'Amarga Navidad'
'Amarga Navidad': un Pedro Almodóvar cada vez más grave y más autorreferencial
El director manchego, que representó la frivolidad de la movida, se ha convertido a su 76 años en un cineasta serio y con tendencia a ponerse trascendente, como sucede en su última película, donde aborda las dudas éticas de la creación
En Amarga Navidad hay un personaje de profesión bombero y estríper en sus ratos libres, que para colmo se llama Bonifacio. Y sin embargo, no hay en la nueva película de Pedro Almodóvar ni rastro de la astracanada que era habitual en etapas anteriores. La carrera del cineasta presenta una evolución muy coherente (con apenas algún paso atrás aislado como la bochornosa comedia queer Los amantes pasajeros). Del desmelenado petardeo de sus inicios underground a la comedia disparatada; de ahí al melodrama pasado de vueltas, con ecos de folletín y el culebrón, que después deviene melodrama puro y duro y desemboca en drama a secas y en introspección autorreferencial.
El Almodóvar que en los tiempos de la movida cantaba con McNamara profusamente maquillado y ataviado con medias de rejilla y zapatos de tacón ha mutado en un señor dado a tomarse muy en serio y a ponerse trascendente (McNamara también ha tenido su evolución, mucho más delirante, que lo ha llevado del travestismo a la nostalgia del franquismo). Conforme Almodóvar ha ido cumpliendo años -tiene ya 76, ahí es nada-, su cine ha ido ganando gravitas y ha jibarizado el humor más tronado.
'Amarga Navidad'
Después del gozoso despliegue de amour fou y homenaje al Franju de Los ojos sin rostro que fue La piel que habito y del descalabro de Los amantes pasajeros, los cinco largometrajes que ha rodado Almodóvar en los últimos diez años tienden a la solemnidad y la trascendencia, y a una progresiva depuración estilística. En Julieta insistía en los universos femeninos, adaptando varios relatos de Alice Munro; en Dolor y gloria hablaba de forma indisimulada sobre sí mismo en su condición de artista doliente, con profundidad y cierto exceso de autocomplacencia; Madres paralelas fue un nada afortunado intento de explorar la maternidad con un sesgado y panfletario uso de la memoria histórica de la guerra civil; mientras que La habitación de al lado, su primer largo rodado en inglés era de nuevo una adaptación literaria -esta vez de una novela de Sigrid Nunez- que abordaba la muerte sin conseguir conmocionar. Y llega ahora Amarga Navidad, que se sitúa entre sus más notables logros.
Su conexión más evidente es con Dolor y gloria, porque aquí aparece de nuevo un director de cine que se parece sospechosamente a Almodóvar y al que, en un ataque de ego, el guionista Almodóvar hace que un personaje compare nada menos que con Bergman y Fellini. El guion tiene una estructura compleja y es de lo más brillante que ha escrito el director en su carrera. Porque se trata de una mise en abyme que despliega una sucesión de historias dentro de la historia; es decir, metacine. En el ámbito literario este recurso está ya tan trillado que resulta cansino, pero en la pantalla se ha explorado mucho menos y la pirueta que propone Amarga Navidad es sugestiva.
'Amarga Navidad'
La película arranca con Elsa, una directora de cine en dique seco (Bárbara Lennie), que se dedica a ganar dinero con la publicidad. Convive con el mencionado bombero estríper (Patrick Criado), al que conoció al seleccionarlo para un anuncio de calzoncillos. Y tiene una amiga en plena crisis matrimonial (Victoria Luengo) y otra pasando un duelo (Milena Smit) por la muerte de su hijo. La crisis de ansiedad en la que están sumidas las tres -se consumen muchos ansiolíticos en esta cinta- lleva a planificar una escapada reparadora a Lanzarote. Allí Elsa recupera las ganas de escribir y lo hace creando un guion en el que utiliza aspectos de la vida y las desgracias de sus amigas.
En paralelo, un director consagrado llamado Raúl Rossetti (Leonardo Sbaraglia) cuya pareja (Quim Gutiérrez) es mucho más joven que él, es informado por su fiel secretaria (Aitana Sánchez-Gijón) de que va a dejar de trabajar para él. Quiere centrarse en cuidar de una amiga -que fue en el pasado algo más que una amiga-, destrozada por la muerte de su hijo. El cineasta está saliendo de un bloqueo creativo y por fin da con una historia que le apasiona, en la que utiliza aspectos de la vida de quienes le rodean. El espectador no tardará en entender que Elsa es un personaje imaginado por Raúl y de ahí la mise en abyme: un director escribe un guion sobre una directora que a su vez está escribiendo un guion.
Almodóvar con los actores de 'Amarga Navidad'
La película versa sobre el proceso creativo y las dudas éticas que plantea la utilización de detalles íntimos de las personas que rodean a los creadores. Esto hace que, por una vez, incluso los estilemas almodovarianos que pueden resultar más irritantes -los diálogos excesivamente enfáticos, las situaciones forzadas, las interpretaciones actorales sobrecargadas, los decorados de chillón colorido pop, la desmedida sobrecarga emocional de las omnipresentes bandas sonoras de Alberto Iglesias…- remen a favor de la película. Porque estamos ante una ficción sobre cómo se construyen las ficciones y por tanto el artificio es bienvenido.
El guion en ocasiones chirría, con situaciones forzadas como la rocambolesca búsqueda de un ansiolítico que sirve de excusa para acabar en una fiesta cuya anfitriona es Rossy de Palma y en la que Amaia Romero le canta a Elsa una canción de Chavela Vargas. No es la única que aparece en la cinta, en otra escena Lennie y Luengo lloran a moco tendido en un largo plano sostenido, mientras escuchan una grabación de la mexicana. Embutir otra vez, con calzador, a Chavela forma parte de esos recursos culturetas de Almodóvar -lo hizo con Pina Bausch en Hable con ella o con Los muertos de Joyce en La habitación de al lado-, que pueden resultar cargantes, por mucho que uno admire a Chavela, a Pina y a Joyce. Sin embargo, en Amarga Navidad, las dos secuencias con la música de Chavela Vargas, muy discutibles desde la perspectiva de la ortodoxia narrativa, son objeto de discusión por parte de los propios personajes, que valoran si son o no pertinentes, en un ingenioso juego de autoficción.
'Amarga Navidad'
Lo que ni siquiera sus detractores más acérrimos podrán negar, es que la puesta en escena de Almodóvar es cada vez más estilizada y depurada. La composición de sus planos es de una elegancia superlativa. Amarga Navidad es una inteligente reflexión sobre cómo y para qué construimos ficciones. Aunque no llega a la magnificencia de la oscarizada Valor sentimental de Joachim Trier, que, a través de otro personaje de director de cine, maneja el juego de espejos entre realidad y ficción y aborda las flaquezas del creador con mayor hondura y sin los artificios melodramáticos del manchego.
En su cine han aparecido ya unos cuantos cineastas como personajes: en La ley del deseo, Átame, La mala educación, Los abrazos rotos, Dolor y gloria y ahora Amarga Navidad. Es en esta última donde de forma más clara aparece retratado el creador como vampiro que succiona vivencias ajenas. Almodóvar ha vampirizado mucho, sin contemplaciones, como cualquier inventor de ficciones. Y esto lleva a la escena clave de la película, en la que el personaje de Sánchez-Gijón, que al principio parece muy secundario, cobra protagonismo. Es en ese momento decisivo, cuando Raúl cae por fin en la cuenta de algo, que lo cambiará todo: el guion que esta escribiendo y su modo de entender la vida. Esta escena es una de las cumbres del cine de Pedro Almodóvar.