Pila amarilla a Jordi Valls
Caminar por La Rambla y toparse con escaparates colonizados por camisetas de Pablo Escobar, leyendas soeces o juguetes sexuales es una postal lamentable. Sin embargo, culpar al actual equipo de gobierno de esta deriva hacia el chabacanismo sería faltar a la verdad: el panorama actual es la consecuencia directa de una regulación fallida heredada de 2008.
Aquella normativa, aprobada hace casi dos décadas con la intención de frenar la proliferación de tiendas de souvenirs, ha acabado logrando el efecto contrario. Al imponer la obligatoriedad de que solo el 20% del stock comercial corresponda a recuerdos oficiales, la norma estranguló al comercio tradicional y creó un vacío que los tenderos han llenado con artículos vulgares enfocados al turismo de borrachera.
A ello se suma el sinsentido de obligar a esconder los imanes o las postales detrás de tabiques de pladur o cortinas, tratando el producto local como si fuera material clandestino.
El actual concejal de Economía y Turismo, Jordi Valls, no diseñó este laberinto burocrático, pero sí tiene la oportunidad de desmontarlo. El marco regulatorio actual no solo es obsoleto y arbitrario —dejando a criterio del inspector si una camiseta es un recuerdo según el nombre del futbolista que lleve impreso—, sino que aboca a la ciudad al feísmo urbano.
Una política turística inteligente no consiste en esconder la identidad de Barcelona bajo el pladur, sino en prestigiarla exigiendo mínimos de calidad y estética. Valls tiene sobre la mesa la tarea de aplicar pragmatismo para corregir los errores del pasado, liberando al sector de trabas absurdas antes de que el conflicto acabe en un nuevo revés judicial en los tribunales europeos.