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Nos gusta ir a comer a pueblos pequeños de Cataluña porque allí la gastronomía se vive con calma y con autenticidad. Lejos de las prisas y de los menús pensados para salir del paso, es más fácil encontrar cocina tradicional bien hecha, basada en recetas de siempre, producto de temporada y un trato cercano que marca la diferencia.

Además, muchos de estos restaurantes trabajan con proveedores locales, huertos cercanos y carnes de la zona, lo que se nota en el sabor y en la calidad de cada plato.

También, nos atrae todo lo que rodea la experiencia: carreteras secundarias entre bosques y campos, plazas tranquilas, aire limpio y esa sensación de escapada que convierte una simple comida en un plan redondo. 

El pueblo de Barcelona

Collsuspina es un pequeño municipio de la provincia de Barcelona, ubicado en el extremo oriental de la comarca del Moianès y muy cerca del límite con Osona. De acuerdo con los datos más recientes del INE (2025), su población es de 391 habitantes.

El paisaje del término municipal combina suaves llanuras y hondonadas que, históricamente, han favorecido los cultivos. Además, la zona está atravesada por varios torrentes de pequeño caudal, como el de Armadans o Picanyol, el de la Griolera o de les Umbertes, y el de Santa Coloma o Fontscalents, que acaban desembocando en el arroyo de Marfà o Golarda.

Edificación antigua

Y si hay un lugar que merece una parada gastronómica en este entorno rural, ese es Can Xarina. Un restaurante con esencia de toda la vida que sigue conquistando a quienes buscan cocina catalana auténtica. 

La historia está profundamente ligada a la del propio pueblo. Se trata de la edificación más antigua de Collsuspina, construida en 1550. En sus orígenes estuvo gestionada por una familia de fradisterns (segundogénitos sin herencia), y funcionaba como lo que entonces se conocía como “parada y fonda”, ofreciendo comida a los viajeros.

Hacia el año 1800 pasó a manos de la familia Oller y se transformó en un colmado. Hoy es un establecimiento con más de medio siglo de trayectoria, impulsado en su etapa moderna por Josep Oller junto a su madre, Paquita Altimir, y sus hermanas Núria y Carme Oller.

Gastronomía de lugar

En Can Xarina apuestan por una cocina catalana de raíz, basada en ingredientes de calidad y con protagonismo para el producto de la tierra, muchos de ellos con sello ecológico. La cazuela, el horno y la brasa de carbón de encina son los pilares sobre los que se construye su carta.

Entre sus especialidades destacan los embutidos artesanos y cuidadosamente seleccionados del Moianès y Osona. También, sobresalen los guisos tradicionales y los asados al horno elaborados con carnes de cabrito o cordero, aves como pato o pollo de corral, cerdo de granja y ternera del Moianès; además de vaca procedente del Cantábrico.

A esto se suman salteados de cuchara y sartén --como judías del ganxet, garbanzos o habas-- y una amplia variedad de platos a la brasa, desde entrecots hasta cabrito, cordero lechal del Solsonès o pie de cerdo, siempre cocinados con carbón de encina para potenciar el sabor.

Faves del Maresme INSTAGRAM CAN XARINA

Alcachofas: plato estrella

Si hay un producto que brilla especialmente en su menú, ese es la alcachofa. En Can Xarina se puede degustar a la parrilla o combinada con butifarra negra, ambas opciones preparadas a la brasa con carbón de encina.

Aunque en otoño ya empiezan a ser una buena elección, es en invierno cuando alcanzan su mejor momento. Además de su sabor, se consideran un alimento ideal para quienes buscan cuidar la salud, ya que tradicionalmente se asocian a beneficios para el colesterol, el hígado, el corazón y el ácido úrico.

En este restaurante las sirven limpias, sin cabeza ni cola, y aliñadas con una picada de frutos secos que redondea el plato. Un auténtico manjar.

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