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El actor Juan Echanove / EFE

Juan Echanove: “Los actores construimos una patria en el teatro y la defendemos con nuestra vida”

El actor vuelve a poner en la dirección para la versión teatral de 'Ser o no ser', junto a Lucía Quintanilla y Nicolás Illoro

11 min

Juan Echanove (Madrid, 1961) ha dejado de lado al dictador Trujillo de La fiesta del chivo y se ha sumergido en la empresa de una alta comedia, un clásico del cine clásico de Hollywood, Ser o no ser, en su versión teatral.

La obra, que narra las peripecias de una compañía de cómicos en plena invasión de Polonia por parte de los nazis, se ha convertido casi en la pieza original de Lubitch, estrenada en plena Segunda Guerra Mundial. Esta vez, la batalla real es la que se sucede en Ucrania.

Visonario sin querer

El actor y director del montaje matiza que no puede decir que fuera intencionado o un visionario, así se dieron las cosas. Aun así, no duda en jugar esa carta, ese poder que ya tiene de por sí el texto y que se ve fortalecido por la triste actualidad.

Junto a él están Lucía Quintana y Nicolás Illoro que se embarcan en este canto inmenso al poder de la ficción, los cómicos y el teatro. Crónica Directo mantiene una conversación con los tres para diseccionar este inmenso vodevil que se representa en el teatro La Latina de Madrid hasta el 26 de junio.

Los protagonista de 'Ser o no ser' / SERGIO PARRA
Los protagonista de 'Ser o no ser' / SERGIO PARRA

--Pregunta: ¿Qué se va a encontrar el espectador que no ha visto o no conoce ‘Ser o no ser’?

--Juan Echanove (J.E.): Es la historia de una compañía de cómicos polacos que, por una serie de vicisitudes en el momento en que se produce la función, que es la invasión de Polonia por parte de Hitler, se ven involucrados en tener que salvar a la resistencia polaca con lo único que tienen a mano, su capacidad de hacer teatro y crear situaciones imaginarias para acabar con los nazis y evitar que una acción de uno de los personajes pueda acabar con la resistencia. Todas estas peripecias son de comedia y vodevil, por lo que el espectador se va a encontrar dos horas de un espectáculo trepidante, en el que van a vibrar de alegría y, en muchos momentos, la emoción.

--Todo un canto al teatro y a la cultura en general, se puede decir.

--Lucia Quintana (L.Q.): Sí. Además, a diferencia de la obra de Lubitsch, el montaje de Juan se basa sobre todo en la teatralidad y en el truco teatral, en sus elementos: tanto en la escenografía y el vestuario de Ana Garay, como en la luz de Carlos Torrijos, en la música de José Manuel Recacha, que es una maravilla… Se juega mucho con el hecho escénico y el juego del teatro. Esa sería la mayor diferencia con la película.

--Defínannos a sus personajes.

--Nicolás Illoro (N.I.): Yo soy Sobinski, el guapísimo aviador de la RAF (ríe con Lucía que añade el calificativo). Yo lo defino desde el amor, está enamorado de Maria Tura y toda su acción se basa en el amor a ella y a su patria. Todas las acciones que lleva a cabo se basan en eso. Se mete hasta el cuello en su relación y en la guerra porque lo siente desde el fondo de su alma. También hago de Schultz, el asistente del coronel nazi Ehrhardt, que, al final, lo podría definir desde el mismo sitio, porque se ha visto involucrado en una guerra y la defiende con su voluntad y valentía, pero siempre desde una clave de humor, aunque lo que vive no tiene nada de gracioso. Son dos caras de la misma manera y que están en ese bando porque los ha tocado. Y otro, del que se hablará mucho, pero no pienso decir nada.

--L.Q.: Yo hago de Maria Tura, la gran dama del teatro polaco y esposa de Joseph Tura con el que tienen el teatro Turaski. Es una gloria nacional (bromea empujada por Nicolás). El personaje es una delicia porque tiene un sentido del humor superinteligente, maneja la ironía y la seducción de manera muy divertida. Y se encuentra con la dualidad de que ama profundamente a su marido y lo admira, pero se encapricha y tiene mucha necesidad de idilio, quizás porque su marido es un vanidoso de narices, de este aviador que le pone muchísimo. Estará en ese triangulo y al tiempo trata de distraer y seducir nazis como puede para salvar la situación, su vida y a la resistencia.

