El gran conjunto religioso por excelencia de Cataluña es Poblet. Considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se lleva buena parte de la atención de las iglesias catalanas, junto a la Sagrada Familia.
En cambio, a 20 minutos de Barcelona en coche se erige otro templo, hoy candidato a convertirse en Patrimonio de la Humanidad.
Se trata de uno de esos enclaves excepcionales en los que se puede recorrer más de dos milenios de historia sin abandonar el mismo recinto.
Reconocido como “uno de los testimonios mejor conservados de la Hispania visigoda”, según su web, el conjunto de la Seu d’Ègara es un auténtico vestigio religioso.
Tres iglesias en una
Bajo sus muros conviven huellas del Neolítico, del mundo ibérico y del urbanismo romano. Se integran con la arquitectura paleocristiana, visigótica, románica y gótica. Nada más singular.
El corazón del conjunto lo forman tres iglesias: Santa Maria, Sant Pere y Sant Miquel. Juntas configuran un enclave episcopal prácticamente único de cerca de dos milenios.
Origen
Su momento de mayor relevancia llegó, precisamente, alrededor del año 450, cuando se creó el Obispado de Ègara. Aquella decisión transformó el lugar en un centro religioso y político de primer orden en el nordeste de la península.
Esta clasificación hizo casi obligatorio erigir una estructura monumental acorde con el título recibido. Y así fue.
Seu d'Egara
Su importancia fue creciendo y poco a poco el conjunto fue tomando forma. Durante los siglos V al VIII, cada edificio cumplía una función precisa.
Santa Maria actuaba como catedral episcopal, Sant Pere servía como iglesia parroquial y Sant Miquel estaba vinculada al ámbito funerario.
Pasado romano
Pero la historia del recinto es anterior al cristianismo. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz restos de un asentamiento ibérico, Egara, que más tarde se convirtió en el municipio romano de Flavium Egara.
Se sabe porque bajo las iglesias actuales se han identificado calles, viviendas y domus romanas, unas ruinas que confirman la importancia administrativa y económica del enclave.
Nuevo nombre
En el siglo IV, estas estructuras fueron reutilizadas por una de las primeras comunidades cristianas de la zona, dando lugar a una basílica paleocristiana con baptisterio y necrópolis, germen del futuro complejo episcopal.
Estos no son sus únicos elementos destacables. Uno de los grandes valores de la Seu d’Ègara es su extraordinario conjunto de pinturas murales, que abarcan desde el siglo VI hasta el final de la Edad Media y que se conservan en su ubicación original.
Interior de la Seu d'Egara
En Sant Pere destaca también un retablo pétreo de época visigoda, sobrio y monumental, que dialoga con pigmentos delicados y simbolismo temprano.
Por su parte, en Santa Maria, la iconografía se despliega con mayor complejidad. En lo alto del ábside, una estrella de ocho puntas y motivos vegetales evocan la inmortalidad, mientras las escenas murales narran episodios de la vida de Jesús.
Teología y románico
Sant Miquel, finalmente, ofrece una de las expresiones más refinadas del simbolismo cristiano primitivo: su bóveda desarrolla el concepto de la teofanía, la manifestación de lo divino, en un espacio concebido para el rito funerario.
El paso del tiempo no detuvo la transformación del conjunto. Durante el periodo románico se reforzaron las estructuras con transeptos, cimborrios y nuevas cubiertas.
La vida en la Seu d'Egara
A esta etapa pertenece el ciclo pictórico dedicado a santo Tomás Becket en Santa Maria, una narración visual de su martirio y glorificación que conecta el enclave con los grandes acontecimientos de la cristiandad medieval.
Más adelante, los siglos XIV y XV incorporaron el lenguaje gótico, visible en retablos de gran calidad artística. Y ya entre los siglos XVI y XVIII, la vida parroquial fue ganando peso y los templos se adaptaron al gusto barroco.
Vistas de la Seu d'Egara
Se añadieron retablos, capillas y nuevos espacios litúrgicos que alteraron parcialmente la fisonomía original, aunque sin comprometer su estructura esencial.
El siglo XIX, sin embargo, marcó una etapa de decadencia que puso en peligro la conservación del conjunto.
Puig i Cadafalch
El punto de inflexión llegó a principios del siglo XX, con el impulso de la Renaixença y el trabajo del arquitecto Josep Puig i Cadafalch.
Sus investigaciones y restauraciones permitieron recuperar elementos ocultos y sentaron las bases de la protección patrimonial del enclave, que resistió incluso los estragos de la Guerra Civil.
Nueva vida
Ya en época contemporánea, una intervención integral consolidó definitivamente las estructuras y las pinturas, dotando al conjunto de una museografía moderna.
Hoy, la Seu d’Ègara brilla con luz propia, en recuerdo de todo aquello que fue y que es. Su arquitectura y su arte, con sus más de 1.600 años de historia, todavía impresionan.
