'Archipiélago', por Farruqo

'Archipiélago', por Farruqo

Artes

El ‘Mao’ de Andy Warhol de la colección Suñol remueve la identidad de género en la Thyssen de Málaga

'Archipiélago' reúne otras piezas principales como Peinture de Joan Miró; Pintura en blau de Antoni Tàpies o Piscina azul de Luis Gordillo. Es parte de lo mejor de la colección del empresario y mecenas Josep Suñol, un fondo al que se añaden piezas de Braque, Hernández Pijoan, Palazuelo, Miralles, Solano o Zush

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El Mao, de Andy Warhol (1972), icono de la cultura pop y pieza de la Colección Suñol, espolea el apetito de simbolismo en el Museo Thyssen de Málaga. La exposición Archipiélago arranca con el polémico Mao situado junto a una serigrafía transexual de la serie Ladies and Gentlemen (1975), proponiendo un contacto, por así decir, entre el poder absoluto y la identidad de género.

El asunto incumbe al autoritario expresidente chino, líder de un régimen que perseguía la homosexualidad sin menoscabo alguno para él mismo, el rey tiznado, veladamente calificado de íncubo homoerótico, después de su desaparición.

También destaca en la muestra Busto de mujer con blusa amarilla de Picasso, un collage sobre chapa de madera que el artista regaló a su amigo Paul Éluard en homenaje a la amistad entre el pintor y el poeta, que se conocieron en 1936 a través de Dora Maar, la fotógrafa surrealista.

Conmovido por los bombardeos del ejército franquista sobre Madrid, Éluard escribe su primer poema manifiestamente político, Novembre 1936, que será publicado en L’Humanité el 17 de diciembre de ese mismo año y que inspirará los grabados de Picasso, Sueño y mentira de Franco.

Archipiélago reúne otras piezas principales como Peinture de Joan Miró; Pintura en blau de Antoni Tàpies o Piscina azul de Luis Gordillo. Es parte de lo mejor de la colección del empresario y mecenas Josep Suñol, un fondo al que se añaden piezas de Braque, Hernández Pijoan, Palazuelo, Miralles, Solano o Zush, adquisiciones expuestas en su momento en las galerías de referencia, gracias, en gran medida, a la colaboración del amigo de Suñol, el promotor, Fernando Vijande. Su mezcla de tendencias vanguardistas, desde el cubismo hasta el constructivismo, pertenece a la estética que conecta Barcelona con Málaga, cunas de Picasso.

Hiperfinanciación

La sustancia de Archipiélago nos traslada a la plasticidad del tiempo, como la definió Torres-García en su panfleto Art-Evolució. Plantea una lectura abierta y sugerente de la colección, entendida como un conjunto de “islas” estilísticas que dialogan entre sí. Lejos de una visión homogénea, el proyecto pone en valor la convivencia de corrientes como la “figuración y la abstracción, la geometría, el arte conceptual o la pintura matérica, configurando un mapa plural”, en palabras de la comisaria, Bárbara García.

Tiene sentido que la Fundación Suñol haya acordado el pase de sus obras e ideas con el Museo Carmen Thyssen, donde se puede apreciar Archipiélago como la cartografía más fiel de una colección en la que se combinan las tendencias internacionales con las españolas, conviviendo con las expresiones más aventuradas, sobre todo en algunas de las piezas menos conocidas de Villalba, Ràfols-Casamada, Llena o Griffa, obras casi inéditas, que el fondo Suñol mueve por primera vez.

La colección Suñol define cánones, preservando la memoria y las rupturas en la historiografía de la creación. Hoy el coleccionismo se enfrenta a la hiperfinanciación del mercado global y a la necesidad de una mirada ética que supere la lógica especulativa.

En su mejor momento, el coleccionismo legitimó las vanguardias, gracias a ejemplos conocidos como los de Gertrude Stein, Peggy Guggenheim o los hermanos Cone; el cubismo, el expresionismo abstracto o el surrealismo encontraron los espacios de validación en la opinión de los expertos, al margen de la tensión de las subastas de arte, que monitorizaron las opiniones y los precios desde los años setenta. Y podemos decir que la colección Suñol ha buscado el mismo fin de los primeros coleccionistas, añadiendo el toque personal de lo recóndito, el tono paradójico visible en esta exposición de grandes genios y sus complementarios.

