El presidente del Grupo Salins, Hubert François Cedida
Una defensa de una vida industrial “productiva y viva”, un código ético que presume de lealtad, transparencia con el consumidor y protección del empleo: esos son los compromisos que reivindica el Grupo Salins y que, al menos en Barcelona, han quedado en papel mojado.
Desde su llegada en 2016, la planta sufrió una desinversión progresiva que desembocó en un agónico ERE y en el traslado de parte de la actividad a Francia, todo ello después de que la dirección negara el cierre a la plantilla apenas unas semanas antes de ejecutarlo.
Para colmo, la marca sigue luciendo la dirección barcelonesa en envases que ya se empaquetan al otro lado de los Pirineos.
El gigante francés, que bajo la dirección de Hubert François crece con ambición en su conquista del negocio de la sal en Europa, deja tras de sí en Barcelona una historia de desinversión, deslocalización y cierre: dolorosa para la industria catalana y difícil de encajar con la imagen de responsabilidad que proyecta el grupo.