Timothée Chalamet

Timothée Chalamet

Examen a los protagonistas

Timothée Chalamet

Los problemas de la sinceridad

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Hace unos días, el actor franco-americano Timothée Chalamet (Nueva York, 1995) se metió en un lío que puede costarle caro en la entrega de los Oscar de este año, a los que está nominado. En una entrevista, se le ocurrió decir que había que dejar de gastar dinero en la ópera y el ballet porque se trata de dos espectáculos que ya no interesan a casi nadie y se armó el belén, con desgarro de vestiduras, entre la intelectualidad norteamericana (la mayoría de la cual no va nunca ni al ballet ni a la ópera, como en el resto del mundo), que encontró muy inadecuados los comentarios del señor Chalamet. A continuación, llegó la gran pregunta: ¿Afectarán semejantes declaraciones al posible Oscar para su responsable?

Aunque no tengo nada contra la ópera y el ballet, me temo que Timothée tiene razón en lo de que no interesan a mucha gente. Y cuestan mucho dinero, sobre todo la ópera. La disyuntiva es: ¿deberíamos dejar morir artes tan implantadas en el imaginario occidental porque no atraen a un público mayoritario? Pues sí y no. Desde un punto de vista frío y práctico, supongo que sí, de la misma manera que las corridas de toros languidecen a causa del progresivo desinterés del respetable, que suele inclinarse por el fútbol (claro ejemplo de cuando el remedio es peor que la enfermedad), y del implacable y constante ataque de los presuntos amigos de los animales. Pero, desde un punto de vista estrictamente cultural, es una pena que la ópera y el ballet se vayan por el desagüe del retrete.

Se le podría decir también al señor Chalamet que se meta en sus asuntos, que, por cierto, le van muy bien. Trabaja para un medio de masas (aunque el streaming esté acabando con las salas de cine, las ganas de que nos cuenten historias filmadas se mantienen más vivas que en la época de Griffith), es una estrella rutilante del nuevo Hollywood, sale con Kylie Jenner (y, previamente, con la hija de Madonna, Lourdes León, y la de Johnny Depp, Lily Rose), ha interpretado muy convincentemente a Bob Dylan en la película A complete unknown

Desde su atalaya dorada, podría ser un poco más respetuoso con los que se ganan la vida (o lo intentan) tratando de ser la nueva María Callas o la nueva Pina Bausch. Esa actitud de abusón resulta, además de un pelín superficial, asaz insultante para todos los que disfrutan de la ópera y del ballet.

En cuanto a los temores de que se quede sin Oscar por bocazas, no me parecen muy verosímiles. Hollywood es profundamente solipsista y todo lo que suceda fuera de su hábitat se la sopla. El muchacho ya se disculpó (con la boca pequeña) y lo más probable es que se acabe yendo a casa con el premio a su interpretación en Marty Supreme.