Valentí Puig en una entrevista

Valentí Puig en una entrevista Lena Prieto

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Valentí Puig: “Sant Jordi ya no tiene nada que ver con la literatura”

El escritor y periodista repasa en una entrevista la deriva de la industria editorial, la fractura que el procés abrió en la cultura catalana y la decadencia de los valores occidentales

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Valentí Puig (Palma, 1949) ha abandonado Barcelona. Suficientes ciudades, restaurantes y noches de periodismo grabadas en la retina de quien todo lo ha visto y luego lo ha escrito. Mallorquín que escribe en catalán y en castellano, vivió en Madrid, en Londres y durante años en Barcelona: su patria, dice, no es ninguna de esas ciudades sino su infancia y sus primeros recuerdos. Las calles de Palma que recorría con su madre.

Hoy vive en el campo, lee, escribe y recupera el tiempo que le robó el periodismo durante décadas. Observa con melancolía la deriva de la industria editorial, la fractura que el procés abrió en la cultura catalana y la pérdida de los valores occidentales en los que un día creyó.

Este Sant Jordi se quedará en el pueblo. “Es un día que ya no tiene nada que ver con la literatura, parece una liquidación de existencias”, explica.

--Sant Jordi se acerca. ¿Vendrá a Barcelona?

--Desde hace años, Sant Jordi tiene un aire de liquidación de existencias. La gente lee menos y la industria busca la manera de sacar rendimiento en un solo día. Pero ya no tiene nada que ver con la literatura. Antes, era un día de contacto entre lectores y autores. Se ha distorsionado comercialmente, y se ha olvidado que hay personas que interpretan el mundo escribiéndolo.

--Cuando me dijo que vivía en el campo me sorprendió. Usted, que ha escrito crónicas vibrantes sobre tantas ciudades europeas, tantos buenos restaurantes, tanta vida.

--Tengo 77 años y quiero recuperar el tiempo perdido. El periodismo es una máquina de comerse el tiempo. Mi edad y mis circunstancias me permitieron buscar más tranquilidad. He huido de Barcelona y no echo de menos casi nada. La ciudad ha cambiado muy rápido y de forma brutal... Aquí controlo mi tiempo para leer, para escribir y para envejecer.

--¿Qué echa de menos?

--Lo mucho que me gustaban los restaurantes y los bares. Ahora he perdido la ilusión por comer en ellos.

--Se ha recluido como su admirado Josep Pla en el Mas Pla, su masia de Llofriu.

--Él vivió intensamente el periodismo y atravesó momentos trágicos de la historia, pero era un hombre de vida social, de tertulia. Yo cada vez lo soy menos. Aun así, disfruto cada momento del día y practico el agradecimiento por las cosas que la vida me ha ofrecido.

--¿Después de 40 libros, cómo tiene ganas de seguir escribiendo?

--De joven escribía por las noches; ahora, por las mañanas. La mañana te permite cierto método: pones las redes y, al cabo de unas horas, compruebas si has pescado algo. Pero el único combustible de la escritura es la lectura.

Valentí Puig durante una entrevista

Valentí Puig durante una entrevista Lena Prieto

--Los únicos maestros son los escritores que admiras.

--Cuando un libro te gusta, debes pensar en cómo está hecho. La primera vez, lo lees maravillado por la capacidad creativa, la imaginación o el estilo. Luego, debes analizar cómo se ha construido la obra.

--¿Cuál es la última novedad literaria que le ha removido?

--Leo mucha historia y biografías, cuyo nivel y exigencia supera al de mucha ficción. La novela atraviesa una atmósfera tóxica, producto de las exigencias de la industria: muchos de los títulos que llegan al mercado son productos manufacturados, y los premios literarios lo evidencian.

--Las editoriales son empresas.

--Y por eso tienen tanto mérito las pequeñas y medianas, que mantienen el equilibrio entre calidad y viabilidad. Los grandes grupos son otra cosa distinta.

--Cada vez hay menos prescriptores culturales.

--Por la desaparición de la información cultural. Cada vez hay más influencers que recomiendan libros, cuando en realidad son analfabetos. Esta distorsión nos ha arrastrado a una etapa de postliteratura. A la palabra le ha ganado la pantalla, y eso me hace dudar sobre qué significa escribir hoy. Yo escribo porque no sé hacer otra cosa, pero la pantalla ha ganado. El cine conquistó la capacidad narrativa de una manera insuperable, y luego ha venido algo mucho peor.

--¿Qué?

--La inteligencia artificial acabará ganando premios literarios. Ya hay productos editoriales hechos por programas que analizan qué quiere leer la gente. Es desesperanzador ir en transporte público y ver la poca gente que lee; y, los que lo hacen, no consumen literatura.

