Javier Bardem en el Festival de San Sebastián antes de recoger el Premio Donostia 2023 Europa Press
¡Al rico sermón!
Casi nadie duda de que Javier Ángel Encinas Bardem (en arte Javier Bardem, Las Palmas de Gran Canaria, 1969) sea un actor espléndido, pero me temo que cada día somos más los que empezamos a estar cansados de su faceta de predicador humanista y de los sermones que nos larga en cuanto le ponen un micrófono delante para hablar, teóricamente, de su última película. Lo ha vuelto a hacer durante la más reciente edición del festival de Cannes, donde insistió en la tragedia palestina e, implícitamente, en la necesidad que tenemos todos de portarnos mejor con nuestros semejantes.
Si a lo que aspira es a convertirse en el equivalente cinematográfico del Bono de U2, es innegable que va por el buen camino, pero me temo que su faceta de predicador está empezando a causarle problemas. Por lo menos en Estados Unidos, donde la fuerte presencia de judíos lo está convirtiendo en un personaje antipático para el establishment por sus constantes declaraciones a favor de Palestina (no se le ha escuchado nada sobre Hamás, por cierto), que, al parecer, están causando cierta inquietud entre las productoras encargadas de darle trabajo. En España nunca le faltará trabajo, pero en América pagan mucho mejor.
Además de Palestina, Bardem ha echado pestes en Cannes sobre la España en que se crio, que era un país muy machista, según él, aunque yo creo que no más que los del resto de Occidente en esa época no tan lejana. Pero es que además de sus preocupaciones políticas, Bardem tiene que atender al feminismo y a una serie de causas nobles que, al parecer, necesitan de su intermediación.
Evidentemente, un actor tiene el mismo derecho que cualquier otro ciudadano a expresar públicamente sus opiniones, pero los Bono de este mundo siempre acaban excediéndose en sus atribuciones y acaban señalándonos con el dedo a sus semejantes por no contribuir lo suficiente a que las cosas mejoren. Y cuando quien te apunta con el dedito es alguien que te entierra en dinero (aunque se lo haya ganado con su esfuerzo y no con el sudor ajeno, como es el caso), suele acabar generándote cierta sensación de abuso y te lleva a desear que se meta en sus asuntos y se enriquezca sin tasa, pero que, por favor, te deje en paz de una vez.
La industria de Hollywood, ciertamente, es reaccionaria, pacata y asustadiza: véase lo que le ha pasado a Stephen Colbert por tomarse a chufla a Donald Trump (como si hubiese otra manera de encajar sus desvaríos). Pero Bardem se ha situado muy bien en ella y le debe papeles memorables como el de No es país para viejos. Y una actitud aparentemente digna puede también acabar siendo tomada a chufla cuando se manifiesta a través de sermones y jeremiadas.