‘La confesión’, dibujo de Gustavo Adolfo Bécquer incluido en el primer álbum de Julia Espín.
Un dibujante grotesco llamado Gustavo Adolfo Bécquer
El autor de las Rimas y Leyendas desarrolló una interesante obra plástica en paralelo al ejercicio del periodismo y la literatura plasmada en dibujos burlescos donde los esqueletos cantan, juegan al tenis y actúan en un circo
Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836-Madrid, 1870) situó en la poesía el centro mismo de su neurosis. En esa gruta oscura desarrolló con escrúpulo una refinadísima taquigrafía de la que salió un puñado de versos en los que se podía descubrir el mismo pulso con el que la vida sucedía en la calle. El autor de las Rimas, que se ganó la vida prosaicamente como escritor de periódicos y censor de novelas, izó el Romanticismo en España desde una honda insatisfacción frente a la existencia.
Porque más allá del juego hidráulico de las emociones y del afán de lo nuevo, de los clichés y del lastre amoroso, en la obra de Bécquer es posible hallar una necesidad de búsqueda, casi de huida, de escape. Él siempre manejó una idea precisa e inmensa del mundo, pero solo era apta para los que tenían cierto ánimo de extravagancia. Su modernidad aún resiste porque expresó acertadamente el abismo que separa el mundo de las ideas y de la realidad.
El célebre retrato del poeta, ejecutado por su hermano Valeriano hacia 1862.
En esa expedición, Gustavo Adolfo se acopló de un modo natural a las artes plásticas, que fueron una prolongación del lugar en el que expiar sus propios demonios, “los extravagantes hijos de mi fantasía”, según sus propias palabras. A lo largo de su (corta) vida –falleció cuando no había cumplido aún los treinta y cinco años–, desarrolló una voluntad tenaz con el lápiz, lo que se dice una obra, un universo propio, dejando ver al menos un pulso limpio, un conocimiento del oficio, una rara savia delicada.
Así asoma en la exposición Los Bécquer, un linaje de artistas, abierta en el Museo de Bellas Artes de Sevilla hasta el 15 de marzo. La muestra sitúa al poeta al final de una saga de ilustres creadores –su padre, José Domínguez Bécquer; su tío, Joaquín Domínguez Bécquer, quien fijó los códigos de la pintura costumbrista, y su hermano Valeriano, el más dotado de todos para la pintura– para poner en claro cómo encontró en la caligrafía monumental del dibujo el espacio donde hacer expresivas otras emociones, otros placeres y otros miedos.
Queda comprobado que Bécquer se entregó concienzudamente a la vieja ceremonia de las artes. En consecuencia, fue un obsesivo dibujante, un explorador de ese otro metal nocturno que las formas encierran. Los dibujos a lápiz o a tinta fueron, en ocasiones, un complemento del párrafo o del poema; otras veces, la forma de licuar los sueños de otro modo. Posiblemente, también, el último recurso disponible para mecanografiar imágenes, pulsiones, paisajes que iban por dentro o que estaban ahí fuera rubricando el mundo.
Dibujo humorístico de Gustavo Adolfo Bécquer procedente de una colección particular madrileña.
“La conciencia de vivir en un mundo fragmentario y fragmentado acompañó siempre al poeta. La imaginación becqueriana era literaria y plástica. La modernidad becqueriana consiste en que con esta acumulación logró construir un mundo personal. Su creatividad tiende puentes, revuelve y mezcla impresiones dando lugar a cosas nuevas que rompen el verosímil tradicional”, explica el profesor Jesús Rubio Jiménez, autor del libro Pintura y literatura en Gustavo Adolfo Bécquer (Fundación Lara, 2006).
Principalmente, el autor de las Rimas dibujó en cartas y cuadernos, también en papeles sueltos, que regaló generosamente a amigos y conocidos. De esta producción dispersa quedan a la vista en la exposición un apunte a tinta fechado en 1860 que representa a un gitano, posiblemente un esquilador a la vista del cayado, la manta y las tijeras que porta, y otro ejecutado a grafito, en el que un esqueleto, con muleta y espada, se dispone a matar a un toro, del que solo queda la osamenta.
