Autoretrato de Anna Turbau, de 1980
Anna Turbau, la fotógrafa que hizo de la empatía una forma de mirar
Una gran exposición antológica en el Palau Robert de Barcelona recupera la figura de la pionera del fotoperiodismo catalán
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Durante décadas, miles de fotografías permanecieron guardadas en cajas mientras la historia del fotoperiodismo español se escribía sin apenas mencionar su nombre.
En ellas estaban imágenes de las movilizaciones sociales de los últimos años de franquismo y de la Transición, testimonios inéditos de las comunidades gitanas de Ripollet, de las internas del centro penitenciario de Wad-Ras, de la primera Diada después del franquismo o de la actuación de la mítica Ella Fitzgerald en el Festival de Jazz de Barcelona a mediados de los años 70.
Primera Diada en Barcelona después del franquismo, el 11 de septiembre de 1977
En definitiva, la mirada de Anna Turbau (Barcelona, 1949-2025), una autora comprometida e inquebrantable que, más allá de documentar realidades incómodas, se implicaba en ellas.
“Yo era ellos, su causa era la mía”, solía decir en sus declaraciones, cuenta a Mujeres en Crónica Maria Planas, comisaria, junto a Adra Pallón y Silvia Omedes, de Anna Turbau. En veu pròpia, una magnífica exposición que descubre el universo personal de la autora catalana.
El redescubrimiento de un legado excepcional
Organizada por el Palau Robert y la Fundación Photographic Social Vision, en colaboración con el Centre Internacional de Fotografia Fundació Toni Catany y el Consello da Cultura Galega, la muestra —hasta el próximo 30 de agosto— no solo recupera una de las voces más personales del fotoperiodismo, sino que, además, corrige en cierto modo una injusticia histórica: el hecho de que una figura esencial de la fotografía documental de la Transición permaneciera durante décadas en un discreto segundo plano.
El excepcional corpus expositivo reúne imágenes icónicas y una amplia selección de fotografías inéditas recuperadas durante el proceso de revisión y catalogación de un archivo de más de 40.000 negativos iniciado apenas dos años antes del fallecimiento de la autora.
Manuel Álvarez Rodríguez, paralítico, junto a su mujer, en Cenlle, Ourense, el año 1978
Resulta muy significativo que fuera la propia fotógrafa quien, en mayo de 2023, acudiera a la Fundación Photographic Social Vision para ver si la podían ayudar a gestionar su archivo, explica Maria Planas.
Hace años que había abandonado la fotografía profesional para dedicarse a proyectos más personales y a cuidar de su pareja, el realizador Lorenzo Llorenç Soler. Tras su muerte, deseaba recuperar su actividad y, sobre todo, poner en orden su inmenso legado. Cuando regresó a sus imágenes, lo hizo con la curiosidad de quien vuelve a abrir un álbum olvidado.
Así fue como comenzaron juntas, “yo a descubrir su archivo y ella, a redescubrirlo y a verlo de otra forma tras el paso de los años”, recuerda Planas.
Aquellas reuniones semanales entre ambas no solo cimentaron una relación que aún duele y emociona, también se convirtieron en un ejercicio de introspección entre la fotógrafa que era y la mujer que contemplaba, décadas después, el alcance y el significado de su propia obra. “Se estaba dando cuenta de que su trabajo era importante, que tenía sentido, que no podía pasar desapercibido”.
Reivindicar a una autora fundamental
Y es que, paradójicamente, mientras que en Galicia el valor de su fotografía se reconoce desde hace décadas —hasta el punto de que el Consello da Cultura Galega custodia el grueso de su producción gallega—, en Cataluña seguía siendo una fotógrafa insuficientemente reconocida.
Poblado gitano de O Vao, en Pontevedra
La idea de organizar una gran retrospectiva nació, precisamente, con el propósito de reparar ese desequilibrio. De situar en el lugar correcto unas imágenes que trascienden el momento en que fueron creadas, que van más allá de aquel contexto y del ámbito puramente fotoperiodístico, y que, por supuesto, tienen una dimensión artística.
