Joan Laporta cocinando macarrones en el Bar Bocata en plena campaña electoral REDES
Lamine Yamal, determinante hasta romperse, no puede con todo. Liderar a todo un Barça hacia la conquista de dos Ligas seguidas con solo 18 años es una bestialidad y merece todo tipo de elogios. Pero necesita socios, no escuderos. Mientras el palco se refugia en el victimismo arbitral, el de Rocafonda es, hoy, el único talento diferencial capaz de hacer soñar a un equipo que, cuando se juega las algarrobas en la Champions, se aferra a él como un náufrago a la tabla. Y ese diagnóstico, lejos de ser un elogio, debería encender todas las alarmas en las oficinas del Spotify Camp Nou.
Hasta Messi necesitó estar rodeado de grandes socios para levantar tantos títulos. Tuvo a Xavi, a Iniesta, a Busquets, a Puyol como base, pero le trajeron de fuera a Eto'o, Villa, Neymar o Luis Suárez, marcando diferencias o ayudándole a que él las marcara en cada partido. Ese es el mandato que Joan Laporta y su junta parecen haber olvidado.
Porque el problema del Barça actual no es Lamine, es todo lo poco que hay a su alrededor. Es una Masía --sí, otra vez generacional-- que sostiene los cimientos, pero que necesita estar envuelta de jugadores foráneos top. Es un vestuario de guerreros honestos al que le falta un segundo violín que desequilibre los partidos cuando el 10 esté marcado, cansado o lesionado.
Es una directiva que confunde la exuberancia táctica de Hansi Flick con la coartada perfecta de la pobre situación económica, como si esto no dependiera de su gestión y no fuera su responsabilidad. Se justificó la quema de los ingresos futuros de los próximos 25 años con las palancas a cambio de hacer un equipo campeón en Europa, y esta temporada, todavía, se ha estado más lejos que la anterior. La llegada de Flick ha producido un salto futbolístico innegable. Pero, en Champions, ya se ha visto que la naranja tiene un límite y esta plantilla corta, exprimida al máximo, acostumbra a llegar seca al tramo final de temporada.
El estancamiento asoma en el horizonte y el club no puede seguir escondiéndose tras el discurso populista de las injusticias arbitrales. Que las hay, sin duda. Que duelen, también. Pero la indignación no puede ser el sustituto de la autocrítica. Por eso, mientras los jugadores aseguran el segundo título de Liga seguido, a la dirigencia le toca analizar y evaluar si se ha ayudado a Flick lo suficiente o solo se le ha trasladado la exigencia de levantar la orejona sin haberle mejorado sustancialmente la plantilla este año, más allá del acierto indiscutible de Joan García.
Al técnico alemán le cargan toda la presión, pero sin darle todo el poder. Hace poco, en un mensaje que ha pasado inadvertido, dijo que sabe lo que necesita el equipo y que no se pueden hacer disparates. En la preparación física y la prevención de lesiones hay un staff impuesto por el club. Y en el tema de fichajes o salidas, como la inoportuna y desafortunada de Iñigo Martínez, parece que el trío Laporta-Deco-Echevarría imponen sus intereses.
Con la Liga en el bolsillo y el Madrid de Mbappé mordiendo el polvo, no se trata de restar mérito --que lo hay y mucho-- a lo conquistado. Se trata de exigir a quien manda que esté a la altura de la estrella que se han encontrado, Lamine Yamal, un futbolista generacional que no puede pasarse los próximos cinco años cargando con la mochila europea mientras en las oficinas se discute si llega para fichar medianías o saldos reciclados del United y del Copenaghen, como ha sucedido esta temporada pasada.
Laporta no puede permitirse otro verano de escucha fingida. Si Flick dice que ganar la Champions es lo más importante, el club está obligado a ofrecerle una mejora real, fichajes de jerarquía --no un Bastoni cualquiera--, en lugar de implorarle comprensión porque la gestión familiar sigue sin alcanzar la regla 1:1 y por consiguiente, sin conseguir margen salarial. De lo contrario, volveremos a fiarlo todo a la suerte y a los astros, y el "hemos salvado al club" y “hemos devuelto la ilusión al barcelonismo” quedará como lemas electorales alejados de la realidad.
Lamine merece socios de nivel y no fichajes de medio pelo para rellenar la plantilla o renovaciones por amiguismos con sus representantes de cabecera. Que espabilen los despachos porque el Barça necesita subir bastante el nivel si quiere codearse con Bayern, PSG, o Arsenal para optar a la Champions.