La directora de cine Júlia de Paz

La directora de cine Júlia de Paz SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

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Júlia de Paz y cómo ser 'la buena hija' con un padre maltratador

La directora de cine catalana recuerda que un hijo víctima de la violencia vicaria "está confinado en una atmósfera de miedo, sufrimiento y tristeza"

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¿Se puede ser una buena hija cuando tus padres se separan por la violencia que sufre la madre? ¿En qué posición queda un niño o una niña cuyo padre maltrata a su madre, pero con él es un amor?

Preguntas como estas no tienen una respuesta fácil ni rápida, pero son las que plantea el segundo largometraje de la catalana Júlia de Paz.

Con La buena hija, la realizadora abre interrogantes y plantea problemáticas cuya respuesta no se da. Carmela, interpretada por una sobresaliente Kiara Arancibia, es una víctima más de la violencia de género: siente rabia hacia su madre, quiere a su padre y se encuentra en medio. Aun así, poco a poco verá otras cosas, pero el sistema judicial la volverá a poner en el punto de mira.

La cinta se plantea siempre desde ese punto de vista, el de la menor que, como recuerda De Paz, antes de que se hablara de violencia vicaria "se decía que era violencia indirecta porque algunos padres maltratadores no pegan a sus hijos". En cambio, "ese niño está confinado en una atmósfera de miedo, de sufrimiento, de tristeza, y acompañado de una madre sin recursos", sentencia.

Pero aquí, si bien se habla de la mujer maltratada y "de la mujer como madre", matiza De Paz, el foco es otro: la hija. Una menor obligada a encontrarse con su padre en un punto de encuentro.

De ahí parte la idea, a raíz de una amiga de la directora que trabaja en uno de estos centros y le explicó cómo funcionaban. Allí, los hijos e hijas cuyas madres son víctimas de violencia de género acuden a encontrarse con sus padres.

Júlia de Paz

Júlia de Paz SIMÓN SÁNCHEZ

¿Hasta qué punto ayudan estos centros?

Hay casos en los que los puntos de encuentro funcionan bien: no hay conflicto con el padre y todo transcurre con normalidad. Pero sí es cierto que los progenitores acuden allí y la madre, al dejar al hijo, ha de esperar dentro de una sala, en un espacio muy pequeño, donde solo está separada del agresor por una puerta.

Y después, fuera del recinto, se pueden encontrar. De hecho, nos encontramos con un caso en el que un hombre asesinó a la mujer en el parque del punto de encuentro. No ocurre siempre, pero el acompañamiento debería extenderse mucho más allá de las puertas del centro.

¿Antes de conocer la existencia de estos centros pensaba hacer alguna vez una película sobre violencia vicaria?

A ver, a Núria Dunjó, la otra coautora de la película, y a mí nos interesaba hablar de la violencia que sufrimos las mujeres por el mero hecho de serlo, pero no habíamos pensado hacerlo desde el punto de vista de los niños.

Fue hablando con estas mujeres cuando nos dimos cuenta de que la mayoría repetía que tenía miedo por sus hijos e hijas, que no eran considerados víctimas de la violencia por parte del sistema judicial porque no sufrían violencia sexual o física muy explícita.

Eso hace que los menores tengan que continuar encontrándose con el progenitor, en este caso el agresor. Y ahí se nos abrió un mundo.

Entrevista con Júlia de Paz

Entrevista con Júlia de Paz SIMÓN SÁNCHEZ

¿En qué sentido?

Nosotras pensábamos que había mucha más protección hacia los niños, pero, tras seis o siete años hablando con mujeres y con menores que habían sufrido violencia vicaria, nos dimos cuenta de que no era así.

Un proceso largo.

Queríamos tratar el tema con el máximo respeto posible. Además, Núria y yo solemos hacer bastante investigación antes de enfrentarnos al guion e incluso la seguimos haciendo en paralelo a la escritura.

También queríamos representar una violencia mucho más difícil de detectar, como es la psicológica, y no queríamos retratar al padre maltratador como esa idea más hegemónica que tenemos en la cabeza.

Sí, porque al principio la niña no ve violencia en el padre y está más resentida con la madre que con él.

Es que queríamos que el público hiciera el mismo viaje que Carmela. La película es el viaje del amor al desamor con el padre y del desamor al amor con la madre. Por eso era necesario que el público también se quedara un poco hipnotizado por el padre, que pensara que es un tipo atractivo e incluso pudiera empatizar con él, y así generar una incomodidad.

Júlia de Paz

Júlia de Paz SIMÓN SÁNCHEZ

¿Se da así?

Cuando nos entrevistábamos con madres y menores en esta situación, repetían mucho que la madre es una especie de zona de seguridad, un vínculo que saben que no se romperá. Por eso estos niños pueden permitirse expresar más la rabia y la frustración con la madre e incluso dirigir la culpabilidad hacia ella.

Claro, pero, como muestra la cinta, ¿esto no es una segunda violencia a la que se enfrenta la madre?

Dentro de la violencia vicaria, uno de los objetivos del maltratador es que esta violencia se siga perpetuando, y utiliza como canal a los hijos e hijas. Lo hace sobre todo a través de la manipulación, provocando ese comportamiento o posicionamiento hacia la madre, lo que forma parte de este tipo de violencia.