Infinidad de cruces

El encuentro entre el arte y el mecenazgo se percibe en Archipiélago con obras adquiridas entre 1960 y 1980 y expuestas a la manera del Atlas Mnemosyne de Aby Warburg o del Musée Imaginaire de André Malraux (1947), dos métodos de pensamiento con imágenes, fundamentales para la historia del arte y la práctica expositiva.

Es destacable la libertad, ambición y creatividad con que ha trabajado la Colección para armar un fondo que contiene las fuerzas motrices —psicológicas, sentimentales y estéticas— del arte, siguiendo los pasos de Warburg en El renacimiento del paganismo (Alianza Editorial; 2006), un cruce singular entre las artes visuales, la literatura y la antropología, cuya primera edición en alemán quedó sin apenas incidencia por la toma del poder nazi.

Warburg entiende el lenguaje como la más elevada aplicación de la facultad mimética y precisamente el intento de esta muestra, visitable hasta septiembre, consiste en convertir en una imagen resumida la interrelación entre las obras de diferentes artistas que fueron prominentes en la primera mitad del siglo pasado. Es una elección subjetiva, pero dentro de los márgenes de la histoire raisonnée, del pensamiento ilustrado, basado en el valor de la diversidad.

Nacido en el seno de una poderosa familia de banqueros judíos de Hamburgo, Aby Warburg dedicó toda su vida a la tarea de comprender a través de las imágenes la eterna lucha desencadenada entre la razón y la sinrazón, entre la ciencia y la magia, entre la belleza clásica y el rapto dionisíaco. La influencia del intelectual alemán en la vida de Suñol explica en parte la pasión del coleccionista catalán, hijo de Josep Sunyol i Garriga, editor, militante republicano, accionista de la poderosa Industrias Agrícolas y presidente del FC Barcelona, fusilado por las tropas nacionales en Guadarrama, durante la Guerra Civil.

El gesto de Archipiélago resume el objeto de su pensamiento y su puesta en escena, tal como lo ve Walter Benjamin a lo largo de la infinidad de cruces contenidas en su obra Imaginación y sociedad, la primera parte de Iluminaciones, editado por Taurus (1989) en cuatro volúmenes.

Conflictos psicológicos

El legado intelectual de Suñol no ha sido totalmente buceado ante el gran público, a causa de su extremada discreción; vivió parte de su vida en el extranjero, lo suficiente como para considerarse un ciudadano de Barcelona al estilo de Rousseau, cuando se definió como “ciudadano de Ginebra” frente a la nación como sujeto del romanticismo. Sin dejar de ser catalán, Suñol —fallecido en 2018— no se limitó a ser un catalán cultural, por más que conociera su lengua vernácula y tuviera en su biblioteca la obra completa de la Bernat Metge, la editorial creada por Cambó y Estelrich.

El devoto interés de Warburg en los registros aparentemente aleatorios, lo efímero y lo trivial, lo llevó a una forma de voraz coleccionismo que, como en el caso de Suñol, bordeó la obsesión. Ambos fueron infatigables recolectores de datos estéticos y antropológicos; presa y cazador: querían descubrir las fuerzas motrices de la vida histórica, pero solamente podían percibirlas en términos de los conflictos psicológicos que los impulsaron.

Al hilo de este argumento, la muestra también funciona como relato del propio coleccionista. Al repasar globalmente los 35 artistas y las 45 obras que la componen se obtiene una panorámica de la modernidad artística entre la etapa final del franquismo y los inicios de la democracia, entre la crisis del informalismo y el buen momento de la abstracción geométrica y lírica, y la influencia pop en los primeros intentos de la pintura liberada de los ochenta.

Además de los citados artistas, completan la exposición Alcolea, Alexanco, Max Bill, Ian Breakwell, Broto, Calvo, Canogar, Chillida, Cuixart, Feito, García Sevilla, Gordillo, Griffa, Guerra, Llimós, Lootz, Makos o Fina Miralles, entre otros.

El presidente de la Fundación Suñol, Rodrigo Navia-Osorio, subraya el carácter excepcional de la muestra, “la mayor dedicada hasta la fecha a la colección” en la que destaca la presencia del Mao de Warhol, tanto por su relevancia artística como por “su significado personal para el coleccionista”.