David Hockney

David Hockney

Examen a los protagonistas

David Hockney

Pintor británico

Leer en Castellano
Publicada

Hace un montón de años, en Barcelona, Francis Bacon y Lucian Freud, que en paz descansen, coincidieron en una exposición mano a mano que me encantó, pero, al mismo tiempo me abrumó por su voluntario feísmo y su tendencia al drama.

Después de aquella inmersión en la dureza de la vida, necesitaba otra en la simple belleza, y la encontré en una galería del Ensanche en la que se exhibían dibujos a lápiz de David Hockney (Bradford, 1937 – Londres, 2026), que nos ha dejado hace un par de días.

Eran dibujos sencillos, principalmente retratos, que no aspiraban más que a reproducir la realidad y que identificaban a su autor como un dibujante sensacional. Después de los (magníficos) golpes recibidos por sus dos compatriotas, las ilustraciones de Cockney me proporcionaron una muy deseada serenidad.

No estoy diciendo con esto que la obra del señor Hockney sea exclusivamente decorativa, mientras que la de Bacon y Freud es una clara muestra de la eterna lucha del hombre contra sus demonios.

Es que el sujeto de las gafas enormes, las camisas de colorines y las corbatas cantonas parecía considerar la existencia más como una comedia que como un drama (la especialidad de sus colegas, más en el caso de Bacon que en el de Freud, artista fatalista que no sé si buscaba deliberadamente la fealdad y lo monstruoso o si se cruzaba con ello: véanse los retratos del performer Leigh Bowery).

La pintura de Hockney es colorista y luminosa, como si quisiera celebrar la vida hasta en sus instantes más banales. Pensemos en su obsesión con las piscinas, que motivaron en parte los años que pasó en California y que alumbraron uno de sus cuadros más célebres, A bigger splash (que fue también el título del documental que le dedicó en 1974 Jack Hazan: puede verse en Filmin).

Hombres junto a piscinas o chapoteando en el agua fue un tema recurrente en la obra de Hockney. Asimismo, abundan en ella los retratos de novios, compañeros de la cofradía gay (como el escritor Christopher Isherwood, inspirador del famoso show de Broadway Cabaret), galeristas, su propia madre y conocidos en general.

Una serie de cuadros que le granjearon entre algunos radicales el sambenito de pintor amable, como si se tratara de uno de esos pintores domingueros de los que hablaba Paolo Conte en una de sus canciones (nada más lejos de la realidad: la belleza no es sinónimo de corrección burguesa o de renuncia a la relevancia artística).

Me gusta mucho la etapa de Hockney en la que empezó a experimentar con la fotografía, esos cuadros hechos de polaroids sobre diversos temas que acaban mostrando una indudable unidad una vez el autor de las fotos ha encontrado el orden adecuado.

En sus últimos años, el artista experimentó también con programas de ordenador vanguardistas que le ayudaron a crear obras nuevas y a menudo extrañas, pero fascinantes.

A diferencia de su amigo Bacon, Hockney nunca pareció un hombre atormentado, aunque siempre es posible que la procesión fuese por dentro, ya que la figura del artista feliz forma parte de la ficción. En cualquier caso, se esforzó en presentarnos la realidad de la forma más bella, colorista, luminosa y llena de piscinas posible. Lo cual resulta muy de agradecer.