--J.E.: Yo hago de Joseph Tura y otros dos personajes, el falso coronel Ehrhardt y el falso Seleski. Es un actor cuyo objetivo es trascender, no le basta con ser buen actor. Él sabe que lo es, exagerado, pasado y le da igual, porque vive muy a gusto en su parcela de fama. Pese a tener ese rasgo vanidoso, de creerse el mejor de todo, tiene esa ternura porque tiene esa capacidad heroica de echarse un montaje o un país a la espalda. Sobre todo, entiende que, más allá de lo que piense de ellos, sus actores son su familia, su patria, su país… Algo que nos pasa a los actores desde siempre. Los actores frente al teatro construimos una patria que defendemos con nuestra vida.

Nicolás Illoro, Lucía Quintana y Juan Echanove / EFE
Nicolás Illoro, Lucía Quintana y Juan Echanove / EFE

--¿Cómo es ese trabajo de multiplicarse como personaje?

--N.I.: Es todo un reto y para mí es divertidísimo. Yo no lo había hecho nunca y menos a este ritmo. Hay un momento en la función, en el que en tres minutos tengo no solo que cambiar de personaje, sino de ropa (sonríe) y ser otra persona y jugar a otro juego. Para mí, es ahí donde está la magia de esta profesión. Me lo paso pipa. Además, te pone en un lugar de peligro constante y me gusta, me pone eso. Creo también que el espectador lo agradece, es casi un número de circo, el más todavía. Si sale bien, es un triunfo y ha salido bien.

--J.E.: Lo mismo te iba a decir yo. Igual hacer varios personajes tiene tanta complicación como hacer el monólogo de uno. Al final, todo se reduce a que tengas capacidad de que el espectador fije su atención en lo que haces y seas capaz de conmoverlo, de hacer que le pase algo. Los actores a lo máximo que podemos aspirar es a ser medios. Es decir, que los personajes pasen por nosotros de una manera tan viva que lo que trasladamos sea una imagen viva. Somos vehículos de paso, nunca podemos sentirnos propietarios del personaje, el personaje pasa por nosotros, diariamente, además.

--La obra aterriza en plena guerra en Ucrania. ¿Se ha vuelto incluso más actual?

--J.E.: Yo no te la puedo situar por esto, porque la empezamos a construir hace un año. Los ensayos los empezamos el 3 de enero y el día que los di por cerrados fue el día de la invasión de Ucrania y ya tenía montado todo el muñeco. Y el muñeco, con lo que pasa, tiene una pátina de actualidad que la vamos a jugar. No nos queda otra, es lo que está pasando en la calle.

--La invasión de Ucrania, frente a la escena de la entrada de los nazis a Polonia, resuena.

--J.E.: Además ese es un momento de mucha conmoción. Te hablan de ello en el Telediario, pero el teatro, sólo con los espacios sonoros y visuales, con muy poco, tiene esa capacidad de generarte una sensación muy real. Y el público ve lo que es una guerra muy cruda y el efecto que tiene en esos pobrecitos cómicos. Esa escena se convierte en un núcleo de la función. La gente al final reflexiona, se divierte, llora de emoción… Tiene lo que ha de tener un espectáculo.

--Y lo hace en formato comedia, con un vodevil simple, sino alta comedia. ¿Es más necesaria?

--J.E.: Exactamente. Estamos haciendo alta comedia y para hacerla bien hay que hacerla muy en serio. Si nosotros jugáramos fríamente la interpretación de nuestros personajes, sería una mascarada. Los personajes son vivos, son reales y tienen ese sentido del humor porque lo tienen esos polacos, que no es otro que el que aportan los actores al montaje. Toda esa destilación hace que el cuento fluctúe entre la comedia y la emoción. Las conclusiones dramáticas sobre la actualidad le corresponden al espectador. Nuestra misión es hacerles trepidar, llevarlos a toda velocidad por la montaña rusa.