En 2024 comenzaron las conversaciones con el Palau Robert. “La cosa iba bien y Anna estaba entusiasmada. Además, a finales de ese mismo año, el Plan Nacional de Fotografía de la Generalitat adquirió 23 copias. De alguna forma, ella sintió que empezaba a ser reconocida. Contra todo pronóstico, se nos fue repentinamente el 19 de marzo de 2025. Poco después de su fallecimiento se confirmó la exposición del Palau Robert”.
Una antológica, un duelo
Los comisarios tuvieron entonces que afrontar un desafío poco habitual: construir una exposición sin la presencia de la persona que junto a ellos la había imaginado y anhelado.
“Esta exposición ha sido también, en cierto modo, un duelo”. Pensaron entonces que lo que deberían hacer era que Anna les hablase de su obra, de su trabajo, que estuviese muy presente en la selección y en el comisariado de esta exposición antológica.
Traperos, en Barcelona, en 1983
Por eso, el recorrido no responde a criterios cronológicos ni localizaciones geográficas, sino a una forma de entender la fotografía y la vida que, en su caso, resultan inseparables, “Anna y su fotografía, su vida y su profesión eran totalmente indisociables”.
Una mirada comprometida
Esa mirada suya tan comprometida estuvo presente a lo largo de toda su trayectoria. En 1975 retrata la marginalidad del barrio del Raval, “visibilizando una realidad que el franquismo quería esconder”.
Ese mismo año, viajó junto a Llorenç Soler al poblado gitano de O Vao, en Pontevedra, donde el arquitecto César Portel construía viviendas para la comunidad.
Mientras Soler filmaba, ella comenzó a fotografiar la vida cotidiana del asentamiento. Allí entró en contacto con movimientos sociales reivindicativos que protestaban contra la construcción de la AP-9, la autopista del Atlántico. Congenió con ellos y decidió quedarse.
Convivía con las personas, compartía sus preocupaciones y acababa formando parte de todo aquello que documentaba. Esa implicación se percibe en sus imágenes, “estaba en medio de los manifestantes”.
Documentalismo y sensibilidad estética
Aún con la cercanía, nunca buscó el dramatismo fácil y fugaz. Quizá por eso, nunca terminó de sentirse cómoda con la etiqueta de fotoperiodista.
Aunque colaboró con cabeceras como Interviú, Primera Plana o El Observador, necesitaba tiempo para comprender aquello que fotografiaba.
“Ella se consideraba más documentalista que fotoperiodista (...). La inmediatez del fotoperiodismo no le gustaba, necesitaba profundizar en los temas”, explica Planas.
Interna del centro peninteciario de Wad-Ras
Pero su trabajo no se sostiene únicamente sobre el compromiso. También posee una enorme sensibilidad estética muy especial hacia la composición fruto de su formación en diseño gráfico.
Fotógrafa autodidacta, en sus declaraciones siempre decía que dormía con un libro de Magnum en su mesita de noche, la mítica agencia era su único referente.
Obra inédita y copias de época
En la exposición están sus imágenes más icónicas de Cataluña y de Galicia, pero también otras inéditas fruto de la reciente revisión de su archivo. “Algunas son fotografías que sí aparecieron en prensa pero que nunca fueron expuestas, pero otras son totalmente inéditas”, apunta la comisaria.
De las 120 obras que conforman Anna Turbau. En veu Pròpia hay copias analógicas actuales y copias de época que el equipo curatorial ha querido indicar formalmente enmarcándolas en paspartú.
“Para nosotros son muy importantes estas copias de época porque es la mirada autoral, es la mirada de Anna, son aquellas fotografías que ella quiso copiar”.
Existe otro motivo, “una peculiaridad didáctica porque muchos visitantes desconocen, primero, la fotografía analógica y segundo que los autores copiaban sus fotografías indicando así sus predilecciones”.
Una muestra que, además, está acompañada de citas, declaraciones y entrevistas que la propia autora hizo a lo largo de su vida, y que ayudan a entender la profundidad de su trabajo, cómo veía la fotografía, qué quería fotografiar y por qué.
“Para Anna, la fotografía era conocimiento, pero también compromiso. Era de las personas que creían que la fotografía podía contribuir a transformar el mundo o, al menos, a denunciar situaciones injustas”. Y a ello se comprometió en cuerpo y alma. Por algo se consideraba una incansable “militante de la fotografía”.