Publicada

Conocí a Bashkim Shehu (Tirana, Albania, 1955) al poco de que llegase a Barcelona, exiliado de su país, donde su vida corría peligro. Se había acogido a un programa de ciudades europeas que protegían a escritores en su precaria situación, impulsado aquí por Pasqual Maragall. En seguida publicó uno de sus libros, impresionante como obra literaria y como documento sobre los rescoldos de una tiranía, la de Enver Hoxha (1908-1985) tan pavorosa que sólo admite comparación con la de Stalin o la de Mao, con la particularidad de que su padre, el padre de Bashkim, fue el ministro del interior, brazo derecho y sucesor in pectore del sangriento tirano hasta caer víctima de una de sus purgas.

Cuando su padre, falsamente acusado de ser enemigo del régimen a sueldo de potencias extranjeras, fue asesinado o, según la versión oficial, se suicidó, Bashkim y el resto de su familia fueron encarcelados. Años en prisión durante los cuales, y antes de ellos, Bashkim leyó la gran literatura universal y se convirtió, él mismo, en un gran escritor europeo.

Luego, tras la caída del régimen al rebufo de la implosión del imperio comunista europeo, publicó algunos libros sensacionales, como Confesión al pie de una tumba vacía (Península, 1998) Angelus Novus, (2017) y unas Correspondencias, con Bernardo Atxaga, en español.

En su país, en Francia y otros países, ha publicado muchos libros más y traducido al albanés muchas obras españolas, francesas, italianas, etc. Ha dirigido varios proyectos y publicaciones sobre Europa del Este. Vive en los alrededores de Barcelona y es lo que se suele llamar un sólido intelectual europeo.

A mí me parece sólido, sabio. Me tiene robado el corazón Mozart con retraso, una novela que he leído en francés pero que, no sé por qué, en España, donde se publican docenas de miles de títulos al año, aún no ha encontrado cabida. Quizá es que las historias ambientadas en el mundo comunista de la segunda parte del siglo XX no encuentran aceptación por magistrales que sean. Se prefiere... No entraré ahora en ello.

El juego de los domingos

El caso es que el otro día le invité al juego de los domingos, o sea, a elegir una obra de arte moderno que le interpele especialmente. Me señaló una obra de Brancusi, y la acompaña con un texto escueto:

“Hay una escultura de Constantin Brâncusi titulada Columna del infinito. Un chiste rumano de los tiempos de Ceaucescu decía que esta obra era una representación de la política del régimen, que apretaba, luego se relajaba, luego apretaba, y así hasta el infinito. El chiste me parece bueno: lo mismo sucedía en mi tierra de origen, Albania, o en la URSS, o en China. De modo que es un chiste con cierta envergadura universal. Sin embargo, es algo frívolo en relación con dicha obra de Brâncusi. Pero esta obra tampoco es una representación del infinito malo de Hegel. La creación artística no se reduce a la ilustración de una tesis. Tiene potencialmente una infinitud de significados. Y el significado de esa escultura de Brâncusi es, tal vez, lo que acabo de decir... y una infinitud de otras cosas potencialmente enunciables.”

Vista de la obra 'Columna del infinito', del escultor rumano Constantin Brâncuşi Wikipedia

Yo conocía esta obra con el título de La columna sin fin... Siempre me ha impresionado, no exactamente por las referencias que da Shehu, sino como una idea precisamente de potencial infinitud del talento humano, como una variante estilizada y modesta de la torre de Babel con la que quisimos alcanzar el cielo, proyecto por el que fuimos castigados. Una idea estilizada, conmovedora, como también lo son otras esculturas del rumano, como la pulida, durmiente Diosa que se ve de vez en cuando en el Reina Sofía. Hay muchas fotos de Brancusi en su taller con versiones, en varios materiales, de esa columna cuya versión “oficial” se alza en un parque de Rumanía, junto con otras de sus monumentales esculturas. Yo siempre he pensado en ella como en un ímpetu de alegre y racional proyección hacia lo alto. Como una voluntariosa candidez que nos honra. Un logro. En fin.

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