'Le canard inquiétant' de Asger Jorn

'Le canard inquiétant' de Asger Jorn

Creación

Lars Bang Larsen celebra a Asger Jorn

"El pato de Jorn, divertido y horrible, aplastando con su presencia chillona un paisaje bucólico de un artista dominguero, se incorpora a mi Parnaso particular del arte del siglo XX"

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Este año veremos de nuevo a Lars Bang Larsen (Silkeborg, Dinamarca, 1972) en nuestro país, organizando alguna exposición, como ya hizo en el pasado, en los años en que vivió en Bilbao y en Barcelona, para la Sala Rekalde de la ciudad vasca, y años más tarde, Charlotte Johannesson. Take Me to Another World, en el Reina Sofía, de Madrid.

Cuando vivía en Barcelona, antes de regresar a su país natal, del que sale a diferentes ciudades europeas y suramericanas en viajes relacionados con su especialidad, nos hicimos amigos, y escribimos a medias un librito titulado Grandes borrachos danesesque publicó Diana Zaforteza (1978-2022) en su editorial Alfabia. Eran las historias reales de cinco personajes de su país a los que su inclinación al alcohol llevó por el pedregal. Historias, tal como me las contaba Lars, y yo ponía en negro sobre blanco, tan hilarantes como patéticas.

Diana nos pidió unas frases publicitarias para anunciar el libro (hoy agotado), y Lars me dictó las siguientes: “Medio irónico medio estúpido, este libro te lleva en un viaje alucinante a través de la empapada mentalidad danesa… Porque Dinamarca también existe. Y su SED es insaciable".

Como se ve, tiene un sentido del humor inteligente. Yo me lo pasaba bomba con él. Lo añoro, y por eso le he telefoneado para desearle feliz año nuevo… y, de paso, pedirle que participe en este juego de cada domingo, que elija una obra de arte contemporáneo que le guste especialmente y me explique su elección.

No dudó ni un momento: eligió Le canard inquiétant (El pato inquietante) de Asger Jorn (1914-1973). Pocas horas más tarde me explicó por carta su elección:

“La obra que tengo en mente es Le canard inquiétant de Asger Jorn, de 1959 (en danés, Den foruroligende ælling, una formulación que sugiere que la criatura es un patito y no un pato adulto…). Es, en varios sentidos, una elección previsible: este cuadro es una de sus obras más populares, y Jorn sigue siendo el mayor artista moderno danés que ha habido.

Le canard es una de las 90 llamadas “modificaciones” que Jorn realizó comprando pinturas desechadas en mercadillos y “modificándolas”; las pinturas originales eran denostadas como amateur y como kitsch, pero mediante la intervención de Jorn fueron reintroducidas en el ámbito de las bellas artes. También podría decirse que la estrategia de Jorn es un détournement de la pintura, el término que la Internacional Situacionista —un grupo de vanguardia del que Jorn era miembro por entonces— utilizaba para referirse a la apropiación mediática.

Con su conflicto flagrante entre motivos y sistemas visuales, el monstruoso patito no es un ejemplo del diálogo entre lo alto y lo bajo propio del pop art, sino más bien de una relación entre lo bajo y lo bajo. Es como un glitch [en los videojuegos se usa este término para referirse a un error que puede ser explotado por los jugadores] en la pintura, uno que amenaza con tumbar también al autor nacional danés Hans Christian Andersen y su insoportablemente sentimental cuento El patito feo. O quizá apunte a otra ave de ficción, el Pato Donald, y a la ola de americanización sobre la que este llegó a la Europa de la posguerra.

El historiador del arte T.J. Clark ve la pintura de Jorn en general como una especie de “partida final” de la pintura moderna: “un Asger Jorn puede ser chillón, florido, de mal gusto, forzado, mono, plano, flatulento, sobreenfatizado: nunca puede ser vulgar. Simplemente, no puede evitar una manipulación y un encuadre de sus efectos desesperados que los devuelve al ámbito de la pintura, los ironiza, y declara que están hechos con pleno conocimiento de su vacuidad”. (Farewell to an Idea. Episodes from a History of Modernism, 1999).

En otras palabras, y dicho sin rodeos, Jorn inevitablemente se está burlando.

"Aunque a menudo mis padres y mis profesores me arrastraban, al estilo Manolito Gafotas, al Museo Jorn de mi ciudad natal, este no fue el único museo de arte al que me llevaron… Con su despreocupación vandalista, el patito inquietante es una obra que conecta de inmediato con la mente infantil, porque admite que no es más profunda que el propio lío en el que está metida. Es un dedo en el ojo de cualquier autoridad. Y es un raro ejemplo de un artista modernista que logra una estética genuinamente infantil.

Ahora yo también he infligido la pedagogía modernista a mis propios hijos, así que hoy Le canard figura igualmente entre sus obras de arte favoritas. Tal vez porque también habla a nuestro tiempo; con sus ojos azules, su color naranja y su comportamiento espantoso, ¿no es el patito un poco trumpiano?

Puede ser, Lars. En mi oceánica ignorancia, yo desconocía (o había olvidado, que es lo mismo) esta obra de Jorn, que me parece vagamente emparentada con las del periodo “vache”, o grotesco, con las que Magritte se propuso fastidiar al público francés, en venganza por haber tardado tanto en dedicarle una gran exposición.

Desde luego, ahora este pato de Jorn, divertido y horrible, aplastando con su presencia chillona un paisaje bucólico de un artista dominguero, se incorpora a mi Parnaso particular del arte del siglo XX.