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Meade y Vasallo, interpretando Aida / A.BOFILL (LICEU)

Una Aida de fuegos artificiales

Con esta obra se aseguran ingresos, a la gente le gusta, pero no se exploran nuevas oportunidades

Toni Olivé
9 min

Es difícil que no guste una representación de Aida, al menos su segundo acto, el de la celebérrima marcha. La Orquesta y Coro del Liceu tiene mili suficiente como para pasar con nota el examen. Y sin duda orquesta y coro, conjuntamente con los decorados, son lo mejor de la actual producción. Porque Angela Meade (Aida) y, sobre todo, Yonghoon Lee (Radamés) son fuegos artificiales, capaces de sobresalir cuando el coro y la orquesta tocan a todo volumen, pero incapaces de transmitir la pasión y la dulzura que han de reinar en el tercer y, sobre todo, en el cuarto acto. No forman una pareja creíble que transmita, especialmente el tenor surcoreano, más preocupado de la cantidad, del chorro de voz, que de la calidad y calidez de la misma. Quien sea masoquista, que escuche grabaciones del final de Aida de Pavarotti, Domingo o el muchísimo menos técnico Alagna antes de ver a Lee.

Porque cantar Aida no es nada sencillo, hay que pasar de la potencia y el ardor guerrero a la sensibilidad y la dulzura de los dúos en los que hay que transmitir el amor y la tristeza de Aida y Radamés. Y gritando difícilmente se transmiten esos sentimientos. Si al final del segundo acto tras el climax de la marcha triunfal todo el mundo salió medio aturdido por la demostración de fuerza atronadora tanto de una orquesta y coro claramente reforzados aunque en el programa no se dice con quien, como de los solistas, el último dúo de la obra, (O terra addio) generaba miradas de estupefacción porque aunque Lee ha cantado esta misma ópera en el Met hace un año, como elenco secundario y con críticas regulares es cierto, estuvo lejos de la altura de uno de los finales más bellos de la historia de la ópera. Lee no es capaz de entonar cantando bajo y busca los pianos con una mezcla de falsete y engoladura que suena como un quejido cuando no un balbuceo, creando un gran contraste con sus atronadores y casi circenses agudos a todo volumen. Meade tiene en su voz un mejor y más dominado instrumento, aunque comparte con el coreano ciertas carencias expresivas. Que la noche del estreno no fue la mejor para Meade lo atestigua la cara seria con la que saludó al acabar la función, tal vez por el “accidente” vocal que tuvo al atacar un agudo en “¡O Patria mía!” en el tercer acto o por el deslucido dúo final.

Quienes encarnaron los papeles menos protagonistas estuvieron algo mejor, especialmente Amneris (Clémentine Margaine) y Amonastro (Franco Vasallo), en este último caso salvando el hecho que quienes encarnan a un padre y una hija se llevan solo siete años en la vida real. Dado que la ópera es un espectáculo total no estaría de más tratar de hacer creíbles en los repartos ciertas relaciones que chirrían en lo más básico porque no son pocos los casos donde la relación o el papel que se representa es poco o nada creíble por las características del intérprete. La ópera no solo es canto, también interpretación, y los sentimientos deben fluir sin barreras. O se afina más en el casting o se trabaja más en la caracterización o simplemente se renuncia a la teatralidad.

Está muy de moda mezclar cosas, pero si se opta por una producción clásica como la actual la danza contemporánea y la capoeira no parecen lo más adecuado para unos números de baile en el antiguo Egipto, aunque tampoco la producción se esmeró mucho buscando figurantes para hacer de soldados, sorprendentes por su delgadez y falta de musculatura. Mirando con detalle la producción se ve cierta falta de pasión por el detalle que hace que no sea, ni mucho menos, una producción redonda.

Pero tal vez lo más significativo de esta producción son los decorados y el propio hecho de volver a programarse en el Liceu. Aida es un comodín que llena, o rellena, la temporada del Liceu en demasiadas ocasiones, tal vez solo superada por Carmen, que también veremos este año. De nuevo Aida en el Liceu, de nuevo con la escenografía de Josep Mestres Cabanes, la de los magníficos lienzos pintados hace 75 años que transmiten una profundidad inusual para unos lienzos al óleo gracias a un magistral juego de trampantojos, realzados en esta producción por movimientos de entrada y salida de en alguna escena para evidenciar que todo son lienzos planos y no hay nada en tres dimensiones. Sorprende que con una escenografía tan versátil, no hay objetos tridimensionales en el escenario, solo cortinas, los intermedios sean tan largos que hacen que una ópera de 2 horas y 26 minutos de música requiera casi cuatro horas de presencia. Tres entreactos de veinte o treinta minutos son demasiado y técnicamente no debieran ser necesarios salvo que los lienzos estén muy apurados, cosa que parece ser el caso. Y por cierto, en el ensayo general se decidió cambiar la duración de los entreactos, algo no debió ir muy bien.

El Liceu ha encontrado una mina en la recuperación de la escenografía de Josep Mestres Cabanes y el vestuario de Franca Squarciapino, y ésta es la quinta temporada (2001, 2002, 2007-08, 2012 y ahora 2020) en que se ofrece desde la reapertura del Liceu. En la presentación de esta producción dijeron que los lienzos no están muy bien conservados y que podrían acabar en un museo, de ahí la lentitud de los cambios. Podría ser, como podría considerarse usar esta producción, con decorados originales o reproducciones, y trabajar en algo similar para montar el ABC del Liceu, es decir Aida, la Boheme y Carmen. Así se podría hacer una programación para atraer turistas, cruceristas, congresistas e invitados de empresas, siendo opcional en el abono. O se podría representar en teatros con menos medios que el Liceu, porque no requiere de grandes medios manipular unos lienzos que aparentan profundidad donde no la hay. Hacer “bolos” podría ser viable y crearía cantera tanto de profesionales como de público. Esta Aida, como la Carmen que de nuevo veremos este verano, podrían ser un comodín para mejorar los resultados económicos de la temporada, pero para eso habría que animarse a abrir el Liceu muchos más días de los que se hace ahora y sobre todo aplicar más creatividad en la gestión de espacios, producciones, entradas y abonos. Gestionar el Liceu no solo es negociar más subvenciones y mecenazgo, hay que ser capaces de producir muchos más ingresos. Con esta Aida se aseguran ingresos, a la gente le gusta, como demuestran el casi lleno de las 12 sesiones programadas, pero no se exploran nuevas oportunidades.