Junto a estos trabajos diseminados, el Museo de Bellas Artes de Sevilla exhibe los dos álbumes dedicados a la soprano Julia Espín, hija del compositor Joaquín Espín, con quien Gustavo Adolfo Bécquer colaboró en el libreto de las zarzuelas Las distracciones, La ventana encantada y la inacabada El talismán, entre otras. Son el mayor conjunto conocido de la obra plástica del poeta sevillano, que estuvo en manos de la familia de la cantante hasta su ingreso en la Biblioteca Nacional de España (BNE).
Dos lienzos de Joaquín Domínguez Bécquez, un autorretrato vestido de cazador (1855) y el retrato del político y periodista Manuel Moreno López (1830).
El primero de ellos permite trazar una imagen precisa de cuáles eran los intereses del escritor. Alcanzan gran relevancia los asuntos relacionados con el mundo teatral, presentando tanto el ambiente de los espacios –el interior del escenario del Teatro Real o uno de sus palcos, donde se encuentra la familia Espín– como escenas de obras, de Fausto –uno de los personajes, junto a Hamlet, que más le obsesionó– a las óperas de Gaetano Donizetti Lucia di Lammermoor, La hija del regimiento y La Favorita.
Otros dibujos se refieren a su compleja relación con el mundo femenino, oscilando entre la visión idealizada de la mujer y, en el extremo opuesto, la mujer diabólica y sin corazón. En uno de ellos, una extraña dama se arrodilla en un confesionario para dar cuenta de sus pecados a un sacerdote caricaturizado a modo de demonio, mientras que otro de ellos, de tono perturbador, representa a un hombre que duerme agitado por una pesadilla en la que un diablillo vuela por encima de su cabeza a una mujer como si se tratase de una cometa.
El segundo álbum es un liber amicorum que contiene aportaciones de los artistas de diferentes disciplinas –poetas, músicos, pintores– que asistían a las tertulias en el salón familiar de los Espín, por lo que permite reconstruir el entorno social en el que se desenvolvía el escritor en aquellos años. Llama en él especialmente la atención un pequeño cuadernillo de dibujos grotescos titulado Les morts pour rire. Bizarreries dédiées à mademoiselle Julie, par G A Becker.
‘Baile en una venta’ (1840), de José Domínguez Bécquer, perteneciente a la colección Abelló.
Dicho conjunto de dieciséis escenas llama la atención por su extravagancia. Sorprende descubrir a una pareja de esqueletos que juega al tenis con un cráneo y una función circense en el que un esqueleto, puesto en cuclillas sobre dos botellas, sostiene sobre su cabeza a otro que voltea con los pies una calavera. También hay una corrida de toros donde los animales, los toreros y el público están reducidos a los huesos, al tiempo que un actor esquelético canta sobre un escenario a otras osamentas.
Otras veces lo grotesco adquiere tintes satíricos cuando representa un desfile militar de esqueletos, cuando la osamenta de un soldado lisiado camina con sus hijos –también reducidos a huesos– y cuando una multitud de escuálidos esqueletos miran con recelo los restos óseos de dos capitalistas… Lo contemporáneo se cuela en el álbum sin perder el carácter fantástico. Gustavo Adolfo Bécquer desnuda a los personajes de apariencias y muestra su insignificancia.
Como remate, se ha incluido el retrato del poeta realizado por su hermano Valeriano, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. También se exhibe una primera edición de sus Rimas y Leyendas, que vio la luz de manera póstuma en 1871 –el poeta había fallecido un año antes– a iniciativa de sus amigos, quienes tuvieron que hacer una suscripción popular para su publicación. Una obra fundamental de las letras españolas, que tardaría algunos años en alcanzar el reconocimiento que hoy disfruta.