‘Autorretrato ante el caballete’ de Sofonisba Anguissola, ejecutado hacia 1556-1557. MUSEO-CASTILLO DE ŁAŃCUT (POLONIA)

‘Autorretrato ante el caballete’ de Sofonisba Anguissola, ejecutado hacia 1556-1557. MUSEO-CASTILLO DE ŁAŃCUT (POLONIA)

Artes

Ese misterio llamado Sofonisba Anguissola

Una exposición del Museo del Prado pone el foco en la pintora natural de Cremona, una de las escasas mujeres que alcanzó la fama artística en la segunda mitad del siglo XVI

22 enero, 2020 00:00

En uno de sus dieciséis autorretratos, Sofonisba Anguissola (Cremona, hacia 1535- Palermo, 1625) se asemeja a un camaleón de ojos grandes, como si éstos fueran la vía única de entrarle al mundo. Viste ropajes sobrios y oscuros, aunque de buen paño, que delatan su buena posición social. Y sostiene el pincel con la mano derecha, a escasa distancia del lienzo, junto con los instrumentos de su oficio: la paleta, la espátula, los colores. A modo de autoafirmación artística, estos trabajos le sirvieron para expandir su fama de dama pintora y asentarla como una creadora con credenciales propias en el fervor humanista del Renacimiento. Porque, sin duda, ella pintaba a su manera. 

Para alcanzar esta certeza, Sofonisba Anguissola se volcó del lado del arte con su biografía como motor. Fue rematada así en una incubadora refinada junto al resto de hermanos. Recibió clases de música, danza y letras, si bien pronto destacó en el dibujo y la pintura con la guía de maestros como Bernardino Gatti y Bernardino Campi. A la lumbre de sus lecciones, aprendió el arte del retrato, que llegó a dominar con una pericia muy superior a las de sus maestros, poseedora de una querencia por las poses inusuales y de un fino bisturí psicológico que hablaba del espíritu innovador de una pintora que se había ganado la admiración de sus contemporáneos.

Tal genio y destreza almacenaba la artista natural de Cremona (Italia) que deslumbró al gran Miguel Ángel Buonarroti a cuenta del dibujo de un niño –un retrato de su sobrino, Asdrúbal Anguissola– llorando al ser mordido por un cangrejo, y hasta el tratadista Giorgio Vasari dejó rastro de ella en sus Vidas: “Anguissola ha mostrado su mayor aplicación y mejor gracia que cualquier otra mujer de nuestro tiempo en sus empeños por dibujar; por eso ha triunfado no sólo dibujando, coloreando y pintando de la naturaleza, y copiando excelentemente de otros, sino por ella misma, que ha creado excelentes y muy bellas pinturas”. 

Retrato de familia’ por Sofonisba Anguissola, realizado hacia 1558. THE NIVAAGAARD COLLECTION, NIVA (DINAMARCA)

Retrato de familia por Sofonisba Anguissola, realizado hacia 1558. THE NIVAAGAARD COLLECTION, NIVA (DINAMARCA)

Además, el prestigio situó a la artista en el radar de Felipe II, quien la reclutó al servicio de su tercera esposa: la francesa Isabel de Valois. Instalada en la corte española desde 1559, ejerció como profesora de dibujo y pintura de la reina consorte, además de retratar a casi todos los miembros de la familia real. Para esta labor, asimiló las convenciones del retrato cortesano fijadas por Alonso Sánchez Coello, donde, además de los rasgos físicos, se debía mostrar el carácter dinástico y las virtudes de los Austrias: distancia, quietud y severidad habsbúrgica. Al no ser reconocida oficialmente como pintora en los pasillos de palacio, sus trabajos eran recompensados con ricos textiles o joyas. 

Sus retratos españoles –caracterizados por la descripción minuciosa de los detalles y una percepción que atenúa la distancia y la contención de los Austrias– fueron muy del gusto de Felipe II, a quien pintó en 1565, cuando el monarca estaba casado con Isabel de Valois, si bien lo retocó después en 1573 para hacerlo emparejar con el de su cuarta esposa, Ana de Austria. El retrato de Anguissola cuadraba bien con la proyección que de su propia imagen construyó el rey, bastante apartada de la militar de su padre: Felipe II es un elegante y distante cortesano, el primer funcionario del reino, distinguido apenas por el imprescindible Toisón de Oro que luce sobre el jubón negro. 

A la muerte de Isabel de Valois, Sofonisba Anguissola permaneció todavía algunos años en la corte de Felipe II, al cuidado de las infantas Isabel y Catalina. A modo de cierre de sus años en España, la artista contrajo matrimonio con un noble siciliano, Fabrizio Moncada, quien perdió la vida en un ataque de piratas argelinos. Tras él, pasó por el altar de la mano de Orazio Lomellino, dedicado a los negocios de la mar. Instalada con su nuevo esposo en Génova, desplegó una intensa vida cultural. Sin abandonar definitivamente los pinceles, realizó gestiones para la adquisición de obras o para el envío de artistas que acometiesen la decoración del monasterio de El Escorial.

Sofonisba Anguissola pintó este retrato de la reina Ana de Austria en 1573. MUSEO NACIONAL DEL PRADO

Sofonisba Anguissola pintó este retrato de la reina Ana de Austria en 1573. MUSEO NACIONAL DEL PRADO

De toda esa expedición da cuenta el Museo del Prado en una muestra –Historia de dos pintoras, hasta el 2 de febrero de 2020-, en la que comparte trote con Lavinia Fontana (Bolonia, 1552- Roma, 1614). Pese a las enormes diferencias entre ambas, sus estilos a ratos divergentes, incluso sus vidas, condicionadas por sus lugares de procedencia y sus circunstancias familiares, la cita ajusta a sendas artistas al molde de las pioneras que supieron romper con los estereotipos que la sociedad asignaba a las mujeres en relación con la práctica artística y con el arraigado escepticismo sobre las capacidades creativas del sexo femenino.         

Precisamente, ese desgarro inesperado, ese arrojo con las rupturas del canon, fue lo que fascinó a Anton van Dyck cuando visitó a Sofonisba Anguissola en Palermo en 1624. La artista, con más de noventa años, se asoma a la obra del maestro flamenco que se conserva en la Sackville Collection de Inglaterra. “Haciendo su retrato me dio diversos consejos de que no tomara la luz de demasiado alto porque las sombras remarcarían las arrugas de la vejez, y además me contó parte de su vida por la que se conoce que era pintora del natural y milagrosa. La mayor pena que tenía era que por la falta de vista ya no podía pintar, aunque seguía teniendo la mano firme, sin temblor…”, anotó Van Dyck.