Dos obras de Miquel Navarro en casa de Amadeu Fabregat

Dos obras de Miquel Navarro en casa de Amadeu Fabregat cedida

Creación

Amadeu Fabregat celebra a Miquel Navarro

"Considero que en el llamado disfrute estético cuenta también la posesión de la obra, por la posibilidad de contemplarla en soledad a cualquier hora de día, lejos de las masas que actualmente infectan los museos como otra pandemia de lo contemporáneo"

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Los americanos llaman “comeback kid”, o sea, "chico del regreso", a un deportista que vuelve a ganar después de una lesión, un político que parecía acabado pero remonta inesperadamente en las encuestas, un artista que tras años de travesía del desierto vuelve a ser popular.

También hay casos así en la literatura: figuras prometedoras que desaparecen de un día para otro, arrastradas por las urgencias de la vida, y años después regresan triunfalmente. Claro que hay regresos que tardan tantos años en producirse, que el comeback ya no es un kid, sino un señor entrado en años.

Este es el caso de Amadeu Fabregat (Torreblanca, Castellón, 1948), que a los 24 o 25 irrumpió en el panorama de la literatura catalana con una novela titulada Assaig d’aproximació a Fallas folles fetesfoc, que fue una brillante carta de visita y lo que Ponç Puigdevall define como una “alucinación verbal”. Se reeditó, corregida y con aparato de notas, en 2019.

Amadeu Fabregat

Amadeu Fabregat Grup 62

Y ahora, es decir, cincuenta años después, regresa Fabregat con L’anell del Nibelung, novelón de 600 páginas, de prosa envolvente, hipnotizante, llevada con pulso firme; el argumento, o la excusa para lanzar adelante ese discurso, trata de un profesor jubilado llamado Millet que vuelve a la ciudad de su infancia, de la que huyó cuarenta años antes, cargando con un fuerte sentimiento de culpa.

Vuelve desde el norte de Europa para asistir a una representación de las cuatro óperas de Richard Wagner que forman El anillo del Nibelungo, dirigidas por Zubin Mehta. No puedo decir mucho más sobre la novela, porque acabo de recibirla y apenas he empezado la lectura. La publica Edicions Proa.

Lo conocí vagamente, a Fabregat, mucho tiempo atrás cuando yo andaba liado en ciertas aventuras televisivas. Ahora, para celebrar el premio de la Crítica en la categoría de Narrativa en catalán que se le acaba de otorgar por L’anell del Nibelung, hemos almorzado juntos en Madrid.

Miquel Navarro

Miquel Navarro Guggenheim Bilbao

Qué trayectoria profesional tan interesante. Durante esos cincuenta años alejado del mundo editorial ha trabajado Fabregat en periodismo y sobre todo en televisión, y dirigido la de la Comunidad Valenciana en los años de Lerma; luego se asentó como independiente y ha estado, discretamente, detrás de muchos de los programas más populares de las cadenas públicas y privadas de España.

De sus prometedores inicios literarios no se acordaba casi nadie.

No conozco a ciencia cierta los detalles de esa deriva profesional, o de ese desvío de la literatura, pero después de volver a charlar con él saqué la conclusión de que durante estos muchos y muy agitados años Fabregat se lo ha pasado muy bien, que ha vivido en Valencia, luego en Madrid, y que actualmente se ha retirado a una casa en el norte de España, con su gran biblioteca y su escogida pinacoteca.

Le invité a participar en el juego de los domingos, o sea a elegir una obra plástica que le interesase especialmente. Al día siguiente me envió un mail cuya redacción ya dará idea al lector de que, con o sin premio, Amadeu es un escritor serio, ambicioso, fino, divertido y logrado. A lo que dice su carta no añadiré una palabra, pues, como decía Gertrude Stein “Una rosa es una rosa es una rosa”:

“Considero que en el llamado disfrute estético cuenta también la posesión de la obra, por la posibilidad de contemplarla en soledad a cualquier hora de día, lejos de las masas que actualmente infectan los museos como otra pandemia de lo contemporáneo.

Entre las piezas predilectas de mi pequeña colección hay dos obras de formato grande de Miquel Navarro que son parte también de mi biografía.

Porque la primera, el lienzo cuadrado en tonos grises de la derecha, fue un regalo de Miquel de principios de los años 70 (lleva fecha de 1973), cuando yo era un estudiante de filosofía y un aprendiz de escritor de escasos medios, y él un chaval aficionado a la pintura, pero que sobrevivía con trabajos que nada tenían que ver con el arte.

Mantuve durante mucho tiempo una buena amistad con Miquel y con Rafael, su pareja de siempre, y salíamos a comer los domingos por los alrededores de Valencia. También realizamos un loco viaje veraniego, en el pequeño turismo de Rafael, que nos condujo hasta Ámsterdam, donde, por cierto, nos estafaron al vendernos unas pastillitas de LSD que al final resultó ser sacarina o cosa parecida.

Ninguno de los tres había cumplido 30 años, y yo tenía 25 cuando Miquel pintó el lienzo en tonos grises de la derecha, en aquella belle epoque de mitad de los 70 que Franco se cargó al morirse.

Con los años, Miquel se convirtió en un gran artista de trayectoria internacional, conquistando la fama que merecía porque siempre fue, además de un gran tipo, una fuerza salvaje y creativa de la naturaleza.

Y a mí tampoco me fue mal, salvando, por supuesto, las distancias, por lo que ya en el siglo actual me pude permitir adquirir en una subasta de Madrid la segunda pieza.

Una obra de mayores dimensiones, y que podríamos ubicar entre la pintura y la escultura, para que hiciera compañía al regalo setentero de Miquel.

Y estas dos obras cuelgan como un puente entre dos pasados —uno mucho más remoto que el otro— en la casa de Torreblanca (Castellón) que fue de mis padres, actualmente deshabitada pero repleta de montones de libros olvidados, obras de arte para las que ya no dispongo de más paredes donde colgarlas, y algunos pedazos sueltos de mi averiada memoria.”