La Metamorfosis fatal del deseo, por Farruqo

La Metamorfosis fatal del deseo, por Farruqo FARRUQO

Artes

Metamorfosis fatal del deseo

Desde el romanticismo onírico de Chagall hasta la trayectoria vital de Dora Carrington o el erotismo descarnado de Lempicka y las veleidades de Picasso, el pincel y la trementina conjugan la experiencia perdida del amor, su viaje a ninguna parte, una emoción patente y esquiva al mismo tiempo

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Pablo Picasso identificó dos tipos de mujeres: diosas o felpudos; mientras que Theodor Adorno condenó la glorificación del carácter femenino al desenlace de su humillación, forzada por una sociedad bienpensante. Dos genios impúdicos convierten el deseo en mito, mientras el mundo de Scott Fitzgerald reivindica lo contrario, la felicidad del charlestón que olvida los traumas de la Gran Guerra y abraza la pintura primitiva, los viajes, la velocidad o el art decó, capaces de exponer los deseos del mundo contemporáneo, desvelado en acontecimientos descollantes como el color en la tumba de Tutankamón (descubierta en 1922) o la cultura de Jazz bailada por Josephine Baker.

Así se lo hace saber a todos la pintora Tamara de Lempicka, autora de La musicienne en el retrato de su amada, Ira Perrot, epítome de la belleza femenina. En la emergencia de las vanguardias, el ejemplo de Lempicka se instala en otras creadoras, como Gerda Wegener con el “retrato de Lilí”, La reina de corazones, un cuadro en el que palpitan el vestido corto y el gesto desapegado de la protagonista, mientras juega a los naipes con un pitillo entre los labios.

Poco después, la Gran Depresión confirma la prevalencia decisiva de las mujeres en los tramos más duros, tal como lo muestra la foto-reportera Dorothea Lange, en Madre migrante, una instantánea aparecida en las portadas de varios medios de relevancia en EEUU. La pobreza de los cosechadores de guisantes se ensambla, bastantes kilómetros al sur, con el desconsuelo moral de Frida Kahlo en el Autorretrato con el pelo corto, en el que la soberbia artista mexicana aparece sentada en una silla de madera y escorza, vestida con un traje de Diego Rivera, su gran amor, sin sus clásicos vestidos de bordaje mexicanos, pero conservando su maquillaje y el toque andrógino que la caracteriza.

Retrato de Ira Perrot, por Tamara de Lempicka

Retrato de Ira Perrot, por Tamara de Lempicka

Paralelamente, Leonor Fini, nacida en Buenos Aires, se traslada a París para convertirse en una celebridad glamurosa, voluble e independiente, acompañada por un séquito de amantes. En el óleo Pastora de las esfinges, Leonor sale en compañía de Carrington, Menel Hoppenheim y Dora Maar, artistas surrealistas que le cubren las espaldas, lanzando embrujos de amor y teas encendidas.

Acaba de entronizarse la antropometría de la Época Azul, cuando Yves Klein presenta su célebre performance en la Galerie Internationale d’Art Contemporaine de París. Es uno de los fundadores del movimiento de los Nouveau Réalistes, acompañado por Niki de Saint Phalle quien, en una performance y vestida de oficial de artillería de Napoleón, dispara contra un molde de yeso de El nacimiento de Venus (Sandro Botticelli), mientras la escultura sangra pintura roja y verde.

Objeto de la obsesión

La parodia teatral de Venus, figura humana y diosa a la vez, representa la aceptación de la violencia masculina y la impotencia femenina. La agresión masculina sobre el cuerpo de la mujer es una apropiación del poder que, en pleno siglo XXI, se ha convertido en pesadilla. El amante doliente y rechazado a menudo acaba idolatrando el objeto de su obsesión. Para desmelenarse, lo nuevo recaba en el pasado.

En 1485, cuando el florentino Botticelli se halla en pleno auge, culmina una de las obras más cautivadoras de la historia del arte: una Venus a tamaño natural nacida adulta de la espuma del mar y aparecida en la orilla montada sobre una concha enorme, como la Afrodita de Praxíteles. Botticelli se inspira en Simonetta Vespucci a la que el pintor ama sin éxito y que es el objeto deseado y frustrado del mismo Lorenzo de Medici.

Al echar la vista atrás, observamos que la mujer fatal es una figura proteica de los años recientes del cine y del realismo literario, con momentos dulces en brazos de la Madelein de Vértigo, de la Conchita de Ese objeto oscuro del deseo, de Buñuel ....o la mujer magnética de Kim Vidor en The Patsi. Todas mantienen un punto de partida común que las hace inalienables, como la Bovary de Flaubert o la Ana Ozores de Azorín. Todas representan el estereotipo que delata el deseo masculino sobre un territorio entregado desde el comienzo.

Su estirpe se remonta hasta la Helena clásica de la guerra de Troya o a la atrevida Eva bíblica que condenó a la humanidad; y más cerca de nosotros a la Carmen de Bizet o la Lolita de Nabokov, como lo presenta la crítica mordaz de Elisenda Julibert en Hombres fatales (Acantilado).

Cada obra de arte contiene una historia por lo general inconclusa. En El amor a través del arte (cincotintas), Nick Trend colecciona setenta historias de grandes realizaciones fruto de la pasión obsesiva, con momentos descollantes como la relación entre Berthe Morisot y los hermanos Manet o el amor indisimulado de Rafael por Margherita Luti, la fornarina (panadera). Desde el romanticismo onírico de Chagall hasta la trayectoria vital de Dora Carrington o el erotismo descarnado de Lempicka y las veleidades de Picasso, el pincel y la trementina conjugan la experiencia perdida del amor, su viaje a ninguna parte, una emoción patente y esquiva al mismo tiempo.

Ideales impuestos

Superado el ecuador del novecientos; Andy Warhol se siente fascinado por la cultura popular y pinta a Marilyn después de la muerte de la actriz en 1962 a causa de una sobredosis. Warhol, que nunca llega a conocer personalmente a Marilyn, realiza una serie de cinco obras sobre la imagen de la actriz, las Shot Sage Blue Marilyn, basadas en un fotograma publicitario de la película Niágara, como se recuerda en El cuerpo femenino en el arte (cincotintas), de Amy Dempsey, profesora y miembro de la Royal Society of Arts.

Dempsey apunta una serie histórica de obras, sobre la exploración del cuerpo femenino, desde el retrato de Gustav Klimt, las escenas de guerra de Lee Miller, hasta el arte escénico de Marina Abramovic. El escenario exótico y la mirada cómplice son los dos ardides con los que cuenta el creador. La gran odalisca de Ingres ha sido idealizada hasta proporciones anatómicamente improbables. No es más que un cuerpo imaginario dentro de centenares de cuerpos imposibles; es un resumen de los ideales impuestos a la carne femenina durante los últimos quinientos años.

Durante gran parte de un largo trayecto, las mujeres son las musas, no las creadoras. Sus cuerpos son pintados o esculpidos para encarnar ideales de belleza, fertilidad o seducción. Los desnudos renacentistas, las Venus barrocas y las odaliscas románticas enmarcan el cuerpo femenino como algo para contemplar, más que como un tema con voz propia.

“Puede que el arte haya avanzado, pero Venus sigue renaciendo una y otra vez”, en palabras de Hetti Judah.