León XIV
Robert Francis Prevost (Chicago, 1955), en arte León XIV, ha pasado por España y ha cumplido perfectamente con sus obligaciones, que consisten, básicamente, en decirnos que nos portemos bien con nuestros semejantes y que contribuyamos a la paz en el mundo.
Y nosotros le hemos correspondido a nuestra manera. Para empezar, esto se ha llenado de vaticanistas aficionados que nos han dado la chapa a conciencia desde todos los canales de televisión.
También han abierto la boca, como era de esperar, los ateos, aunque la cosa no iba con ellos (la parroquia del Papa son los creyentes y, hasta cierto punto, los agnósticos, que nunca se sabe hacia que lado podemos caer: véase a Antonio Banderas, que se topó con el Señor después de su infarto de hace unos pocos años).
El sermón que dio Su Santidad en el Congreso de los Diputados suscitó algunos peros entre nuestros progresistas profesionales, aunque fue aplaudidísimo por una caterva de políticos que lo entendieron cada uno a su manera, según mejor les convenía.
Se quejaron los progresistas de que el Papa condenara el aborto y la eutanasia, cuando eso es algo que ha hecho todo Sumo Pontífice desde los tiempos del Concilio de Trento.
¿De qué se sorprenden? La iglesia católica siempre está en contra del aborto y de la eutanasia, dadas sus teorías sobre la vida (que no impidieron a algunos clérigos del pasado enviar a sus conciudadanos a la hoguera por paganazos), y ahí no hay nada progresista que rascar.
Progresistas y ateos: sigan con sus ocupaciones y no le hagan ni caso al Papa, que viene a lo que viene (aunque se acabe tragando una actuación de David Bustamante, el pobre, y hasta la de un tal Beret, que dos días después de cantar para el Santo Padre fue detenido por acoso sexual).
Circulen, no hay nada que ver. Una visita papal sirve para alegrar a los creyentes y para que los agnósticos le demos un par de vueltas más al temita. Para nada más. Hacer como que el Papa bendice tu forma de gobierno es simple cara dura.
Ofenderse desde un punto de vista progresista es pura hipocresía y una pérdida de tiempo propia de filisteos y sepulcros blanqueados.
También hubo quien se escandalizó por el encuentro entre el Papa y Bad Bunny, cuando ambos son sendos masters of the universe en lo suyo y genuinas estrellas pop (lo grave es lo de Bustamante y Beret).
Pero yo creo que el hombre hizo un buen trabajo: bendijo todo lo que había que bendecir (hasta esa mona de pascua barcelonesa que atiende por Sagrada Familia), besó bebés, se dejó turrar por Miriam Nogueras en vez de cruzarle la cara con un sopapo, se dio baños de multitudes y fuese.
O sea, lo normal. Así son las visitas papales y la próxima, suceda cuando suceda, no se diferenciará mucho de ésta. Y sí, el señor Prevost parece un buen tipo.