une a todas las construcciones brutalistas. En el norte, por ejemplo, se utilizaban las tejas o la pizarra, extraída de las canteras cercanas.

Si nos vamos al origen del brutalismo, tenemos que hablar de LeCorbusier, al que podríamos definir como el padre de esta vanguardia.

El brutalismo nace en un momento muy concreto: después de la segunda guerra mundial, cuando urgía reconstruir las ciudades y construir viviendas sociales y de manera rápida. El hormigón podía no ser revestido y esto permitía acortar los tiempos y recortar los gastos. Sin embargo, también es cierto que es frecuente encontrarse con edificios brutalistas que no fueron nada baratos de hacer y que, de hecho, sobrepasaron el presupuesto acordado. A pesar de ello, en términos generales el brutalismo fue una solución eficiente al problema de la vivienda y una solución eficiente a la hora de construir y equipar barrios nuevos.

Imagen de ´España brutal´

Imagen de ´España brutal´

Le Corbusier, de hecho, a la hora de conceptualizar la unidad habitacional, ideó edificios unos al lado del otro que conformaban entre sí pequeñas ciudades. Se trataba de ciudades verticales, es decir, edificios de viviendas relativamente altos en los que, sobre todo en las plantas más bajas, estaban todos los servicios que un vecino pudiera necesitar. De esta manera, los vecinos apenas tenían que salir de estas pequeñas ciudades, en las que tenían de todo.

El edificio Walden, en Barcelona, resume en parte esta idea que comenta y encarna el objetivo de construir viviendas accesibles, para todos.

Exacto. Bofill era un genio. Él con su estudio de arquitectos hizo edificios que podríamos definir como híbridos, en cuanto no eran completamente brutalistas, pero tampoco se podían definir postmodernos. El caso de Bofill es muy similar al de Gaudí, es decir, empezaron ambos inscribiéndose más o menos en un estilo -brutalismo y modernismo, respectivamente- pero luego consiguieron crear un estilo absolutamente propio. El estilo y el lenguaje de Bofill es único. Y su estudio ha conseguido conservarlo.

Quizás, los edificios brutalistas que más sorprenden por su originalidad son las iglesias.

El brutalismo llega a las construcciones religiosas después del Concilio Vaticano II. La iglesia se quería modernizar y parte de la modernización pasó por la arquitectura de las iglesias. Dieron mucha libertad a los arquitectos a la hora de diseñar la planta, a la hora de organizar la disposición de los asientos, a la hora de pensar las fachadas. Surgieron así diseños más orgánicos y modernos, iglesias con plantas ovaladas o circulares, por ejemplo. Además, se emplearon materiales que, hasta entonces, eran ajenos a este tipo de construcciones: el metal, el acero y el hormigón, materiales que, además, permitieron hacer naves mucho más diáfanas. Hay que decir que, en líneas generales, la institución eclesiástica apostó mucho por esta nueva arquitectura.

Prueba de ello es la iglesia de Santa María de Sales, en Viladecans.

Sí, también llamada el tobogán. Parece ser que el arquitecto, Robert Kramreiter, quería en cierta medida recrear la boca de un dragón. Es un proyecto increíble, con unas vidrieras espectaculares y con cierta influencia gaudiana.

¿Con el brutalismo se apostó por los edificios de altura?

Depende. Es cierto que en Madrid tenemos las Torres Blancas y la Torre de Valencia, pero la apuesta por la altura estaba motivada por el terreno del que se disponía para construir. En la costa mediterránea, por ejemplo, encontramos más edificios de altura. También se apostó bastante por la altura en La Coruña, donde el terreno edificable no era muy extenso. Ahí está, por ejemplo, el edificio Trébol, que representa muy bien el desarrollismo coruñés. Aquí en Barcelona tenéis la Torre Colón, que muy probablemente sea el edificio más brutalista de toda España.

Imagen de ´España brutal´

Imagen de ´España brutal´

También encontramos mucho brutalismo en los campus universitarios.

Claro, porque fue un momento de construcción de nuevas facultades. Son los años sesenta y setenta, las ciudades crecen y aumenta la demanda de estudios universitarios. Nacen también nuevas facultades. Es por entonces cuando comienzan a construirse los distintos campus universitarios: en Madrid, en Barcelona, en La Coruña, en Valencia.

Sin embargo, para estudiar arquitectura…

Tenías que ir a Madrid o a Barcelona. Por esto, en las facultades de estas dos ciudades te encontrabas con estudiantes provenientes de otras comunidades; muchos se quedaron a trabajar en Madrid o en Barcelona, pero otros volvieron con lo aprendido a sus ciudades de origen, de ahí que, a pesar de las variantes, el brutalismo se extendiera por toda la península. Además, hay que tener en cuenta que en Madrid y en Barcelona estaban también los arquitectos más reconocidos; pienso, por ejemplo, en Josep Lluis Sert, que había estudiado con Le Corbusier y que, al regresar a Barcelona, diseñó la Fundación Miró.

Sert influenció a los arquitectos posteriores, sobre todo a los pertenecientes a la llamada Escuela de Barcelona, si bien, con el tiempo, se fueron desligando de la ortodoxia francesa e inglesa que, en parte, Sert representaba. En Madrid, estaba Javier Sáenz de Oiza y Javier Carvajal, muy influenciado por el brutalismo norteamericano. También te encontrabas a Fernando Moreno Barbera, proveniente de Valencia, y Antonio Perpiñán, arquitecto catalán que terminó por afincarse en Madrid.

La arquitectura brutalista, ahora mismo, contrasta con la idea de una ciudad más sostenible, con menos cemento y más verde.

Esto es cierto. Los edificios brutalistas son poco sostenibles y son resultado de procesos muy contaminantes. Y aunque esto es algo más que sabido, se sigue utilizando el hormigón para casi todo. Estamos en un momento de transición hacia arquitecturas más sostenibles y esto es importante, pero no podemos poner el foco solo en la arquitectura. Juega un papel muy importante también el urbanismo, porque más allá del edificio concreto, hay que tener en cuenta el contexto. El problema que tienen los arquitectos y urbanistas es que, aún teniendo muy buenas ideas y propuestas, se tienen que confrontar con las administraciones y no todas están por la labor. En París, por ejemplo, se está haciendo un muy buen trabajo, substituyendo muchos asfaltos por jardines.

¿Y qué piensa de la reconversión de edificios como pueden ser las Tres Ximeneias de Sant Adrià del Besós?

Ojalá lo que se está haciendo aquí, se hiciera más. Muchos edificios brutalistas, como el centro de clasificación postal de Zaragoza, se están tirando abajo, pues están abandonados y no cumplen con función alguna o no encajan en los nuevos planes urbanísticos. No hay una voluntad de reformarlos y readaptarlos. Son parte de la historia de la arquitectura, pero no se ponen en valor y se derriban sin más contemplaciones. Se cuida mucho lo antiguo, pero no se da valor lo moderno ni tampoco se protege.