--¿Cómo ve la literatura catalana actual?

--Ya no la sigo como antes, cuando estaba obligado a hacerlo. Ahora tengo margen para leer lo que realmente me interesa. El mundo académico y literario catalán ha perdido la orientación. Acabo de leer unas cartas entre Espriu y Vinyoli que eran para tirarlas a la basura: no tenían ningún interés. Hay autores que podrían reciclarse para conectar con nuevos lectores, pero no hay críticos que hagan ese trabajo. Tenemos una cultura muy pequeña que se empequeñece todavía más. A eso hay que sumarle el efecto del procés, con su lógica de buenos y malos.

--¿El procés ha afectado a la literatura?

--Su efecto monotemático ha sido negativo. Ha tensado la relación entre quienes escriben en catalán y quienes lo hacen en castellano. Desde Rubió i Balaguer siempre hemos asumido que existe una cultura catalana que puede manifestarse en dos lenguas. ¿Acaso Marsé deja de ser de Barcelona por escribir en castellano? Los simplismos del procés han generado animadversión entre escritores. El pujolismo ya tendió a intervenir en la cultura de forma excesiva en nombre de una idea de Cataluña que no es la de todos. Ahora tenemos autores que nadie conoce traducidos al ucraniano.

--Usted es mallorquín, escribe en catalán y en castellano, vivió en Madrid, en Londres y en Barcelona. ¿De dónde se siente?

--Mi país es la infancia, que es donde habita la memoria y la imaginación. La literatura es una química extraña entre estas dos cosas. Y toda mi memoria me remite a la infancia. Recuerdo más cosas de entonces que de hace diez o quince años. Mi patria no es Mallorca, ni Palma, es la calle donde nací, donde paseaba con mis padres.

--Siempre se ha definido como conservador, pero muy alérgico al sentimentalismo político.

--El procés ha acabado con el catalanismo. El intento de revivirlo es una empresa inútil. El mapa político está desquiciado en Cataluña.

--¿El catalán está desapareciendo?

--No, pero sí perdiendo fuerza por los cambios sociales y el impacto de la inmigración. Las próximas generaciones de escritores catalanes escribirán en castellano. Se ha usado la lengua con un punto de vista impositivo y beato. La cultura catalana tiene que decidir qué quiere ser cuando sea mayor. Y no todo está perdido: en los 60, durante el franquismo, se escribieron algunas de las mejores páginas en catalán. Tuvimos a Espriu, Pla, Rodoreda, Villalonga o Sales. Había más calidad entonces que ahora tras la inmersión lingüística y el procés. Tenemos un problema en la relación entre la sociedad y la literatura.

--¿Cómo explica el avance de la extrema derecha, también en Cataluña?

--La inmigración ha cambiado el mapa político europeo y ha creado a la ultraderecha. Barcelona siempre ha querido ser la ciudad más progresista y vanguardista del mundo. Pero si siempre quieres ser políticamente correcto generas el efecto contrario. La generación que hoy tiene 20 años es la más ultra que ha habido en mucho tiempo. Es acción y reacción. Cataluña necesitaría una política estratégica sólida, abierta y con inversiones extranjeras. Pensar qué pasa con el turismo o con Rodalies. La situación actual es muy verbosa, con un lenguaje progresista muy pasado de rosca. Eso ha dado pie a Aliança.

--Uno de sus libros, La bellesa del temps, cuenta la experiencia de sus años en Londres como corresponsal. ¿Qué aprendió del conservadurismo inglés que no haya encontrado luego en el conservadurismo español?

--Los tories tenían un sentido institucional que la derecha española nunca ha tenido. Los británicos también lo han acabado perdiendo. Viví el Brexit desde dentro: era ofensivo. Xenofobia pura, desconfianza del extranjero. Y todavía no saben cómo salir de él. En Francia pueden tener a Le Pen, en Alemania la democracia cristiana está condicionada por la extrema derecha, y Trump lo desbarata todo con una forma de expresarse que niega la política, la diplomacia o las formas mínimas. Es un momento muy oscuro.

--Este Sant Jordi recibe el premio de Societat Civil Catalana (SCC) por la defensa de los valores constitucionales.

--Creo que hace falta reivindicar una opinión sólida a favor del constitucionalismo. La Constitución del 78 fue un gran paso adelante del catalanismo: Tarradellas, las autonomías, la educación en catalán, todo eso es la Constitución. Las otras aventuras han dado resultados negativos. Los sueños de una patria que no existe tienen un coste.