Tania Doris

Tania Doris

Examen a los protagonistas

Tania Doris

Vedette valenciana

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Hace unos años, por motivos que serían un poco largos de explicar, acudí a la comida anual de la Hermandad del Caracol, celebrada en un buen restaurante de Barcelona --creo que ya no existe-- que se distinguía por dedicar anualmente una semana al modesto caracol, cocinado de todas las maneras posibles.

En ese acto de máxima prosapia, se me concedió el honor de ser integrado en la Hermandad del Caracol: se me otorgó un diploma que me declaraba cofrade de honor y se me colgó al cuello una medalla en forma (lo adivinaron) de caracol.

Entre los invitados, destacaban personajes de esos a los que uno cree muertos desde hace años y que tal vez habían resucitado, dado el ímpetu que le ponían a trasegar, como si no lo hubiesen hecho en mucho tiempo. Y entre todos ellos destacaba la gran Tania Doris, vedette del Paralelo de los buenos viejos tiempos, por su relativa juventud, su indudable belleza, su notable altura y su bronceado radical.

Yo había oído hablar de ella, pero nunca la había visto en directo y me traía recuerdos de cuando mis padres iban de vez en cuando a ver alguna de las revistas de su descubridor, Matías Yáñez Jiménez, alias Matías Colsada (mi padre siempre lo llamaba Coslada), al teatro Apolo.

Como dicen las folklóricas, yo era un niño cuando Tania (Dolores Cano Barón, Valencia 1952 – Barcelona, 2026) ya era una estrella, aunque, de hecho, solo me llevaba cuatro años. Cuando tuve edad para verla actuar, la revista ya iba de capa caída y a los jóvenes nos parecía lo más rancio del mundo, pero siempre me quedé con su alias, que me parecía de una sonoridad fascinante.

Como me fascina la gente que dedica toda su vida a algo que se va mustiando hasta desaparecer durante su periplo vital, con la molesta consecuencia de verlo morir ante tus ojos, como le pasó a Tania y a su empresario/amante/seudo marido, el gran Matías Colsada (Madrid, 1910 – Barcelona, 2000).

Si no recuerdo mal, la revista constaba de música, baile y chistes verdes, género en el que brillaban con luz propia los habituales partenaires de Tania, Luis Cuenca y Pedro Peña, descritos respectivamente en la publicidad como “El cómico de la gracia seria” y “El fabricante de carcajadas”.

Todo acababa en una cosa llamada “Apocalipsis final”, que era como el despiporre definitivo. Y (se supone que) la gente salía del teatro contenta y feliz y con las pilas recargadas para una semanita más de tardofranquismo gris y aburrido. Intuyo que esa función debía cumplir la revista: chistes malos y carne fresca para animar un poco al espectador.

La revista es ya una reliquia de la España desaparecida. Empezaba a serlo cuando Rafael Gil rodó en 1983 Las alegres chicas de Colsada, protagonizada por Tania Doris y escrita por Fernando Vizcaíno Casas, el franquista que más dinero ganó con el cadáver del Caudillo gracias a su best seller apabullante Y al tercer año resucitó.

Ahora, todos los personajes de este texto han pasado ya a mejor vida. Y uno recuerda con ternura y cierta nostalgia a una vedette a la que no había visto en su vida hasta que se la cruzó en un acto de la Hermandad del Caracol.