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Duele la derrota en Anoeta, una de tantas pero esta con el sulfúrico hedor a brujería que de vez en cuando asfixia al Barcelona incluso en sus épocas más gloriosas: un rival inferior y claramente avasallado, un portero que multiplica sus paradas como si fueran panes y peces, un arbitraje rocambolesco, centenares de miles de ocasiones de gol malogradas y un tembleque defensivo fuera de cualquier escala resultan en derrota inopinada y engrandecen el aura del fútbol como deporte cabrón por excelencia. Pero, además, las últimas 72 horas del Barcelona han visto el resurgimiento de dos tendencias las cuales la culerada percibe como claras amenazas a los esfuerzos azulgranas por instalarse de nuevo en la grandeza tras un lustro para olvidar. Pero que, en realidad, tienen mucho más de humo que de incendio. 

La primera es que el Barça es esclavo de su cantera, y por eso la anunciada deserción de Dro Fernández, uno de sus últimos talentos en alcanzar con nitidez el primer equipo, pone en entredicho la sacrosanta Masia y su propósito último. Pero lo cierto es que la eclosión del finísimo interior ha coincidido en el tiempo con dos circunstancias muy poco favorables para él: una nómina de centrocampistas de una calidad y una competitividad rayana en lo excelso y una economía del club que complica las subidas salariales que no sean absolutamente necesarias. Si al muchacho le quiere el campeón de Europa, nada menos que con Luis Enrique al volante, y él mismo se ve incapaz de competir con Fermín y Pedri, cosa normal, por otra parte, solo queda desearle felicidad en lo personal y miseria en lo deportivo. 

Pero, en mi opinión, uno de los rasgos más colosales de La Masia no es solo que permita fabricar onces históricos y, además, renovarlos con una celeridad inusitada, tesoro de valor incalculable desde que los lodos de la sentencia Bosman convirtieron el fútbol europeo en zoco árabe. Sino que lo hace con una increíble mezcla de sapiencia y potra, puesto que los querubines de estrella que abandonan el club rara vez alcanzan la categoría de arcángeles. Ayer, sin ir más lejos, Take Kubo participó en el aquelarre donostiarra como si hubiera nacido en Getxo cuando hace no tantos años era un chiquitajo vestido de blaugrana que arrasaba rivales y cosechaba comparaciones con el mismísimo Leo Messi de cuando jugaba en Infantiles. Sin embargo, resulta difícil imaginarlo en el Barça actual, así como en el Madrid por el que pasó brevemente en una trayectoria deportiva llena de vicisitudes francamente delirantes. 

La segunda falsa alarma brotó de manera espontánea durante el trastazo liguero de anoche, y es que los arbitrajes de según qué colegiados continúan siendo turbios pese a haberse consolidado el uso del VAR. Pero ni mucho menos el Barça es rehén de la tecnología, sino aguerrido soldado de su aprovechamiento. Si hay un rasgo distintivo del multicampeón Barcelona de Hansi Flick es que reconoció una ventaja táctica proporcionada por el advenimiento del fuera de juego semiautomático y la ha interpretado mejor que nadie. Con un modelo de juego nunca antes visto, doblegó y sigue doblegando a una cantidad ingente de rivales. No me cabe duda de que a veces el telón que cercena los cuerpos de los monigotes en la recreación digital de las jugadas le parecerá al barcelonista papel de fumar, cuando no directamente una tomadura de pelo. Pero mientras eso signifique que los rivales reciben un jarro de agua fría tras otro cuando piensan que han logrado marcar contra el Barcelona, o que Mbappé ya ni se atreve a celebrar sus goles contra el Barça para no quedar de Monsieur Panoli una vez más, hay que defender con uñas y dientes a los monigotes que deciden los fueras de juego. Y a los muñecos del VAR, también. 

P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

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