Adiós al coronel Kilgore
Por si algunos no lo identifican, el coronel Kilgore era aquel energúmeno que se mantenía de pie y en jarras mientras caían bombazos a su alrededor y afirmaba que le encantaba el olor a napalm por la mañana porque olía a victoria.
Solo por ese papel en la película de Francis Ford Coppola Apocalypse Now, Robert Duvall (San Diego, California, 1931 – Middleburg, Virginia, 2026) ya habría merecido pasar a la historia del cine (aunque en su momento no le cayera el Oscar al mejor actor secundario: tuvo que esperar a 1984 con Tender mercies).
Hijo de un almirante y de una descendiente del mítico general Robert E. Lee, el señor Duvall ha sido durante décadas una presencia segura, sólida y fiable del cine norteamericano.
Durante sus estudios teatrales en Nueva York, compartió aula con otros titanes como Dustin Hoffman, Gene Hackman o James Caan. Su primer papel en el cine fue el de Boo Radley en Matar un ruiseñor (1962), donde Gregory Peck dio la interpretación de su vida como el profesor Atticus Finch.
Su primera gran década fue la de los 70, con sus papeles para Apocalypse Now y las dos primeras entregas de El Padrino (en la tercera, creo que, por cuestiones de dinero, fue reemplazado por el galán blandito de los 60 Troy Donahue - hecho ya un señor mayor, aunque tan poco interesante como en su juventud-, causándole leves desperfectos a la película).
A partir de ahí,su presencia fue constante en el cine de Hollywood, casi siempre en papeles secundarios, pero de relativa importancia. Aunque gozó de roles protagonistas, nuestro hombre ha pasado a la historia como uno de los grandes secundarios de Hollywood, uno de esos actores que mejoran cualquier película por la que pasan.
Y es que una película con Robert Duvall siempre fue mejor que una sin Robert Duvall.
Tardó mucho tiempo en dirigir, y cuando lo hizo, tras pagarse la película de su bolsillo, la cosa no acabó de funcionar: The apostle (1997) no congregó el aplauso del público y de la crítica (aunque esa historia de un predicador no dejaba de tener su interés). Con un físico que le impedía ejercer de galán, Duvall supo sacar lo mejor de sí mismo para interpretar a todo tipo de personajes que se convertían, gracias a él, en seres humanos.
Con él se nos va una clase de actor que no se regenera con la velocidad debida en el cine contemporáneo, donde abundan estrellitas a lo Troy Donahue y escasean las presencias sólidas y siempre fiables.