Copista en el Museo de Arte Moderno de París

Copista en el Museo de Arte Moderno de París

Artes

En defensa del museo tradicional (2)

La necesidad de definir la creación contemporánea en contra del sistema ha llevado a una enmienda a la totalidad del pensamiento moderno, incluidos principios, como el universalismo, sin los cuales la propia crítica se vuelve un mero ejercicio retórico

También: En defensa del museo tradicional (I)

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El Romanticismo de Schiller y los reproches de la escuela de Frankfurt a la Ilustración y la Revolución Industrial dejaron en la teoría del arte posterior una tendencia a definirse como una imagen en negativo del sistema.

Se avanza restando elementos: la autoría, el objeto, la diversión, lo que sea necesario para evitar hacerle el juego al mercado. Cuando, al entrar en una sala de museo la conexión humana tarda en establecerse por lo críptico o, al revés, el mensaje político está tan sin cocinar que nos deja indiferentes, probablemente estamos viendo el producto de la negatividad llevada al extremo. En ambos casos, los pasos nos conducen instintivamente a las cartelas antes que a las piezas, en busca de algo más.

Por supuesto, no se trata de impugnar el arte contemporáneo. No solo hay gran arte inspirado en esa corriente de pensamiento, sino que la contemporaneidad artística procede de varias líneas genealógicas diferentes, algunas más constructivas, y pocas veces aparece una en estado puro, sin mezcla. Lo que se pretende aquí es seguir la veta de la “negativa por defecto” a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte y hasta la actualidad, para entender mejor por dónde va el concepto del museo alternativo.

Evitar el arte práctico

La escuela de Frankfurt, y en especial Theodor Adorno, dieron continuidad a la idea romántica del arte unido a la vida, capaz de reconciliar lo individual y lo colectivo. Por lo tanto, su prioridad era evitar que se convirtiese en un producto pasivo, educativo o de entretenimiento. Exactamente lo que, a su parecer —y aún más después, en el contexto de las décadas de crecimiento de la posguerra—, venían haciendo los museos como instituciones de la “industria cultural”: mercantilizar la creación y despojarla de su potencial radical y crítico.

Mural en homenaje a Theodor Adorno en Frankfort

Mural en homenaje a Theodor Adorno en Frankfort Vysotsky

Su enfoque cuajó en los sesenta en la práctica y teoría de la crítica institucional, que insistía en la imposibilidad de que el museo, las galerías, y todo el sistema artístico en general, sean neutrales, debido a su cercanía con el poder, sus fuentes de financiación y su sesgo ideológico. La solución consistía en sustituir el objeto por piezas temporales, o no transferibles a un soporte, y realizar intervenciones que pusieran de manifiesto las relaciones favorables al orden existente.

Daniel Buren fijó carteles con sus icónicas rayas sobre edificios públicos y vallas publicitarias para desafiar restricciones y convertir la propia ciudad en un espacio expositivo. Andrea Fraser, por poner otro ejemplo, se fue a la cafetería del Museo de Arte de Filadelfia y se lanzó a describir el local con el lenguaje elevado de los guías, para defender, usándolo fuera de su contexto, que perpetuaba las jerarquías sociales.

Obra de Daniel Buren “invadiendo” una valla publicitaria en los primeros setenta

Obra de Daniel Buren “invadiendo” una valla publicitaria en los primeros setenta

El posestructuralismo francés de Foucault y Derrida diseñaba sus métodos para la sospecha, escépticos como eran con la posibilidad de producir sentido. Acompañada por ellos, la crítica institucional desarrolló durante décadas su versión más política, asociada de modo creciente a las identidades, poniendo tanto énfasis en los recursos del poder que han terminado por hacer que cualquier resistencia parezca voluntariosa pero fútil. El balance, a estas alturas, muestra una capacidad sin fin para descubrir capas de opresión y otra muy limitada para construir sobre esa base movediza, o, en el caso de los museos, para poner en pie una alternativa diferente.

Aparte de invocar nuestros gestores culturales las cualidades del “otro museo posible” en muchas de sus iniciativas, en España el único intento explícito de construirlo de cero ha sido el de Manuel Borja-Villel. El exdirector del Reina Sofía llegó a Barcelona para montar su Museo Habitado, cuyo fruto ha sido la muestra Fabular paisajes, en verano del 2024.

Pabellón de la Reina Victoria Eugenia (a la derecha) con el Palacio de la Exposición Internacional de 1929 al fondo

Pabellón de la Reina Victoria Eugenia (a la derecha) con el Palacio de la Exposición Internacional de 1929 al fondo Wolfgang Pehlemann

Con la ampliación del MNAC pendiente y los museos públicos siempre justos de fondos, el proyecto obtuvo financiación institucional y el uso de dos espacios de considerable entidad. El Pabellón de la Reina Victoria Eugenia, parte de la Exposición Internacional del 29, y el Palacio del esclavista Marqués de Comillas se consideraron buenos escenarios para “cuestionar las virtudes de las sociedades coloniales y dominantes”.

Descolonización y universalidad

La descolonización se ha convertido en el tema principal del museo alternativo, un detalle relevante porque afecta al modo en que se gestionan y el público que reciben los centros de arte. El propio concepto descolonizador marca tal vez la mayor lejanía de sí misma de cualquier forma de izquierda posible, el punto en que atrae profesionales liberales al mismo ritmo que expele a los desfavorecidos (plagada de conceptos suntuarios, como este, que carecen de eficacia y cuyas consecuencias no afectan a quienes los promueven).

En la descolonización sobrevive lo peor del racismo porque consiste en restringirnos mutuamente el acceso a las buenas ideas de los demás —incluyendo las que abolieron la esclavitud, descolonizaron el mundo en serio y superaron la economía de subsistencia— en función del origen, el color de la piel y otros motivos todavía más triviales. No solo se tiene en cuenta innecesariamente a qué grupo pertenece quien tuviese la idea sino que se considera que los miembros de otros grupos no hubiesen podido tenerla.

El problema con la descolonización es que niega la universalidad. Foucault y los posestructuralistas, que tanto han influido en la crítica institucional, no creen que la universalidad se cuente entre las cualidades necesarias para la verdad de una idea. La propia verdad objetiva es a sus ojos una construcción histórica y social. Y, sin embargo, sin principios universales con los que ser coherente por encima de las arbitrariedades no hubiera sido factible ninguna de las emancipaciones que conocemos, de género, raza, clase, ni cualquier otra.

Un discurso alejado de la realidad

Prescindir de los principios produce un activismo cada vez más alejado de la experiencia e intereses de la gente de la calle, un activismo que acumula contradicciones porque no tiene más guía que los azares de la necesidad política inmediata en su lucha contra el “discurso hegemónico”. Solo se preocupa de vencer porque, para convencer, hacen falta unas certezas que alcancen más allá de la experiencia compartida entre miembros de culturas o grupos.

El centro de arte “reinventado” estira el sistema de museos hasta lo inviable sin aportar nada nuevo. Su clave radica, en palabras de Borja-Villel, en generar un “espacio de producción simbólica colectiva”, es decir, en construir el relato entre todos sin imposiciones desde arriba. Singular pretensión cuando están privando al público de cualquier contenido que tenga verdadera relevancia personal en sus vidas y hasta de la posibilidad de elegir.

La sola opción disponible es adherirse o no a un mensaje único procedente de la burbuja académica norteamericana, sin conexión con la realidad y en franco retroceso incluso allí, ahora que se enfrentan a los desafíos mucho más tangibles del deterioro democrático. (Continuará).