Trabajarlo con Kiara no debió de ser sencillo.

Teníamos muy claro que no queríamos generar situaciones de violencia en el propio rodaje. Con Kiara no utilizamos nada de su vida personal en ningún momento. Construimos el personaje de Carmela desde su comprensión y marcamos cuáles eran sus objetivos, sus temores y sus esperanzas.

Con estas capas, en las secuencias más complicadas a nivel emocional, especialmente las de violencia, trabajábamos desde lo físico. Es decir, si había un ataque de ansiedad, hacíamos ejercicios identificando dónde se situaba cada emoción en el cuerpo para activarla. A partir de ahí, Kiara podía entrar en escena y, mediante la escucha con Julián, por ejemplo, surgía la emoción que buscábamos, sin una implicación personal directa.

Júlia de Paz

Júlia de Paz SIMÓN SÁNCHEZ

¿Entonces Kiara no tenía guion?

No exactamente. Hicimos un guion paralelo basado en objetivos, para alejarnos de la parte más emocional. También elaboramos una lista de música que ayudaba mucho a Kiara a conectar con determinadas emociones.

Actuaron casi como un coordinador de intimidad.

De hecho, teníamos uno. Tamara Casellas era la coach de Kiara y su objetivo era cuidarla para que en todo momento se sintiera acompañada y tuviera a alguien en quien apoyarse.

O sea, que cuando Carmela no puede explicar a sus amigas lo que vive, tampoco Kiara sabía muy bien qué pasaba.

Sí, pero también era una forma de mostrar que para una persona menor es muy complicado asimilar y entender la situación. Si ya lo es para una persona adulta, imagínate para una niña de 12 años, que no tiene por qué tener las herramientas para comprenderlo, porque no debería estar viviéndolo.

Carmela se comunica mucho desde el silencio y la mirada, precisamente por eso: porque no acaba de entender en qué momento está y tampoco sabe pedir ayuda.

Júlia de Paz

Júlia de Paz SIMÓN SÁNCHEZ

Y sale como sale, como muestra ese momento del filme que recuerda a Te doy mis ojos.

Ahora que lo mencionas, cuando estaba escribiendo el guion fui al Festival de Gijón y coincidí con Alicia Luna, guionista de Te doy mis ojos, y aproveché para hacerle muchas preguntas y explicarle los miedos que tenía de cara a la película.

¿Qué miedos eran?

Temíamos que, al no mostrar una violencia muy evidente, no se entendiera. Al decidir que la película se explicaría desde el punto de vista de la niña, hay mucha información que no se da al espectador. Ahí asumíamos un riesgo.

Aún hoy, en los coloquios, nos encontramos con personas del público que no han percibido violencia en la cinta y se sienten decepcionadas porque esperaban algo más explícito. Otras, en cambio, ven mucha violencia.

Es una pena, ¿no? ¿Por qué es necesario mostrar la violencia?

Hay muchas denuncias que no prosperan o que terminan con resoluciones muy injustas porque, a nivel judicial, si no hay una violencia muy explícita, no se cree a la víctima o no se le da el respaldo necesario.

Júlia de Paz

Júlia de Paz SIMÓN SÁNCHEZ

No tiene mucho sentido.

Creo que influye el hecho de que estamos constantemente expuestos a imágenes extremadamente violentas. A mí misma me apareció un vídeo en Instagram de un hombre matando a su mujer en un balcón. Ni siquiera lo terminé.

Esta exposición hace que normalicemos la violencia e incluso que nos volvamos inmunes a ella. De ahí nuestro miedo. Pero teníamos claro que no queríamos mostrar una violencia evidente, sino emocional.

Hablaba antes de que en los juicios tampoco se ve, pero en la película hay una escena judicial muy violenta, en la que la niña está expuesta por el juez ante sus padres. ¿Eso llega a suceder?

Sí. Para escribir el guion nos entrevistamos con muchas abogadas y jueces y asistimos a juicios, pero teníamos dudas sobre si incluir esa escena, porque pensábamos que el público no lo creería. Sin embargo, los propios profesionales nos animaron a hacerlo, porque sucede.

Da la sensación de que la justicia no siempre protege a la menor, con lo que dice.

Nosotros nos lo hemos encontrado, y nos lo dicen los mismos jueces: en el sistema judicial hay una falta de perspectiva de género brutal y, en muchos casos, se prioriza la figura paterna antes que romper con ese ideal del pater familia arraigado en el sistema patriarcal. Hay de todo, pero sigue siendo habitual.

Julia de Paz

Julia de Paz SIMÓN SÁNCHEZ

Más allá de educar a los jueces, ¿también habría que educar a la sociedad para entender que la violencia de género no siempre es física?

A nivel cultural, sería importante no permitir ciertos discursos que niegan las distintas formas de violencia que existen.

No me pongo como ejemplo, pero hay que asumir el riesgo de que una película no funcione en ese sentido si no muestra violencia explícita. El público tiene capacidad para entender este tipo de violencia.

Vamos, no tratar al espectador de forma ingenua.

Exacto. El público es inteligente y la esencia del cine es que establece una conversación con el espectador. El cine necesita del público para completar el significado de la obra.