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La iglesia siempre ha tenido mucho peso en una sociedad como la española. Cataluña no es ninguna excepción.

Centenares de pueblos se han erigido en torno a los templos religiosos. Algunos de ellos, por eso, se han quedado dispersos en prados y montañas, mientras que otros han perdido importancia con el tiempo.

Cada cual cuenta su historia y la iglesia de Sant Pere de Ponts, en Lleida, narra una transición interesante: iba para monasterio, cayó en el olvido y se convirtió en Monumento Nacional.

Este proceso se debe a su interés histórico y arquitectónico: es un ejemplo singular del románico lombardo en Cataluña.

Sus primeras referencias documentales datan del año 1024, en tiempos del conde Ermengol II de Urgell.

A lo largo del siglo XII recibió donaciones y privilegios que pretendían convertirla en un monasterio benedictino, proyecto que nunca llegó a materializarse.

Vistas de la iglesia de Sant Pere de Ponts AYUNTAMIENTO DE PONTS

En 1269 se estableció una canónica agustiniana, convirtiendo la iglesia en un centro económico y cultural relevante para la comarca de la Noguera. Sin embargo, llegó el tiempo de la violencia y el abandono.

Durante la Primera Guerra Carlista, en 1839, tanto la iglesia como el cercano castillo de Ponts fueron severamente dañados. El cimborrio-campanario se derrumbó casi por completo y la bóveda de la nave colapsó.

Fotografías de la época muestran la devastación, especialmente en las partes altas del edificio. De todos modos, no acabaron con ella: la colegiata sobrevivió.

Más adelante, en 1931, fue declarada Monumento Nacional. Aun así, la restauración integral no se inició hasta finales del siglo XX.

Fue gracias a la iniciativa de la Asociación de Amigos de Sant Pere de Ponts, que trabajó durante cerca de veinte años para devolverle su esplendor.

Ahora, la iglesia conserva una nave rectangular que desemboca en una cabecera triconque o trebolada: tres ábsides perpendiculares que forman un espacio central cuadrado, como un crucero, sobre el que se construyó el cimborrio-campanario.

Esta disposición es única, muy poco habitual en el románico catalán. Existen ejemplos similares en iglesias como Santa Eulalia de Erill la Vall, Santa Llúcia de Tragó de Segre o Sant Marçal de Terrassola.

Por su parte, el cimborrio reconstruido mantiene la estructura octogonal, con ventanales en los cuatro puntos cardinales y un campanario que se eleva sobre él, con dos niveles de huecos ajimezados bajo arquillos lombardos.

Los ábsides presentan lesenas y arquillos ciegos que crean un contraste lumínico característico del románico lombardo.

Campanario de la iglesia de Sant Pere de Ponts AYUNTAMIENTO DE PONTS

Por lo que respecta al muro norte, conserva una puerta junto a un arcosolio con un sarcófago medieval decorado con escudos heráldicos.

Ya en su interior, la nave cubierta con bóveda de medio cañón se combina con la bóveda esquifada de ocho paños en el crucero, elevada mediante trompas que convierten el cuadrado en octógono.

Las capillas semicirculares presentan bóvedas de horno y la central muestra tres concavidades alargadas con fines simbólicos, aludiendo a la Santísima Trinidad.

Entre los elementos destacados se encuentra una pila bautismal románica y un sarcófago medieval con rosetas y figuras de animales, identificado con el nombre de Gilabertus.

Qué ver y qué no perderse

Además de su valor arquitectónico, el templo ofrece un recorrido histórico: desde la canónica agustiniana hasta su devastación en la guerra, pasando por la restauración moderna.

Los visitantes pueden recorrer tanto el interior como el exterior de la iglesia. Allí se distingue claramente la piedra original de las partes restauradas.

Por todo ello, la visita a Sant Pere de Ponts merece la pena. Primero para ver cómo se conserva una joya románica y, por otro, para comprender la influencia de los condes de Urgell.

No es difícil llegar: Ponts y su iglesia se encuentran a tan solo 45 minutos de Lleida. Basta con tomar la C-13 hasta llegar a Ponts.

Una vez en el pueblo, se debe tomar la carretera local LV-3001 hacia el nordeste, siguiendo las indicaciones hacia la zona del castillo y la colegiata de Sant Pere, situada sobre un pequeño cerro a escasos cientos de metros del núcleo urbano.

Desde Barcelona, el trayecto es más largo, con una duración estimada de unas dos horas y media por carretera. Lo habitual es tomar la autopista A-2 hacia Lleida, desviándose luego hacia la C-14 o la C-13 en dirección a Balaguer.

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