Un montaje de la cineasta Isabel Coixet
Coincidí con Isabel Coixet en Madrid el pasado lunes, durante un pase de su última película, Tre ciotole (Tres cuencos, en España Tres adioses), en la Academia del Cine Español de la calle Zurbano.
Llevábamos tiempo sin vernos, ya que el pasado año registró una especial actividad de mi amiga, rodando, seguidas, una miniserie en francés para el canal ARTE y el largometraje que hoy nos ocupa, rodado en Roma y con financiación básicamente italiana (más unos meses de docencia en la Universidad de Nueva York).
Sé que cuando recibió la oferta de dirigir esta adaptación de los relatos de la difunta Michela Murgia, tuvo sus dudas, ya que le pareció que la cosa tenía algo de chiste involuntario: otra película de la Coixet sobre una mujer que se va a morir y se esfuerza por dejar las cosas en orden (de eso iba Mi vida sin mí).
Afortunadamente, Isabel acabó aceptando el encargo, y así hemos podido ver el que es, en mi opinión, uno de sus trabajos más conmovedores, sustentado en parte en una actriz en estado de gracia llamada Alba Rohrwacher (la hermana de la cineasta Alice), en el papel de la mujer abandonada por su novio (Elio Germano) que, de hecho, empieza a vivir cuando descubre que no le queda mucho tiempo en este planeta.
Coixet siempre ha tenido la habilidad de conmover al respetable. Yo diría que lo ha hecho en todas sus películas, y ha salido con nota de todas esas situaciones que separan lo sensible de lo ridículo.
Esa habilidad para quedarse a este lado de la línea la ha dominado desde Cosas que nunca te dije, la película que lanzó su carrera tras una primera manipulada por el productor, pero no tan mala como ciertos críticos se empeñaron en decir, Demasiado viejo para morir joven.
Su cine se ha dedicado a explorar lo humano hasta el fondo, y es curioso cómo ha acabado rodando ese peculiar canto a la vida y la obligación de vivirla, aunque pinten bastos, que es Tre ciotole.
La carrera de Isabel Coixet se ha desarrollado en España, Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Francia e Italia, poniendo en práctica aquel viejo dicho americano que rezaba Have gun, will travel (Tengo pistola y estoy dispuesto a viajar), cambiando, claro está, el arma por la cámara (que también es un arma).
Adonde le llamaba la historia, ahí se plantaba ella, convirtiéndose en una muy rara avis del cine español, desligada de grupitos, corrillos y demás instituciones gregarias (lo cual le ha granjeado la hostilidad de más de uno).
Cuando el ridículo prusés catalán, fue la única cineasta del paisito que dijo lo que pensaba al respecto, mientras los demás mantenían un prudente silencio (no fuésemos a poner en riesgo la subvención). Reacia a las pandillas, Coixet se ha tomado su trabajo como una actividad solitaria, que es lo que es cualquier iniciativa creativa.
Tres adioses fue un éxito en Italia, donde se mantuvo más de tres meses en cartel, y lo lógico es que algo parecido le sucediera en España (aunque ella insiste en que eso es siempre algo impredecible). Se trata de una película de apariencia triste que acaba siendo un homenaje a la vida, lo único que tenemos, sin caer en triunfalismos absurdos, optimismos delirantes ni quimeras inverosímiles. A la salida de la Academia, el rostro de los espectadores mostraba bien a las claras que el mensaje había calado.